20/04/2026
Cuando San Pedro de Lloc se detuvo: Muerte y memoria de Virgilio Purizaga Aznarán
Hablar de Virgilio Purizaga Aznarán es situarse en un punto clave de la historia reciente de San Pedro de Lloc, donde la acción política local y la violencia nacional se cruzaron de manera trágica. Nacido el 27 de noviembre de 1923, hijo de José Policarpio Purizaga Lora y Domitila Aznarán Calderón, su vida estuvo marcada por la docencia y el servicio público. Maestro de profesión y cinco veces alcalde de la provincia de Pacasmayo, su trayectoria dejó una huella visible en la ciudad, tanto en sus espacios urbanos como en la memoria de su población. Sin embargo, es en abril de 1989 donde su historia adquiere un sentido más profundo y doloroso.
La mañana del 19 de abril de 1989, aproximadamente a las 7:30 a. m., en la ciudad de Chepén, se produjo el hecho que marcaría para siempre a la provincia. Virgilio Purizaga Aznarán se encontraba en la escuela “San Pedro”, donde ejercía labores como docente, cuando tres personas, dos hombres y una mujer, llegaron hasta el plantel con el pretexto de realizar una consulta. La escena no generó sospechas. Fue llamado para atenderlos. El encuentro duró apenas unos instantes. De acuerdo con las informaciones, la mujer sacó un arma y realizó tres disparos a quemarropa. El ataque fue directo. Los disparos lo dejaron gravemente herido, desplomándose en el lugar. Ese mismo día, la prensa informaba con crudeza que el alcalde había sido acribillado esa mañana en Chepén.
La noticia se difundió rápidamente: al inicio como un comentario incierto, casi susurrado, y poco después como una confirmación que cayó con todo su peso sobre la provincia. La muerte de quien había sido cinco veces alcalde pronto dejó de percibirse como un hecho aislado y empezó a adquirir un significado más hondo. No era solo la pérdida de una persona, sino la irrupción de la violencia en el centro mismo de una comunidad que lo sentía cercano y propio. Esa misma noche del 19 de abril, alrededor de las 10:00 p. m., partió desde Chepén la caravana que trasladaba sus restos hacia San Pedro de Lloc. El trayecto se transformó en una despedida colectiva. A lo largo de la ruta, en dirección a Guadalupe y Pacasmayo, la población comenzó a reunirse en silencio, anticipando el paso del féretro.
En la transición entre la noche y la madrugada del jueves 20 de abril, la escena adquirió una intensidad difícil de olvidar. Antorchas encendidas iluminaron la vía, sostenidas por hombres y mujeres que esperaban, firmes, el paso de la carroza fúnebre. La oscuridad fue atravesada por esas luces que marcaban el camino y, al mismo tiempo, expresaban una forma de acompañamiento. No hubo discursos. No hubo consignas. Solo la presencia. La espera. El silencio. Cada tramo iluminado era una señal de despedida, una manera de afirmar, sin palabras, que el pueblo estaba ahí. El ingreso de la caravana por Pacasmayo y su avance hacia San Pedro de Lloc consolidaron esa imagen. La noche se convirtió en un espacio de memoria viva, donde nadie quiso quedar al margen de ese último tránsito.
Ya en la mañana del 20 de abril, la provincia despertó sumida en un profundo pesar. El Consejo Provincial declaró jornada de luto, las banderas fueron izadas a media asta y, al mediodía, un minuto de silencio atravesó simbólicamente los distintos espacios de la vida cotidiana. Las expresiones de condolencia quedaron registradas en la prensa local, en especial en el diario Últimas Noticias, que dio cuenta del hondo impacto provocado por la muerte.
Las disposiciones para el sepelio revelaban, desde temprano, la magnitud de la despedida. Horas antes de iniciar el recorrido público, el féretro fue trasladado al Consejo Provincial, donde sería velado y se le rendiría un primer homenaje institucional. En ese espacio, cargado de significado político y administrativo, se reconocía a quien había conducido en múltiples ocasiones los destinos de la provincia.
Hacia la una de la tarde, el cortejo se puso nuevamente en marcha. El féretro fue conducido al local del Partido Aprista Peruano de San Pedro de Lloc, donde recibió el homenaje de sus compañeros de militancia. Allí, la despedida adquirió un tono particularmente intenso. Más que un acto formal, se trataba de un reconocimiento a una trayectoria estrechamente vinculada al aprismo, a sus principios de organización, justicia social y cercanía con el pueblo.
Desde ese punto, el recorrido continuó hacia el Club Deportivo Cultural Unión San Pedro, institución de la cual había sido presidente en distintos periodos. El homenaje en este espacio ampliaba el alcance de la despedida, evidenciando que su presencia no se había limitado al ámbito político, sino que había formado parte activa de la vida social y cultural de la provincia.
A las 4:00 de la tarde, el féretro fue esperado en el Municipio Provincial, donde se desarrolló una ceremonia especial. La concurrencia, ya multitudinaria, evidenciaba que la ciudad entera se encontraba movilizada. Cada uno de estos espacios – el municipio, el partido, el Club Unión – no constituía una parada aislada, sino una expresión de los distintos ámbitos en los que su figura había dejado huella.
Tras esta ceremonia, la caravana fúnebre se dirigió hacia el templo. A las 4:10 de la tarde, el cortejo ingresó a la iglesia en medio de un impresionante mar humano que colmó completamente la Plaza Mayor. Allí se ofició la misa de cuerpo presente, en un ambiente de profundo recogimiento. Concluida la ceremonia religiosa, se inició la marcha hacia el cementerio. El sepelio fue encabezado por escoltas de centros educativos de los distintos distritos de la provincia y de Chepén, seguidos por delegaciones de organismos estatales, clubes de madres, instituciones deportivas y agrupaciones religiosas. Dos bandas acompañaron el recorrido, marcando el paso en medio de una atmósfera cargada de solemnidad.
Las calles se vieron completamente colmadas. No era una concurrencia circunstancial, sino la expresión de un pueblo que se reconocía en quien despedía. La marcha avanzó lentamente, sostenida por la multitud que acompañaba en silencio. A las 6:15 de la tarde, el cortejo llegó al cementerio. La prensa describió ese momento como una escena patética y conmovedora, donde el dolor se hizo más evidente. Allí, en ese espacio final, la despedida adquirió su forma definitiva, cerrando una jornada que había comenzado en la madrugada, entre antorchas encendidas, y culminaba en el recogimiento de la tarde.
Entre la mañana del 19 y la noche del 20 de abril de 1989, San Pedro de Lloc vivió horas que condensaron violencia, duelo y memoria. Desde el ataque en Chepén hasta el sepelio multitudinario, pasando por la noche iluminada y los homenajes sucesivos, se configuró una experiencia colectiva que permanece en el recuerdo.
Recordar hoy estos hechos, a 37 años de su muerte, implica volver a ese recorrido y a esa presencia compartida. En la memoria del aprismo y en el sentir del pueblo sampedrano, la figura de Virgilio Purizaga Aznarán continúa representando una forma de hacer política que no se disocia de la vida cotidiana, que se construye en la cercanía con la gente y en la convicción de servicio. En tiempos en que la política atraviesa cuestionamientos y desencanto, su recuerdo interpela y exige. Porque hay trayectorias que no se diluyen, y hay convicciones que, aun en medio de la violencia que intentó silenciarlas, permanecen vivas en la historia de un pueblo que no olvida.
Escrito por Lic. Juan Ramón Chuquilín Nomberto
Esta crónica histórica se basa en información recopilada por el diario Últimas Noticias (ediciones del 19, 20 y 21 de abril de 1989).