22/01/2021
En la naturaleza, y sólo en ella, se encuentran los recursos que la humanidad necesita para vivir y progresar. El verdadero desafío ecológico no radica en preservar el medio natural en estado virginal, sino en interactuar con él para utilizar sus bienes en función del desarrollo, el bienestar, el consumo y el confort que ahora, a diferencia de lo que ocurría en siglos anteriores, implica riesgos y acciones que pueden comprometer la existencia y la estabilidad de los grandes sistemas y las especies, entre ellas los humanos.
Durante la mayor parte de la historia humana la actividad económica y el progreso en general, aunque a nivel local o regional tuvieron un impacto a veces considerable, no alteraron sensiblemente la ecología planetaria, con todo y sus enormes efectos, hasta el siglo XIX, la actividad humana, especialmente la producción, incluso las guerras, fueron de bajo riesgo ambiental.
Los problemas comenzaron cuando factores como la industrialización acelerada, el crecimiento poblacional, la urbanización, el aumento del consumo de alimentos, agua, energía y su producción a base de carbón y petróleo, la aparición de los vehículos motorizados y de la aviación, el uso intensivo de la tierra, los fertilizantes y pesticidas, el plástico y las fibras sintéticas y el crecimiento de la industria química dieron lugar a la aparición de la cultura de lo “desechable.” A ello se añadieron las armas químicas, biológicas y atómicas, las plantas electro nucleares y la carrera espacial, sumándose las manipulaciones genéticas y la aparición de los “estados de bienestar” y de las “sociedades de consumo”.
Aunque la historia natural está formada por sucesos tan extraordinarios como el Big Bang, la formación de los planetas, las galaxias y el sistema solar, el surgimiento de la vida, la desaparición de miles de especies, y lo más trascendental: la aparición del hombre en contextos caracterizados por grandes movimientos tectónicos, terremotos, diluvios, erupciones, cambios climáticos y otra miríada de fenómenos cada uno de los cuales, percibido por separado es apenas una anécdota como aquella que cuenta como algo entretenido la desaparecieron de los dinosaurios, la formación del cañón del Colorado, el origen del Sahara y otros eventos similares.
En ese orden de cosas, aunque en un tiempo incomparablemente menor, la civilización humana muestra cierta equivalencia. Aun el hombre no ha determinado con exactitud su origen y ya se especula con la posibilidad de que, en plazos más o menos previsibles pudiera desaparecer, hecho que lo convertiría en una de las especies más fugaces de entre las que han dejado su huella en la tierra, cosa que en ese caso carecerá de relevancia.
Sin embargo en ese período histórico el hombre, interactuando con la naturaleza, ha creado las civilizaciones y en conjunto a la humanidad. Si fuera posible compararlo o hubiera una vara de medición apropiada, habría que admitir que la inteligencia humana, en cuyo origen no existe un Big bang, sino una lenta acumulación de conocimientos y trasmitidos de generación en generación por la herencia cultural, no es menos poderosa que aquellos que llamamos naturaleza.
Hoy día, cuando a la luz de los acontecimientos globales más significativos: agotamiento de los recursos naturales, contaminación ambiental, cambio climático, estilos de vida insostenibles, se asume como real el peligro de desaparición de la especie humana.
Es por ello que ante esta inminente preocupación alumnos de la DAEA, de la materia de Cultura de la sustentabilidad nos hemos motivado a realizar el siguiente proyecto: