06/06/2026
HA LLEGADO EL MOMENTO DE PENSAR EN EL PAÍS, EN ESPERANZA
7 de junio, Día de la Bandera Nacional: Juramento por la República
Peruanas y peruanos, amigos.
Hemos llegado a un momento donde pensar el país exige más que un hinchaje político o de una militancia a flor de piel o de una cuestión existencial de vernos triunfantes sobre el contrario. Exige razón de Estado nuestro razonamiento. Ha llegado la hora de interiorizar lo que sucede: la calidad de vida erosionada, la ciudadanía fracturada, el riesgo real de perder el rumbo de la historia hacia el bienestar.
Este país no es una abstracción. Es la tierra donde nacieron nuestros padres. Es la memoria viva de comunidades que entregaron años de concordia, espiritualidad viva, civilidad y nobleza. Que enfrentaron dictaduras, terrorismo, crisis y pandemias. Que supieron, aun con todo en contra, promover hijos que hacen historia de la buena para todos.
Los resultados electorales de mañana se tienen que aceptar. No por resignación, sino por república histórica de esperanza, llena de riqueza en sus regiones. Porque como advirtió Jorge Basadre: “El Perú es un problema, pero también es una posibilidad”. Y esa posibilidad solo existe si las reglas se respetan, aun cuando duelan. Fracturar el orden actual es impostergable, no puede ser el Adn nacional la división, la enemistad, esclavitud, vivir en modelos de delincuencia, no puede ser que hayamos olvidado la decencia publica, el ser buenos ciudadanos.
Es cierto: puede pasar de todo. El encono no nació ayer. Tiene años sedimentándose. Ha producido categorías de amigo-enemigo que, como alertó Carl Schmitt, destruyen la política cuando reemplazan la deliberación por la aniquilación del otro. Hemos sido testigos de cómo esa confrontación poco lúcida paraliza la gestión de Estado y convierte el poder en botín.
Las diferencias sociales existen. Pero la pobreza no es azar. Es, como dijo José Carlos Mariátegui, “el problema del indio es el problema de la tierra”: un problema estructural, de modelo y de clase. Es intención política cuando se sostiene un orden que deteriora la vida de millones en sus regiones mientras concentra privilegios en pocos distritos. Recuperemos la experiencia del servir bien. Que nuestras escuelas sean el alma de soñar el país. Que la salud sea el signo claro de nuestra calidad de vida. Que la laboriosidad sea tan significativa en la vida familiar y con ello los signos de la libertad y el bienestar.
La metodología política debe primar sobre la diatriba. Porque si hay pobreza, el desarrollo será costoso. Si las brechas sociales se profundizan, no solo perdemos PBI: perdemos generaciones. Vidas concluidas sin sabor a vida misma, sin futuro. Pasaremos de ser una sociedad histórica con riqueza potencialmente redistribuible en sus regiones, a una sociedad empobrecida y sin aliento. Y toda sociedad que asfixia a sus hijos termina fracturándose, como recordó Manuel González Prada: “Donde se pone el dedo, salta la pus”.
El presente nos requiere inteligentes, no confrontacionales. No odiando. No distribuyendo conceptos que denigran la condición humana, sobre todo contra quienes postulan a ser servidores públicos. La política, como nos recuerda el Papa Francisco, “es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común”. Y, también mide la estructura personal y de partido en quien vamos a trasladar responsabilidad de gobierno.
Ganar la presidencia no significa tener la razón ni estar por encima del país. No es justificar la pobreza: es levantar la dignidad, no es levantar muros contra el otro en lo constitucional ni en los poderes independientes del estado. Como exigía Víctor Raúl Haya de la Torre, el Estado debe tener “una ingeniería de la justicia”: explicar con rigor técnico las distorsiones de gestión, corregirlas y devolver dignidad a las generaciones que pisan este suelo histórico.
No se trata de un triunfo. Se trata de dar calidad de vida al país. Ganar una elección puede ser subjetivo cuando el panorama está envuelto en lucha de contrarios que resta lucidez a la gestión. No se trata de derrotar; es tomar conciencia serena para volver a la realidad de lo que toca hacer.
Se requiere alto sentido histórico y patriótico para ser servidor del país desde el primer minuto de ser electo. Antes que disputar dónde colocarse para seguir haciendo negocios a nombre del Estado y sobre la vida de millones, hay que entender lo que dijo José de San Martín al fundar la república: “El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos”. La voluntad general, no la de un partido. El estado no se divide, no se reparte, se integra en las aspiraciones de los ciudadanos.
Que quien gane mañana tenga un hito histórico personal. Que entienda que el mando que recibe no es para su agrupación. Es un mandato para colmar la esperanza de millones. Ese mandato implica decencia. No es honor familiar: es mandato para mirar el país con los ojos de un sueño colectivo. No es culto a un personaje: es abrazar a todos como compatriotas hacia un destino diverso al que habrá que darle valor y argumento para construir una patria para todos.
Que mañana 7 de junio, el Perú salga con esperanza. Como en la gesta de Arica, donde Bolognesi respondió “Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”. Que sea nuestra propia gesta hacia la libertad: quitarnos el yugo de la esclavitud moderna que nos ha viciado la vida: la esclavitud de la corrupción, del odio inducido, de la confrontación inútil.
Recordemos lo que el Papa Francisco nos dijo aquí, en nuestra tierra: “No nos dejemos robar la esperanza. No nos dejemos robar el sueño de un país fraterno.”
Hoy, en el Día de la Bandera, ese sueño fraterno debe ser nuestro último cartucho. Porque como dijo Basadre: “Quien no tiene visión de futuro, no tiene derecho a gobernar el presente”.
¡Por un 7 de junio, en memoria de la vida y la patria de todos!
¡Que el Perú no sea problema, sino posibilidad cumplida!
¡Hasta quemar el último cartucho por la dignidad de cada peruano!