08/09/2026
138.- La Columna del Ángel Caído en… La Isla de Penang 4
Reciban un cordial saludo mis queridos y amables lectores, que tienen a bien acompañar a éste, su Charro Negro, a través de la lectura de ésta, su columna favorita, en la cual le narro los dimes y diretes que acontecen en este lado del planeta, he aquí lo acontecido.
Como bien recordará (y si no, aquí se la recordamos, la historia, no otra cosa) éste, su Charro Negro, en compañía del Hilo Rojo, nos encontrábamos vacacionando en la tropical isla de Penang; ya le he platicado en columnas anteriores acerca de la historia de la fundación de Penang y algunas de sus atracciones y parques, en esta ocasión me toca contarle acerca de los templos y lugares sagrados.
Templos para todos.
Como bien sabe, tanto al Hilo Rojo como a su servilleta nos gusta explorar y, si bien venimos a la isla a descansar, también hemos aprovechado para conocer de todo un poco en este recorrido mágico, místico, cultural, por lo que ahora toco la parte religiosa, para lo cual nos enfilamos a conocer los templos más famosos de la isla; si bien la isla tiene iglesias y templos de casi todas las religiones, emprendimos el peregrinaje para conocer algunos de los más populares, ahí le va.
El templo de la cascada en la montaña
El primer templo que visitamos es el conocido como Arulmigu Balathandayuthapani, pero mejor le dicen el templo de la cascada en la montaña, el cual es un templo hindú dedicado al señor Murugan y es el templo más grande de este tipo fuera de la India; en él se despliega una torre principal de unos 21.6 metros de altura que asemeja mucho a una pirámide maya enclavada en la montaña, pues es enteramente de color blanco y se distingue desde la distancia entre el verde del bosque.
Para llegar a dicho templo, dicho sea su nombre, uno tiene que trepar la montaña, ya desde ahí comenzamos mal porque yo no sé a quién se le ocurrió que los lugares sagrados debían estar en lugares altos o montañas; una de dos, o querían poner el templo cerca del cielo o querían que los fieles llegaran pidiendo perdón y arrepentidos por todos sus pecados en el proceso de trepar la montaña desfallecidos. Para este fin, a uno le presentan una bonita escalera (de esas que me encantan tanto) de nomás 513 escalones, como si no hubiéramos estado a punto del desfallecimiento cuando trepamos el Templo de Batu Cave en Kuala Lumpur y sus 272 escalones; ahora elegimos uno con casi el doble de escalones, en fin, ya venimos ahora a visitar (ahhh, ¿pero quería andar paseando, no?).
En la entrada nos apersonamos con la firme determinación de irnos con calma y por etapas, pues tanto al Hilo Rojo como a mí nos crujen las rodillas como si estuviéramos machacando chicharrones secos; nos aprovisionamos de agua suficiente y una Coca Cola para su servilleta y nos comunican amablemente que, como la montaña es sagrada, uno tiene que subir sin zapatitos, por lo que, además de la trepada, vamos a ir a pata rajada. En fin, todo iba bien, como hasta la mitad: unos pasitos, un descanso, un sorbito de agua, hasta que por allá del escalón 400 me empezó a dar el vahído o el tramafat, tanto así que pedí un poquito de piso y me senté a resoplar un rato; sí, lo que falla no es el espíritu, sino lo que flaquea son las piernitas. Ahora entiendo la espiritualidad del lugar, porque uno siente que las deidades le hablan de cerquita o ya comienza a ver uno la luz al final del túnel, pero afortunadamente, después de unos sorbitos de mi elixir de la chispa de la vida, alias mi Coca Cola, me regresó el alma al cuerpo, pues resultaba que se me estaba bajando el nivel del aceite o el azúcar, que en mi caso son lo mismo. En fin, ya una vez recuperado el aliento, seguimos con paso suplicante otros tantos escalones más arriba, hasta que llegamos al templo en la montaña, el cual nos recibe con una vista maravillosa desde la montaña hasta el mar.
El templo está en funciones desde 1800, siendo su más reciente renovación una de por allá del 2012; el templo principal consta de unos 6500 metros cuadrados, donde uno anda paseando por unos lustrosos pisos y, rodeado por una infinidad de deidades, uno siente medio cosa al entrar con las patitas todas pringosas del camino. Ahora sí le hice honor a la tribu que decía que pertenecíamos, mi abuelita Linda, llegué como orgulloso miembro de la tribu chichimeca del grupo de las patas negras, imagine usted.
Luego de visitar los diferentes templos que se encuentran en la cima, nos dimos a la bondadosa y piadosa tarea de bajar; para ello, la bajada no es por los escalones, es más bien por un camino sinuoso, todo planito y de bajada, pues resulta que en ciertas festividades sacan a pasear un carro dorado que cuesta un titipuchal de dinero, donde se pasea la lanza de la deidad Murugan y que los fieles llevan a visitar a diferentes templos en la ciudad durante la festividad, para luego subir a empujones el dichoso carro de regreso al templo en la cima. Llegamos ya en calidad de bulto de regreso a nuestro hotel, eso sí, derechito a lavarnos los pies.
El Templo de la Suprema Alegría
El segundo templo que visitamos es el llamado Kek Lok Si, o templo de la Suprema Alegría, y este es de la rama budista y también es el templo más grande de Malasia, y atrae a peregrinos de todas partes del país y de los países vecinos. El templo se encuentra rodeado de un gran complejo de edificios cuya construcción duró desde 1890 hasta 1930, siendo una de sus dos atracciones principales la torre de los 10,000 budas, la cual contiene esa cantidad de figuras de bronce y alabastro en su interior, y la otra es una estatua de la deidad Guanyin, la diosa de la misericordia, una estatua de apenas unos 30 metrillos nomás, imagine usted.
Para sorpresa nuestra, el templo también está ubicado en las montañas llamadas “Air Itam”, en la montaña de la cigüeña. La pagoda principal de 38 metros, llamada Ban Po Thar, alberga las 10,000 figuras y combina tres estilos arquitectónicos: el tailandés, el chino y el birmano.
La figura de bronce de Guanyin fue completada en el 2002 y luego le construyeron a la estatua un techito de 60 metros de alto sostenido por 16 columnas de bronce; esta estatua es la segunda más grande de esa diosa en el mundo y está rodeada también por otras 100 estatuas de 2 metros cada una. Eso sí, muy considerados, no la hicieron más alta pues su sombra caería sobre una mezquita que se encuentra en la base de la montaña y no querían problemas con los vecinos, así que mejor no taparles el sol.
Yo digo que le dicen el templo de la suprema alegría porque fue lo que yo sentí cuando el Hilo Rojo me dijo que en este templo sí hay elevador, o más bien dos secciones con elevador, que lo llevan a uno hasta la parte más alta de la montaña, en lugar de escaleras que yo ya alucino en mis pesadillas. En fin, el primer elevador lo lleva a uno hasta la mitad del cerro, donde uno puede visitar algunos templos y estanques; luego lo trepan a uno en un carrito de golf que lo lleva un tramo más arriba, a donde uno puede tomar el segundo elevador que lo lleva hasta mero arriba, donde puede admirar la estatua de Guanyin. Eso sí, en los elevadores se aprovecha hasta el último espacio y vamos como tamalitos en v***rera, todos juntitos y muy apretaditos; por suerte el recorrido es corto y salimos pronto de la lata de atún a pasear por los tranquilos jardines y armoniosos templos que hay arriba.
Dos templos de nombre impronunciable.
Nuestra tercera visita religiosa implicó visitar dos templos que están uno justo en frente del otro, así que, como quien dice, nos aventamos un dos por uno. El primero que visitamos fue el templo budista de Wat Chayamangkalaram (a ver, dígalo tres veces, pero rápido), siendo este de estilo siamés y también el más viejo en el estado; el otro templo es el Dhammikarama, templo de estilo birmano, ambos budistas, pero de estilos diferentes. En fin, resulta que por allá de 1845 la reina Victoria de Inglaterra les regaló la tierra a los dos templos para que se la repartieran y, dato curioso, las administradoras de ambos templos fueron dos pares de mujeres que se hicieron cargo de pasar la charola y recolectar fondos para la construcción de los respectivos templos.
El primero que visitamos fue el Wat Chaya….. como se llame, porque es el más vistoso, pues su fachada está decorada con grandes estatuas y serpientes cubiertas de espejos de colores que hace que resplandezcan bajo la luz del sol; dentro se encuentra una de las estatuas más grandes de Buda reclinado, como quien dice acostadito, de nombre Phra Cahiya Mongkol, y mide solo 32 metros de largo, imagine usted. Lo curioso del asunto es que, bajo la cama donde descansa el Buda, hicieron como una cripta que le llaman el columbarium, donde varias familias vienen a guardar las cenizas de sus difuntos; la galería parece más bien la exhibición de una gran colección de jarrones de todo tipo de formas y colores, los cuales se guardan en una serie de nichitos cuadrados con ventana (de ahí el nombre columbarium, porque parece una pajarera para palomas). Por la ventanita usted puede mirar al interior y apreciar los diferentes jarroncitos con las cenizas de los difuntos, las cuales incluyen la foto y biografía del ocupante.
De ahí nos cruzamos al templo estilo birmano, el cual fue establecido como Kyaung, es decir, como monasterio; este templo cuenta con múltiples estatuas de animales míticos y otros no tan míticos, como elefantes, pescados y Garudas (Grullas), que representan los tres reinos del aire, el agua y la tierra, así como un par de Chintes, que son como leones que protegen el templo. Algo que se me hizo interesante es que al templo y a las estatuas, para adornarlos mejor, les han puesto un fondo con lucecitas LED que se mueven constantemente, generando como un efecto hipnótico, haga de cuenta las lucecitas danzarinas de navidad, pero sin la musiquita; yo digo que como que le quita un poco de seriedad, pero de que se ve llamativo, eso que ni qué.
El templo también tiene otras secciones que uno puede visitar y caminar por sus tranquilos jardines y patios, donde el agua corre en fuentes, y al final uno encuentra una que tiene una atracción interesante: resulta que hay una fuente donde una estatua al centro está girando sin cesar; a su alrededor hay una serie de tazones que tienen inscripciones que dicen dinero, paz, salud, tranquilidad, amor y sepa qué más cosas. El chiste es que los tazones dan la vuelta junto con la estatua y los fieles que vienen a la fuente lanzan monedas a los tazones como si de juego de feria se tratara; según la creencia, si la moneda aterriza dentro del tazón, este le concederá lo que está escrito en él. Se me hace que es la fuente principal de ingresos del templo, pues más de alguno avienta sus ahorros con tal de atinarle a su preciado deseo, sea cual sea; yo, como no vi que a nadie le dieran como premio de consolación una alcancía de marranito sentado, opté por no aventarle nada, siendo que casi todo lo que ofrecen de bendiciones ya las tengo y de sobra.
El último templo de este complejo está dedicado a Arahant Upagutta, quien se cree tiene el poder de proteger a los fieles de las malas vibras y los espíritus malignos; eso sí, también decorado con sus multicolores lucecitas, se me hace que a los malignos les da un ataque epiléptico nomás de ver a la deidad y su hipnotizante danza de colores.
Con eso terminamos nuestras visitas religiosas, pero no se preocupe, aún hay mucho que ver y mucho que hacer; mientras tanto, reciba usted un saludo.
Cualquier correspondencia con esta columna que visita los templos principales de la isla, sube escaleras como desquiciado y busca la paz interior, a esta cuenta del Face