06/10/2016
Dios y el caracol no viven tan alejados como podrían suponer las mentes poco observadoras. Existe un ser en la tierra que hace de puente entre ellos, a medio camino entre uno y otro. Le llaman hombre y es una especie ambigua que, al igual que los caracoles, se arrastra sobre su propia baba con fatiga, y a imitación de dios, cree ser eterno. Individuo de una especie condenada. Como cualquier otra a la extinción, el bicho humano sobrevive en su fragilidad mientras sueña con ser todo, aquello que no alcanzara a ser nunca. Es un caso perdido, pues se siente emparentado con lo divino en tanto se arrastra acorazado por el desconcierto y huérfano de lógica. Dice oficiar de santo por el día y burla al cielo reverenciando al diablo por la noche; es ingeniero de locuras al tiempo que torpe y voraz administrador de su propia hacienda; oficia a ratos de crápula tarambana para transmutarse luego en locuaz predicador de la virtud, y sobrevive a la postre como un ser imprudente que alardea de honesto. Asesino los domingos y contritos lunes, víctima de un extraño mal que le conduce al vértigo desde que amanece, se ilusiona a diaria en el empeño de abandonar su co**ha y emprender vuelo a semejanza de los ángeles, al encuentro de dios y escapando de su calidad de molusco mezquino. Es el mayor demente de cuantos seres pueblan la tierra, el majestuoso adversario de su propia naturaleza desventurada: un pobre ser arrogante que mueve a la risa, al asombro y a la lagrima, y siempre digno protagonista de las ambiciosas novelas…La raza humana es una raza fácil presa de sus fascinaciones, proclive a ser hechizada antes que ejercer de bruja, mas cautiva que cautivadora y dada entontecerse en la contemplación turulata de la luna. Desde siglos, le asombro al hombre la laboriosa inteligencia zoológica que evocaban una cultura superior a la de otras tribus de la fauna terrícola. Y decidió emular a tan estúpidos animales.
Tal vez no fuera otro el origen del invento de las civitas, de la altiva ciudad humana, que al poco de nacer mudo en hogar mezquino de millones de seres estultos empeñados en vivir apelotonados los unos con los otros. Ahora, la ciudad es el paisaje de un gran destierro, un circulo colosal de soledades, campo de batalla donde los hombres evitan a los hombres por más que se revuelquen todos en el mismo charco. Hay rumores de selva en sus aceras, griteríos de barbaros en sus avenidas, lamentos de desolacion en sus azoteas y un basurero de esperanzas derrotadas en cada dormitorio.