02/06/2026
EL ÚLTIMO BONAPARTE
1 DE JUNIO DE 1879
Un día como el de ayer, 1 de junio de 1879, sucedía el ocaso de una dinastía cuando el último heredero directo de la dinastía Bonaparte hallaba la muerte en los campos de Ulundi, en la entonces colonia británica de Natal (actual República de Sudáfrica). Napoleón Luis Bonaparte, príncipe imperial y teniente del ejército británico, caía en combate frente a los guerreros de la nación zulú. Tenía apenas veintitrés años.
Con su prematura muerte, sin dejar descendencia, se extinguía trágicamente la línea principal de la Casa Bonaparte.
De las Tullerías al exilio en Kent
Nacido en París en 1856, en el apogeo del Segundo Imperio francés, el joven príncipe era el único hijo del emperador Napoleón III y de la emperatriz Eugenia de Montijo, lo que lo convertía en sobrino-nieto de Napoleón I. Su nacimiento estuvo bendecido por los mayores poderes de la época: tuvo como madrina a la reina Victoria del Reino Unido y como padrino al Papa Pío IX. Hasta 1870, ostentó el título de heredero al trono de Francia.
Sin embargo, el destino de su linaje cambió drásticamente con la derrota francesa en la guerra franco-prusiana y el desastre de Sedán.
Derrocado el régimen imperial y proclamada la Tercera República, la familia real se vio forzada al exilio. Encontraron refugio en Kent, bajo la protección de la Corona británica.
Allí, el joven príncipe creció adoptando las costumbres inglesas y se formó como artillero en la prestigiosa academia de Woolwich. Tras la muerte de su padre, se convirtió para los círculos monárquicos en Napoleón IV, la gran esperanza de la restauración bonapartista.
La búsqueda de la gloria militar
Para reclamar el trono de sus antepasados, el joven necesitaba demostrar el valor militar que exigía su apellido. Cuando el Imperio británico entró en guerra contra los zulúes en 1879, el príncipe suplicó a su madre y a la reina Victoria que le permitieran marchar al frente.
Se le concedió el permiso únicamente bajo el uniforme británico y en calidad de observador civil. Pero el ímpetu de un Bonaparte no entendía de misiones pasivas.
El 1 de junio, mientras participaba en una patrulla de reconocimiento, el destacamento fue emboscado en un poblado abandonado por unos cuarenta guerreros zulúes.
En la confusión de la retirada, el príncipe intentó montar a lomos de su caballo desbocado. En un giro cruel del destino, la correa de la silla (la misma que había usado su padre en la fatídica batalla de Sedán) se rompió, haciéndolo caer y fracturándole un brazo.
El último combate
A pie, herido y abandonado por su escolta, el teniente Bonaparte se negó a huir. Cuando las fuerzas británicas recuperaron su cuerpo al día siguiente, la escena daba testimonio de su última resistencia: sostenía un revólver en la mano izquierda y presentaba diecisiete heridas de lanza (assegai), todas ellas en el pecho.
Fiel a la tradición militar de su estirpe, el último Bonaparte cayó de cara al enemigo, buscando una gloria que acabó por costarle la vida y el futuro de su dinastía.