10/01/2026
*Escuchar lo políticamente incorrecto 2026*
¿Quieren los estudiantes aprender a entender cómo piensan realmente quienes gobiernan? Entonces tienen que desaprender una parte importante de lo que hoy se enseña como “educación cívica”. No lo van a lograr leyendo comunicados oficiales, ni siguiendo titulares cuidadosamente editados, ni analizando discursos escritos por asesores expertos en decir sin decir. Si quieren comprender el poder en acción, tienen que aprender a escuchar cuando el guion se rompe.
Un ejercicio pedagógico incómodo —y por eso mismo indispensable— es prestar atención a las entrevistas en vivo y a los discursos no leídos de Donald Trump. No porque sea un referente ético ni político, sino porque expone sin filtros algo que otros líderes esconden mejor: la lógica cruda con la que el poder toma decisiones cuando no necesita fingir corrección política, y la distancia entre lo que se dice “para afuera” y lo que se piensa “para adentro”.
Trump dice en público, cuando improvisa, lo que muchos gobernantes solo se permiten decir en privado a su círculo íntimo: que los aliados importan mientras sirven, que las reglas internacionales son maleables cuando estorban, que los intereses económicos pesan más que cualquier discurso moral, que la lealtad se compra y la disidencia se castiga, que los caprichos presidenciales pueden dinamitar agendas cuidadosamente negociadas. Lo que en otros países se filtra años después en documentos desclasificados o memorias cínicas, en Trump aparece en tiempo real.
Esto incomoda porque deja al desnudo una ficción que la educación suele reproducir con entusiasmo: que la política se rige principalmente por valores declarados, marcos jurídicos y buenas intenciones. No es así. El poder opera por cálculo, presión, oportunidad y correlación de fuerzas. Negarlo no forma ciudadanos éticos; forma ciudadanos ingenuos.
Paradójicamente, quienes más critican a Trump suelen aprender poco de él. Se quedan en la indignación moral y pierden la oportunidad de analizar cómo habla alguien cuando no le importa ser políticamente correcto, y qué revela eso sobre decisiones futuras. En educación, hacer ese análisis no es propaganda ni apología: es alfabetización política de alto nivel. Es enseñar a leer el mundo como funciona, no como quisiéramos que funcione.
La educación que evita mostrar esta realidad no protege a los estudiantes: los desarma. Les enseña a indignarse, pero no a anticipar. A creer en relatos, pero no a analizar comportamientos. Luego se sorprenden cuando las decisiones políticas contradicen los discursos previos, como si fueran traiciones inesperadas y no consecuencias anunciadas.
Si queremos formar ciudadanos capaces de entender el mundo —no solo de repetir consignas— debemos enseñarles a escuchar más allá del texto leído, a observar cuándo un líder se traiciona a sí mismo en una frase espontánea, y a preguntarse siempre: ¿a quién le está hablando realmente y con qué propósito? Porque el poder casi nunca se delata en los discursos escritos; se revela en lo que se dice sin cálculo, cuando ya no se finge para la prensa sino que se habla para quienes realmente importan. Y quien no aprende a leer esas señales termina sorprendiéndose —una y otra vez— por decisiones que estaban dichas, aunque no oficialmente declaradas.
Los estudiantes deben sentir el deseo de mejorar el mundo, respetar normas de convivencia que sostienen el bien común y liderar movimientos de corrección cívica y política. Pero ese impulso solo es fecundo si se ejerce con los ojos abiertos: entendiendo en qué mundo viven, cómo funciona realmente el poder y qué es exactamente lo que desean cambiar de él. Sin esa lucidez, la vocación transformadora se convierte en consigna vacía; con ella, puede convertirse en acción responsable, eficaz y verdaderamente democrática.
Lic. Alex Lamas
Partido Popular Peruanos En Acción