20/10/2024
Un 20 de octubre como hoy pero de 1929, a sus 73 años, sucumbía un hombre que nunca se recuperó de la mayor tragedia de su vida, la muerte de su hija Ana Amalia de 16 años.
Sus viajes fueron definitorios para concebir el país al que aspiraba.
Su gran vocación fue la filosofía teniendo un gran afán de sabiduría universal, con especial interés en la cosmología y astronomía.
Contemplar el cielo y sus constelaciones, era su pasión.
Cuenta Domingo Arena: “Una tarde, mientras paseaban por la quinta, llegó hasta él una magnífica mariposa para pararse sobre su mano tendida, lo que le hizo abrigar la esperanza de que la extraña y romántica visita pudiese ser un mensaje de su hija fallecida meses antes.”
Era espiritualista pero no compartía las posiciones doctrinarias de las religiones escolásticas regidas por dogmas.
Fue un hombre de buena salud hasta que comenzó a sufrir dolores abdominales con dificultades urinarias, es decir un prostatismo con infección urinaria que puso de manifiesto una afectación cardíaca.
Comenzó una dieta estricta, luego de cumplido el adelgazamiento, fue internado el 18 de setiembre de 1929 en el Hospital Italiano.
El día 20 de dicho mes, por la mañana el Dr. Luis A. Surraco realizó con éxito la operación, la talla vesical (inserción de un catéter en la vejiga a través de la piel del abdomen, para que pueda eliminarse la o***a de su interior), manteniendo la preocupación por la insuficiencia cardíaca.
Al comienzo se lo percibe muy bien recuperado, ante lo cual Arena relata:
-“Al verle reaccionar tan rápidamente, a las pocas horas ya era dueño de sí y conversaba con naturalidad, yo empecé a pensar y decir que sacarle la próstata a aquel coloso, sería como sacarle una muela a un hombre corriente.
¡Su formidable aspecto me engañó hasta el fin, como el árbol centenario robusto y lozano, que recién cuando lo abate la borrasca se ve que está herido en el corazón!”
Al tercer día sufre el primer accidente fruto de un desvanecimiento que comenzó a repetir.
Primer síncope.
Los equipos médicos aspiraban lograr una buena recuperación pues en tres meses tenía una segunda operación, la prostatectomía.
Tuvo unos días molestos pero sin que ello implicara gravedad alguna, hasta que al cabo de 10 o 12 días se empezó a levantar.
Continuaron sus altas y recaídas.
Durante su estadía, desde un primer momento, hablaba con todos los que lo visitaban de los esfuerzos que habría que hacer para humanizar la vida hospitalaria, que si era dura para él, que estaba entre los pudientes conocidos, se imaginaba cuánto debía serlo para los anónimos mayores, que son los habitantes habituales de las casas de asistencia médica.
No tenía más perspectiva para su mirada, que un limitado patio que alcanzaba ver desde su cama, “sentía la obsesión de la silenciosa tristeza en que permanentemente estaba sumido. "
“¡Qué ambiente tan simple y a la vez tan desolado!" se decía, sin desviar la vista durante largos ratos.
“De vez en cuando aparecían en los altos corredores circundantes, figuras lánguidas, escuálidas, vagamente dibujadas en sus túnicas blancas y que parecían las figuras apropiadas, puestas por un artista melancólico, para completar el cuadro de una naturaleza casi muerta.”
¿Qué pensarían esas siluetas fatigadas?
La mañana del domingo 20 de octubre estaba animado conversando con su sobrino Luis Batlle Berres y su amigo Domingo Arena.
Lo encuentran muy bien por lo que Luis se retira cerca de las 12:00, Arena, siempre a su lado, también lo encontró tan bien que igualmente se fue a las doce en vez de retirarse a la 1 de la tarde como solía hacer.
Quedó con Mendieta, su asistente de confianza, al que de pronto le dice:
- “Recuésteme un poco que estoy algo mareado”
Luego del nuevo desvanecimiento se llamó a su hermana Evelina, acuden además su hijo César, Domingo Arena y el Dr. Surraco.
La hermana Evelina intenta reaccionarlo, Surraco le dice: “No la oye, hermana, ya está mu**to”, a lo que ésta replica:
-Sí me oye.
Batlle se recompone y la mira con una sonrisa y le dice: -“¡Ah, hermana!”
Fueron sus últimas palabras. . .
Se lo había llevado un segundo síncope.
Fue un 20 de octubre como hoy, pero hace 95 años, cuando partía el más formidable estadista y visionario que ha tenido nuestro país, Don José Batlle y Ordoñez.
Anécdota final para discurrir el telón de este sencillo pero sentido recuerdo:
“Un día Domingo Arena paseaba con Batlle y al verlo tan erguido, tan fuerte, tan dueño de sí, con apariencia de inmortal, lo encaró, y le dijo en un irreflexivo arranque:
-“¡Empieza a inquietarme la dolorosa esperanza de que usted me sobreviva!”
A lo que Batlle contestó inmediatamente con serena convicción:
-“¡No, eso no puede ser, porque no sería justo, ni me conviene!
-“No sería justo, porque soy bastante más viejo que usted, y es natural que me vaya antes.”
-“Y no me conviene porque cuando yo muera, es seguro que usted me hará un artículo, sin duda muy bueno, que no estoy dispuesto a perderme”. . .
Y así fue. . .
Fuentes: Revista Médica del Uruguay Dr. Mañé Garzón.
Testimonios y diarios de: a) Dr. Luis Alberto Surraco. b) Domingo Arena. c) Luis Batlle Berres. d) Evelina hermana de Batlle.