Fábrica de Paisaje intenta pensar el territorio como un campo complejo factible de ser transformado. Preferimos referirnos al paisaje antes que a otras construcciones menos ambiguas. El paisaje es el tejido conectivo del territorio, ni objeto ni campo, y hemos concebido nuestra práctica como una maquinaria para producir paisajes, es decir, conexiones: culturales, estéticas, productivas, sociales,
éticas, económicas. Intentamos reemplazar una “estética de la confrontación,” fundada en un modelo profundamente dialéctico (arquitectura y paisaje, natural y artificial, hombre y naturaleza), por una maquinaria de pensamiento y acción estructurada a partir de coexistencias y multiplicidades, activando potenciales latentes o induciendo construcciones ficticias. Así, cada paisaje/proyecto nace con un nombre; y cada paisaje es, también, una construcción afectiva ficcional
Concebimos nuestros proyectos a partir de la reflexión en torno a tres códigos de acción: la belleza, la ficción, y la distancia. Estas categorías (tópicos que rebasan lo contingente) permitirán deducir, y operar sobre, algunos estados (o más bien procesos) del territorio contemporáneo. Belleza (la seducción del paisaje). Aludiendo de modo tangencial a algunas reflexiones canónicas del pensamiento pintoresquista, partimos de una preocupación que explícitamente sostiene una adscripción estética. La construcción del paisaje es, necesariamente, una construcción estética, y es, por tanto, lugar de la belleza. Creemos, entonces, en la función de la belleza, en algo que podríamos llamar “belleza activa.”
Ficción (la invención del paisaje). Un nuevo paisaje sólo existe si un relato le da sentido, una construcción narrativa capaz de inducir reacciones y, por tanto, meta-relatos. La construcción de la ficción se desarrolla en el tiempo; y como en la novela, entre la “novella” (lo que ya ocurrió), y el cuento (lo que ocurrirá), conecta el paisaje escrito con el que aun está por escribirse (lo real-pasado y lo posible). Distancia (la mirada del paisaje). Finalmente, esta ficción estética incorpora la peculiaridad de la distancia. La mirada paisajística es una mirada distante, y como la mirada del voyeur o el viajero, del que construye el paisaje desde el desplazamiento y no desde la permanencia, impone un singular agenciamiento. Tal como sugiere Michel Houellebecq en su itinerario escalar entre el idílico mapa Michelin y la sórdida microscopía micótica de los tejidos en La posibilidad de una isla, el paisaje deambula entre lo gigante y lo infinitesimal, y lejos de encontrar su locus en una escala particular, son sus continuas contracciones y dilataciones las que definen su ritmo y su naturaleza.