23/04/2020
"En países como El Salvador, la cadena de producción del libro es poco menos que un milagro: arranca con el autor, la creación misma de la obra, y luego, si tiene mucha suerte, pasa por editores, diseñadores y, en algunos casos, también por mercadólogos y ejecutivos, para finalizar su travesía, ¡ojalá!, en las manos de los lectores.
En nuestro país, hablar de editoriales independientes suena a pleonasmo. Hablar de la única editorial estatal suena iluso. Los planes de estudio promueven con diligencia que los estudiantes odien los libros para siempre. Los profesores, disculpen la generalización, no leen. No existen las librerías independientes; y las de las grandes cadenas que sí existen tienen como hábitat natural los centros comerciales, cerrados desde hace semanas.
Los escritores y poetas son profesionales a quienes las leyes no les otorgan las prestaciones básicas, las que sí tienen otros trabajadores. Para el escritor en El Salvador, cobrar y vivir de su arte es una ficción. Los incentivos estatales suelen ser un insulto. Todos los premios literarios son premios de consolación. El interés gubernamental por el arte se limita a discursos vacíos, repetidos hasta el hartazgo desde hace años, como aquel que dice que el arte y la cultura sirven para la prevención de la violencia (spoiler: no sirven para la prevención de la violencia si la gente sigue siendo pobre). El Ministerio de Cultura sufre desde su nacimiento una crisis existencial que lo convierte en algo parecido a un adorno, hasta el día de hoy".
El Día Internacional del Libro casi siempre se convierte en la excusa ideal para que lectores, escritores y editores nos tomemos con propiedad las redes sociales para hablar sobre lo que amamos, au…