02/17/2026
El 16 de febrero de 1991 no es una fecha más en el calendario de la memoria nacional. Ese día fue asesinado en Managua el coronel Enrique Bermúdez Varela, conocido en la historia reciente como el Comandante 3-80, penúltimo jefe de la Resistencia Nicaragüense. Su muerte no fue solamente la eliminación física de un hombre; fue el intento deliberado de borrar un símbolo incómodo para quienes, desde el poder, jamás han tolerado la disidencia ni la memoria crítica.
Bermúdez fue un militar de carrera que, en el torbellino de la historia, decidió enfrentar lo que consideró una deriva totalitaria del proceso iniciado el 19 de julio de 1979. Aquella revolución que prometía justicia social terminó incubando políticas excluyentes, persecución ideológica y un modelo que concentró poder y privilegios en una nueva élite. Inspirados en la experiencia de la Cuba y su revolución, los cuadros dirigentes del sandinismo apostaron por un esquema hegemónico que sofocó libertades y cerró espacios democráticos.
La respuesta no surgió en los salones diplomáticos, sino en el campo. Fueron productores, campesinos y antiguos combatientes desencantados quienes levantaron primero la voz y luego las armas. De las Milicias Populares Anti-Sandinistas a la Legión 16 de Septiembre, y finalmente a la consolidación político-militar en la Fuerza Democrática Nicaragüense, se articuló una resistencia que encontró en Bermúdez y en otros militares profesionales un liderazgo estructurado. No fue un proceso exento de errores ni de contradicciones, pero sí fue una expresión clara de que una parte significativa del país no se resignaba a un pensamiento único.
Treinta y seis años después de aquel as*****to, la pregunta que flota en el aire no es solo quién disparó, sino qué sistema permitió y justificó la eliminación del adversario político. Porque los métodos persisten cuando las estructuras no cambian. Desde el 19 de julio de 1979 hasta nuestros días, el poder sandinista ha mutado de rostro, pero no de esencia: centralización, persecución, control institucional y manipulación del dolor colectivo como herramienta de legitimación.
Los mismos que se presentan como guardianes de la memoria selectiva son quienes han administrado el duelo como instrumento político. Se camuflan en discursos de reconciliación mientras mantienen intactos los mecanismos de exclusión. Nicaragua no necesita más relatos oficiales; necesita verdad, justicia y pluralismo real.
La figura de Bermúdez como la de tantos otros caídos, traicionados o utilizados debe servir hoy no para reabrir heridas, sino para recordar que la libertad no es patrimonio de una sigla ni de una generación. Es una construcción permanente que exige coherencia, autocrítica y, sobre todo, unidad.
Las fuerzas libertarias de oposición no pueden seguir dispersas en agendas fragmentadas ni atrapadas en disputas menores. La historia enseña que los proyectos autoritarios se fortalecen cuando sus adversarios se dividen. La unidad no significa uniformidad ideológica; significa coincidencia estratégica en lo esencial: restitución del Estado de derecho, respeto irrestricto a los derechos humanos, elecciones libres y fin de la persecución política.
A 36 años del as*****to del Comandante 3-80, el mejor homenaje no es la nostalgia armada, sino la articulación cívica. Que el campo y la ciudad, la diáspora y el territorio nacional, los jóvenes y los veteranos, encuentren un punto común en la defensa de la República. Que la memoria no sea combustible de odio, sino faro de advertencia.
Porque los regímenes pasan cuando la conciencia colectiva despierta. Y Nicaragua herida, resiliente y digna sigue esperando que sus hijos comprendan que la libertad no se delega ni se posterga: se construye en unidad o se pierde en silencio.
No hemos desaparecido, ni ha desaparecido Bermudez ni ninguno de nuestros hermanos y comandantes, solo nos estamos readaptando a las estrategias y acciones futuras .. la Contra sigue siendo la contra ..
viva el comandante 3-80 .!.