02/09/2026
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🇯🇵1RO DE SEPTIEMBRE COMIENZA LA MATANZA DE DELFINES DE JAPÓN🐬
Cada 1 de septiembre comienza en Taiji, Japón, una temporada que durante meses convierte el océano en escenario de persecución, captura y muerte para cientos de delfines y otros pequeños cetáceos. La práctica, autorizada legalmente en Japón, se extiende habitualmente hasta marzo y continúa pese a décadas de denuncias internacionales.
El procedimiento comienza mar adentro. Embarcaciones localizan grupos de cetáceos y los pescadores golpean postes metálicos introducidos en el agua, generando una intensa barrera de ruido submarino. Los animales, cuya percepción del entorno depende en gran medida del sonido, son conducidos progresivamente hacia la costa hasta quedar encerrados mediante redes en una pequeña ensenada de Taiji. Lo que para los humanos constituye una actividad planificada, para ellos significa verse perseguidos, desorientados y privados de cualquier posibilidad de decidir hacia dónde escapar.
Una vez atrapados comienza la selección. Algunos individuos, generalmente aquellos considerados adecuados para exhibición y entrenamiento, son separados para ser vendidos vivos a instalaciones de cautiverio. Otros son destinados a la matanza para comercializar su carne y algunos son liberados después de haber atravesado el proceso de persecución y confinamiento.
La temporada anterior, 2025-2026, terminó con cientos de cetáceos mu***os y decenas capturados vivos, según el monitoreo de organizaciones independientes. Por eso, aunque las cifras han disminuido respecto de las registradas hace décadas, la violencia no ha desaparecido: continúa existiendo una actividad organizada cuyo funcionamiento depende de perseguir, capturar, separar y disponer de animales sintientes según el valor económico que los seres humanos les asignamos.
Durante años, las imágenes de las aguas teñidas de rojo hicieron de Taiji un símbolo mundial de la violencia contra los cetáceos.
Desde una perspectiva antiespecista, no existe una oposición esencial entre el delfín destinado al cuchillo y el seleccionado para el espectáculo. Son dos destinos derivados de la misma idea: que sus cuerpos y sus vidas están disponibles para nuestros intereses. A uno se le asigna valor como carne; al otro, como mercancía viva capaz de generar dinero durante años.
Tampoco basta con defender esta práctica apelando a la tradición. Las culturas no son estructuras inmóviles y ninguna costumbre adquiere legitimidad moral simplemente porque haya existido durante generaciones. Hemos abandonado innumerables prácticas humanas precisamente porque comprendimos que la tradición no puede colocarse por encima de los intereses fundamentales de quienes sufren sus consecuencias.