04/10/2023
DE LOS ÁGREDAS
Y SUS TREMENDAS
OCURRENCIAS
SI HAY GATO
NO ARRANCA
EL CARRO
1. Don Enrique Ágreda, quien maneja su propio vehículo, toma asiento en el lugar del chofer, frente al timón del ómnibus, que parte de Cachicadán a Trujillo, pasando por Santiago de Chuco. Ya el chulío Vílchez ha subido el último bulto y ha cerrado la puerta.
– Todo listo don Enrique. ¡Vamos!
Don Enrique introduce la llave en el arrancador, la da vuelta en la chapa y el motor tiembla, pero sin poder arrancar. La vuelve a su sitio. Se sienta mejor; y hace nuevamente el intento de encender el motor. Pero, ¡nada! El motor temblequea y no arranca.
– ¿Qué le pasa a este carro? –Regaña.
2. Los pasajeros están pendientes. Sus familiares afuera, cansados de decirles adiós, bajan la mano que la tenían en alto, y esperan expectantes.
Otra vez Enrique Ágreda da vuelta a la llave. Pero igual, el ómnibus trastrabilla, sin poder encender.
– ¡Clarito que esto es maleficio! –Dice. Y llama a su chulío que se ha ido para atrás:
– ¡Vílchez!
– ¡Sí, don Enrique!
– Busca entre los bultos de los pasajeros, de repente alguien lleva un gato.
3.
– Pero ¿qué pasa don Enrique?
– ¡Que no enciende el carro!
– ¡Pero yo lo he traído hace un momentito sin ninguna dificultad!
– ¡Busca si alguien lleva un gato, te digo! Y no me hagas perder tiempo,
Vílchez entonces se abre paso entre los pasajeros, unos que están de pie y otros que ya están sentados en el pasadizo, golpeando los bultos que están en la parrilla y manoteando los que llevan la gente en sus brazos. Y pateando los que están debajo de los asientos.
4.
– ¡Este, por si acaso, es mi hijito, no lo vayas a golpear!
– ¡Enséñeme su cara para ver si no es gato!
– ¡Ahí está! ¡Mirielusté!
– Ya. Ya lo vi.
Iba a terminar, cuando justo patea una caja y escucha el maullido inconfundible de un gato.
– ¡Miau, miau, miau! –Se escucha la voz suplicante del animal que estaba bien atado.
– ¡Aquí hay un gato, don Enrique!
– ¡Vótalo a ese gato por la ventana! –Grita.
5. Vílchez desamarra al gato, abre el vidrio y lo tira hacia afuera. Cae de pie el felino, atraviesa la calle y se trepa a un tejado.
Se acomoda otra vez en el asiento Don Enrique, mueve la llave y el motor enciendo suave y parejo. Y el carro se desliza avanzando rumbo hacia Trujillo.
– ¡No dije! –Comenta para sí mismo–. ¡El gato hace maleficio al carro!
Llegando a Santiago de Chuco, Vílchez, avanzando por el pasillo y acercándose, le advierte:
– Don Enrique, la vieja del gato desde que lo arrojé por la ventana, viene llorando.
6.
– ¡Que llore! Debe saber que no se viaja con gatos. ¡Ella misma ha visto que no arrancaba el carro!
Pero ya llegando a Shorey, otra vez le vuelve a informar el chulío:
– Don Enrique, la vieja sigue llorando por su gato.
– Dile que el gato se ha saltado por la ventana. Que ha regresado a su casa, porque allí tiene varias gatas. Que de la comida no se preocupe, porque en Cachicadán nadie se muere de hambre. Pero conténtala, pue. ¿Qué? ¿Acaso no sabes consolar a una mujer? Entonces, ¿qué clase de chulío eres, ¿ah?
(Foto de Jaime Sánchez Lihón)
Otro dato: Los transportistas de esa época tenían la creencia que los gatos llamaban a la mala suerte y por culpa de ellos podría ocurrir algo malo, incluso si se cruzaban por la carretera, gato negro era el más temido.