23/05/2026
Damian llegó a mi vida sin pensarlo. Yo juraba que jamás iba a ser mamá, pero desde que llegó a mi vientre luchamos juntos por aferrarnos a la vida. Recuerdo un día en particular en el que, sin siquiera saber si existía algún poder supremo, me hinqué —literalmente— y lloré a sollozos pidiéndole al universo que por favor me ayudara, que me quitara el dolor y permitiera que Damian llegara sano. Recuerdo repetirme una y otra vez: “Damian no tiene culpa de nada”.
Cuando me enteré de mi embarazo yo estaba atravesando mucha violencia y tomaba medicación fuerte, completamente contraindicada durante el embarazo. Fueron noches de dolor, incertidumbre y miedo; días en hospitales, mucho llanto y violencia por parte de toda su familia paterna. Si soy sincera, fue un embarazo muy crudo, uno que no tuve la energía de disfrutar porque en realidad estaba sobreviviendo.
Pero cuando él llegó, todo cambió. Recuerdo escuchar su llanto por primera vez y haber orado para que nada ni nadie lo lastimara jamás. Lo miré: sus ojitos, sus piernitas, sus manitas. Lloraba mucho, pero cuando me lo acercaron ocurrió algo que jamás olvidaré. Le dije: “Hola mi amor, soy tu mami”, y su llanto paró. Sus ojos buscaban mi cara. Ese día comenzó nuestra aventura juntos. Y aunque sentí muchísimo miedo, también sentí el amor más profundo que he conocido en toda mi vida.
Cuando recién fui mamá no podía recibir visitas. Yo solo quería irme con mi hijo a una cabaña en la montaña y vivir juntos, lejos de cualquier riesgo de violencia, lejos de la gente, lejos del miedo. Perdí muchas personas que yo creía amistades porque no entendían que salir o recibir gente me generaba muchísimo estrés. Yo estaba intentando sobrevivir y proteger a mi hijo.
Su progenitor juró que Damian era lo que más amaba, y durante mucho tiempo yo quise que mi hijo construyera por sí mismo una imagen sana de su padre, incluso omitiendo toda la violencia que yo había vivido. Pero con el tiempo entendí y confirmé algo muy doloroso: un agresor siempre será un agresor y jamás podrá ser un buen padre. No importa cuántas oportunidades tenga enfrente ni cuántos hijos tenga con otras parejas.
Hablar con mi familia de la violencia que viví fue uno de los momentos más oscuros y, al mismo tiempo, más luminosos de mi vida. Mientras yo enfrentaba violencia en otros espacios, sentía que los monstruos andaban sueltos a mi alrededor. Pero el día que nombré lo que el progenitor de Damian me había hecho, hubo un antes y un después en mi historia como madre.
A partir de ahí tuve el valor de demandar pensión, divorcio y guardia y custodia. Y cuando él entendió que había perdido el control sobre mí, decidió huir. Incluso huyó de la personita que decía amar más que a nadie. Porque la realidad es que personas así no saben amar genuinamente; solo fingen hacerlo.
Y a pesar de todo lo que la gente pueda pensar, decir o suponer, yo jamás le negué ver a mi hijo. Inclusive, fui yo quien promovió legalmente la convivencia. Y hasta la fecha él jamás ha movido un dedo para verlo. Las pruebas sostienen cada una de mis palabras.
A partir de que demandé comenzó también la parte más bella de nuestra historia como madre e hijo. Damian y yo juntos, rodeados de las personas que jamás nos soltaron: nuestra familia de sangre y también esa familia que no comparte nuestra sangre pero que decidió escogernos y amarnos.
Juntos aprendimos a vivir esta historia y a descubrir el mundo. Damian aprendió a bailar a mi lado, a maravillarse con las cosas más pequeñas, y yo aprendí gracias a él el significado del amor más puro que puede existir. Y como dice Cazzu 🤪, a veces no sé si la vida me la dio Damian o si yo sé la di a él.
Sin embargo, al mismo tiempo comenzamos una vida judicializada contra un fantasma; una persona que ni siquiera es capaz de preguntarle a un juez si su hijo está bien o si, al menos, su mamá lo trata bien. Y la vida judicializada es un tormento que no permite maternar en paz ni en libertad.
Muchas veces me pregunté qué clase de ser humano puede vivir sin saber si una persona que tiene su sangre está bien o no. Después comprendí que esa era una respuesta que jamás iba a obtener y que, al final, tampoco debía convertirse en el centro de mi vida. Lo verdaderamente importante era Damian, su bienestar y que tuviera una vida digna.
Sí hubo muchas noches de coraje, de dolor y de preguntas sin respuesta. Hubo momentos en los que me consumía pensar cómo alguien podía abandonar tan fácilmente a un hijo y después seguir teniendo poder sobre su vida únicamente a través de una firma. Pero con el tiempo entendí algo mucho más importante: Damian sí tiene amor. Me tiene a mí y tiene a toda la gente que lo ama genuinamente, a quienes sí están presentes, a quienes sí lo sostienen, lo cuidan y lo acompañan.
Y fue entonces cuando empecé a cuestionarme profundamente por qué el sistema permite que personas que expresamente no quieren, no buscan y no tienen intención de amar, cuidar ni acompañar a sus hijos, puedan seguir tomando decisiones sobre sus vidas desde la ausencia. ¿Por qué una firma pesa más que la presencia? ¿Por qué quienes abandonan pueden seguir teniendo control, mientras quienes sí criamos, sostenemos y reparamos las heridas del abandono tenemos que sobrevivir a procesos interminables para poder maternar en paz?
En medio de todo ese dolor también me hice una promesa: que en la medida de mis posibilidades no iba a dejar solas a otras mujeres que estuvieran atravesando situaciones de violencia. Y así comenzó otra parte muy importante de mi historia, una en la que conocí a mujeres valiosas, compañeras de lucha y personas que, desde distintos espacios, trabajan todos los días para construir un mundo más justo para las infancias y para quienes les cuidan.
Si yo hubiese podido decidir, habría decidido no tener que demandar. Habría decidido no exponer públicamente mi historia ni la de Damian. Pero entendí que lo personal también es político, y que cuando una historia se hace pública puede transformar la vida de muchas mujeres, madres e infancias que, como Damian y yo, luchan todos los días contra un sistema que sigue tomando en cuenta a quienes deliberadamente abandonan.
Durante muchos años me creí insignificante. Me creí loca, exagerada y todas las cosas que esa gente que decidió dañarme me hizo creer sobre mí, incluso mientras yo cargaba en mi vientre a alguien de su misma sangre. Durante mucho tiempo dudé de mi voz, de mi dolor y hasta de mi capacidad para salir adelante.
Por eso, haber tenido el valor de transformar mi experiencia como madre y mi formación profesional en una propuesta de ley ha significado también un proceso profundo de auto reconocimiento. Ha sido recoger todas mis cenizas para volverlas fuego. Ha sido entender que mi historia, la de Damian y la de tantas mujeres e infancias no merecía quedarse en silencio.
Y por eso agradezco profundamente las sentidas palabras hacia mi persona y hacia mi hijo por parte de la diputada Astrid Sánchez Moguel y de todo su equipo, porque cuando una servidora pública escucha con empatía y actúa desde la humanidad, también contribuye a reparar años de abandono, violencia y silencio.
Hoy tengo claro que el centro de todas las decisiones deben ser siempre las infancias, su bienestar, su protección y su derecho a crecer rodeadas de amor, cuidado y presencia verdadera y solo cuando eso se cumpla y el estado lo asegure vendrá el verdadero cambio e inclusive tendremos cada vez menos personas capaces de abandonar porque ellas sí sabrán lo que es amar y no serán capaces de dañar deliberadamente.
Pd. Son tantas las personas a las que agradecer por ayudarme a mantenerme con vida y sostenerme a mí y a mi Damian, les agradezco con toda mi alma ustedes saben quienes son y a mi mamá y mi hermana no hay palabras ni nada que sea suficiente para agradecerles todo lo que hacen por Damian y por mi.