17/08/2025
🔴RAFAEL HOYOS RUBIO: EL GENERAL QUE INCOMODÓ A LOS CORRUPTOS
Su historia debió se emocionante, de soldado raso a comandante general del Ejército Peruano, su vida y su misteriosa muerte siguen siendo piezas claves en la memoria histórica del país.
Era un viernes de junio de 1981 cuando el comandante general del Ejército, Rafael Hoyos Rubio, pisó suelo tumbesino. Su visita no era de cortesía. Fiel a su estilo nacionalista y moralizador, formado bajo la impronta de Juan Velasco Alvarado, había ordenado una inspección rigurosa al material bélico de la zona. Los tanques y equipos lucían impecables a primera vista, pero al ordenar el desplazamiento “ojo al guía”, algunos no respondieron. Con voz enérgica, fijó plazo: “En 15 días pasaré nuevamente revista”. Recordó que la operatividad y mantenimiento estaban presupuestados, y no iba a tolerar negligencias.
No era la primera vez que incomodaba a la cúpula. Desde su llegada a la comandancia, dio de baja a cerca de 50 coroneles y generales por malos manejos del presupuesto. Aquella firmeza le había granjeado enemigos silenciosos, pero poderosos.
Al día siguiente, sábado, debía viajar a Piura. Su helicóptero aterrizó primero en la base aérea de Castilla. Misteriosamente, la nave no tuvo vigilancia la noche anterior. Técnicos de servicio declararon luego que dos oficiales vestidos de civil ingresaron y permanecieron unos quince minutos en el aparato antes de retirarse. El responsable de la seguridad, el coronel Juan Campos Luque, no reforzó la guardia.
Ese mismo día, un traslado programado del Estado Mayor incluía al comandante general de la Primera Región Militar, Montoya Montoya, cuñado de Hoyos Rubio, junto a su edecán, el mayor Alfonso Calderón Otoya. Pero, curiosamente, Calderón no se presentó. A las 8:00 a.m., despegaron 17 altos oficiales junto a Hoyos Rubio. Veinte minutos después, la aeronave desapareció de los radares.
Comuneros de la provincia de Sullana declararon haber escuchado una explosión esa mañana. Sin embargo, Campos Luque no realizó movimientos inmediatos. Pasaron 10 días antes de “encontrar” el helicóptero, con la versión oficial de que había sido un accidente.
Con el tiempo, las piezas del tablero político y militar tomaron rumbos llamativos: Alfonso Calderón se convirtió en magistrado del Poder Judicial bajo la influencia de Vladimiro Montesinos; los oficiales dados de baja por corrupción fueron reincorporados; Campos Luque ascendió y fue enviado como agregado militar a Uruguay, y años después, en el gobierno de Valentín Paniagua, llegó a dirigir el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN).
Para muchos, la muerte de Hoyos Rubio no fue un accidente, sino el silenciamiento de un militar incómodo. Un hombre cuyo único “pecado” fue amar a su patria, defender la soberanía y exigir transparencia en el manejo de los recursos militares.
Hoy, su nombre se menciona poco en los libros de historia, pero en las memorias de quienes lo conocieron, permanece como símbolo de integridad y consecuencia. Su figura, más que un recuerdo, es un recordatorio de lo que significa poner al Perú por encima de los intereses personales.
Por: César R. Díaz Guevara.
Catalina Hilda Torocahua Muñoz