01/09/2017
historias de Cardal
Hakan, un joven de origen quechua, había llegado por estas tierras de la yunga árida para conocer el famoso oráculo sagrado de los Ychams y consultarle sobre su vida.
Cuando Hakan llegó al templo sagrado, se dirigió al recinto del dios Ychimay para hacerle muchas preguntas. Unas de ellas era si algún día iba a perpetuar sobre una piedra, la huella del amor, aquella que ni él mismo sabia cuál era. El Punchau Willka, el sumo sacaerdote, le respondió en nombre del dios:
-- Sobre unas piedras de una alta colina solitaria, el amor te hará inspirar y grabarás el misterio de las cuatro hojas de árboles que brillarám a la luz del sol.
El muchacho se sorprendió por la respuesta, y continuó su viaje, descansando en la cuidadela de cardal.
Allí vivía la princesa Sumailla, de quien muchos al conocerla quedaban prendados de su encanto; es más, aquel hombre que la veía por primera vez difícilmente podría zafarse aquel bello rostro de su pensamiento.
Sumailla, era la más bellas de las mujeres de Cardal de la que se tenga memoria; por eso, muchos las deseaban como esposa. Aquella joven de exótica hermosura y cabello largo que se mecía al paso del viento, solía cantar melodías celestiales, como las diosas que prodigan talento y dulzura.
Entre los que llegaron a la comarca estaba este joven, Hakan, cuya virtud era hacer hablar a la piedra, pues sabía labralas y convertirlas en algo precioso. Era el hijo de un experto escultor de piedra venido de las lejanas regiones del sur.
Cuando vio a la princesa Saumilla por primera vez, no pudo menos que mostrarle su aprecio infinito y desearla como esposa. A ella, sin embargo le fue indiferente la presencia de aquel joven llamado Hakan, que en vano se le acercaba, ofreciéndole su amor. Saumilla tiene la costumbre de recoger agua en un cántaro para sus aves. Pero, como tantas veces va a regoger agua, el cántaro se termina por romperlo, a tanta insistencia de Hakan, que todavía no se había rendido por su amor, un día ella le pidió que le demostrara su aprecio e hiciera cuatro hoyos en forma de hojas, sobre unas piedras, en las que ella hecharía agua para que sus aves preferidas, los turtupulines, llegaran a saciar su sed. Hakan así lo hizo.
Caminaron en dirección a la alta colina y allí reconstruyó el antiguo pozo de piedras, en cuyos bordes plasmó las cuatro huellas en forma de hojas de árboles. La escultura lítica maravilló a la princesa Sumailla y terminó por convencerse de que el joven acompañante había cumplido con su promesa. Comprendió que, más allá de la promesa, existía un nuevo sentimiento, algo inentendible que nacía en su corazón.
El kuracaAru Cuismancu pronto se percató que su hija todas las tardes desaparecía y no se sabía nada de ella. Entonces comisionó a sus hombres de guardia para que la vigilaran y la siguieran a donde fuera, sin que ella lo supiera. Así fue que cierta tarde, la siguieron hasta la alta colina, lugar donde la esperaba Hakan, que había llegado por estas tierras para conocer el oráculo.