09/11/2023
SELVA CABALLERO.
2017. La veo sentada en el corredor de su casa, la vista hacia la ondulada plazoleta del templo de la Virgen del Rosario. Lugar privilegiado, merecido para quien dio los mejores años de su vida trabajando por el desarrollo de su pueblo, Itacurubí de la Cordillera. Las veces que llego a saludarla, le digo mi nombre y le pregunto si me recuerda. Tuve tantos alumnos…todos me recuerdan, pero yo ya no puedo-me dice ella con ese dejo de añoranza de quien quiere volver el tiempo atrás para volver a vivirlo una y otra vez.
Así es María Selva Paina Caballero Cáceres, los versos de Teodoro S. Mongelós …“Akói nekuñatãi”… la retratan perfectamente. Su figura se mantiene intacta a pesar de los años. Los cabellos cortos dorados, sus cejas finas como fruncidas, sobre unos ojitos marrones recubiertos por los gruesos anteojos, inspeccionan cada movimiento de los transeúntes cuando levanta la mirada, dejando a un lado el diario que lee religiosamente, todas las mañanas.
¡Adiós profesora!-le dice casi a gritos, el hombre robusto y calvo que aminora la marcha para saludarla desde el automóvil.
- ¿Quién es ese Estela?- pregunta disimuladamente a su hermana, la profesora Selva.
- No sé, realmente no le ubico. Pero debe ser alguno de nuestros ex alumnos que vino para el almuerzo de confraternidad por los 56 años del colegio Carlos, el que te comenté que se va hacer en la quinta Don Rubén.
Y sí, pero qué vergüenza siento. También, ¿cómo podría recordar su nombre? Hace tantos años ya de eso. ¿Te acordás Estela?
Con 28 alumnos iniciamos el Colegio Secundario Privado, que después fue la Escuela Normal, de ahí pasó a ser Liceo Nacional y finalmente lo que es hasta hoy, el Colegio Nacional Carlos Antonio López.
Yo siempre digo que fue el pueblo quien construyó ese colegio. Cada ladrillo, cada piedra que la gente traía. Me pareciera verlos a todos trabajando, los padres de albañiles los sábados, madres y alumnos acarreando el agua desde el ykua Ita para llenar la pileta. Las mujeres preparando las tortillas para el arambosa y el almuerzo. Fue un trabajo comunitario.
Estela Caballero. Pareciera que verla con su hermana, es como traer un poco el colegio hasta la casa de ambas, siempre juntas Directora y Secretaria. Siempre coqueta y esbelta, la Señorita Estela Caballero, mi profesora de geografía.
-Cómo olvidarlo Selva, ese pabellón de 6 aulas más la secretaría y la Dirección. La obra fue un desafío en esa época difícil políticamente, no tuvimos la ayuda del gobierno.
-Pero no me arrepiento, yo nunca me metí en política. Para no decir que nada, lo único que se le debe al Ministerio de Educación, fueron los vidrios que donó para las ventanas.
- ¡Pero cuánto anduviste en las gestiones para conseguir ayuda! Además de las actividades realizadas con los padres, las notas diseminadas por todas partes, a los itacurubienses residentes en Asunción, Caaguazú, Ciudad del Este, Tobati.
El voluntario del Cuerpo de Paz que en ese entonces trabajó con la Cooperativa también consiguió ayuda de sus compatriotas para las maderas. Don Isacio y Edmundo Aguilera consiguieron varios aportantes también para eso.
Y el Padre Marciano Flecha desde Radio Cáritas hizo lo suyo consiguiendo víveres para los obreros voluntarios. El Pa´i Flecha…qué exigente era ¡Una vez le pedí permiso para faltar al catecismo y me dijo que faltar un sábado era cómo faltar una semana a la escuela, y que tenía que poner reemplazante!
- Eran otros tiempos. Creo que conseguir construir el colegio, Estela, fue casi más fácil que haber logrado la conformación de la Cooperativa. Eso sí que costó mucho. La gente tenía miedo. Pensaban que eran cosas de comunistas.
Fue gracias al Monseñor Rolón y el Padre Grisetti que me enviaron a esos cursos de desarrollo de comunidades que viajé a Canadá, Perú, Panamá, Uruguay.
Después de eso iniciamos las primeras reuniones para formar la Cooperativa. Como éramos todos docentes, al salir de las escuelas y colegios teníamos que recorrer las compañías para explicar a la gente la idea de asociarse. Gracias al Dr. Primo Segovia a quien todos le conocían por ser médico, la gente nos abría las puertas y entraba en confianza.
Fueron varios los que ayudaron en el proyecto de la misma. Me viene a la mente la imagen de Aurelio y Ramón Benitez,Derlis Villasanti, Nelly y Mercedes Aguilera recorriendo Jhugua Po´i, Ca´aguy Cupé, Tacuara y los barrios para las charlas.
Con todo eso, sólo 28 se animaron. Fueron los primeros socios de la Cooperativa Itacurubí.
- Yo fui la socia nº 4. ¡Y pensar que mi primer crédito fue de cuatro mil guaraníes!
Fueron muy difíciles los primeros años. Apenas los maestros cobraban y teníamos que salir a cobrarles sus aportes. Y la Gerencia funcionó en casa del profesor Joel Aguilera quien fue el primer tesorero. Sin sueldo los primeros cuatro años.
Las reuniones eran en casas particulares. Algunas en la casa de la señorita Yiyi, que vivía junto a la casa del Dr. Segovia. Era divertido porque él, como conocía a todos, era Presidente del comité de crédito; como era médico, cada vez que venía un paciente a su consultorio dejaba la reunión para atenderlo y teníamos que esperarlo.
La risa de ambas al recordar estos hechos suena plácidamente y se disuelve en el espacio verde.
Te acordás Selva, que mamá decía “hetaitéma ahendu Selva omba'apoha la Cooperatívare pero nahendúiva ocobravaha ”.
-Si! Así me decía ella. Porque en esa época no había pago de dieta a los miembros de las comisiones, pero lo que yo ganaba eran los viajes que hacía. Recorrí mucho Sudamérica en esos cursos a los que iba becada por la cooperativa. Aprendí tantas cosas y eso no tiene precio.
Estos relatos fluyen espontáneamente. Son memorias. De pronto me doy cuenta que pasaron dos horas. Me despido quedándome con ganas de más historias.
-Vamos selva, es hora de tus medicamentos.
Y se levanta lentamente y con mucho cuidado excusándose: “Esto me pasa porque cuando era joven tenía sobrepeso y mis cartílagos de las rodillas ya no responden”.
19 de agosto de 2020.
Rosa Jara Asilvera.