02/03/2026
En el principio, cuando la tierra estaba desordenada y vacía,
y las tinieblas cubrían la faz del abismo,
el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas
como un padre que vela el sueño de su hijo.
Entonces Dios dijo: “Sea la luz”,
y la luz obedeció.
Corrió por el vacío como un río vivo,
rompiendo la oscuridad en mil pedazos.
Y desde ese momento,
cada amanecer es un recordatorio
de que Su Palabra aún sostiene al mundo.
Piensa en un decillón,
ese número imposible,
una montaña de ceros que se escapa de nuestras manos.
Imagina que cada cero fuera una estrella,
un planeta,
una criatura,
un latido,
una historia.
Ahora escucha esto:
La Biblia dice que Él cuenta el número de las estrellas
y a todas llama por su nombre.
No hay cifra que lo supere,
ni cálculo que lo alcance.
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
y el firmamento anuncia la obra de Sus manos.”
Cada galaxia es un versículo,
cada amanecer un salmo,
cada criatura una parábola viva
de Su poder y Su misericordia.
Y aun así, el mismo Dios que extendió los cielos
como un mantel sobre la nada,
dice en Su Palabra:
“Con amor eterno te he amado.”
Entre números que no caben en el universo,
entre estrellas que no podemos contar,
Dios te ve.
Dios te busca.
Dios te llama.
Porque para Él,
tú vales más que un decillón de mundos,
más que todas las obras de la creación.