03/09/2025
El día que no esté yo más aquí.
"Y aquel día en qué mis ojos se cierren para siempre y no puedan mirar más ésta tierra, díganle a mi amada que la amé como solo se puede amar una vez, que con ella entendí, que uno no solo ama a su mujer: sino que se termina amando la tierra donde ella vive, los árboles y calles por donde ella pasa, el suelo, las piedras y el aire por donde transcurrió su infancia, la iglesia, el parque y estos adoquines que tuvieron la dicha de mirar su conversión cuando dejo de ser niña, y uno ama el cielo azul y las nubes blancas, que pululan sobre su ser, de su vida adulta; porque hoy amo los sonidos y los olores de este pueblo, donde a veces la sorprenden caminando, arrancándole suspiros en la mañana fría, en la terrible tarde de sol quemante o, acompañada por la luz de esa luna que solo se mira en las gélidas noches de Etla.
Díganle que mi alma se va llena, satisfecha e impregnada del sabor de sus labios suaves y sutiles, como el carmín de ésta flor de bugambilia, cuyos modestos pétalos maduros se abren a la vida, como si lo hicieran para recibir el halo de quién la admira y ama. Háblenle de las veces que yo pasé por aquí a su encuentro, de las veces que la colorida fronda de éste árbol me distrajo mientras pensaba en ella, de las veces que desde aquí fui feliz al recordar sus cabellos, su mirada, su voz y sus besos que saben a su nombre.
Que sepa que aún acabada ésta existencia mía y sin saber a donde iré, ya la echo de menos, pero la llevo en mis recuerdos, en mis añoranzas de volver a ésta tierra, en la sonrisa de mis labios ahora frigidos, recordando cuando la veía venir a mi, caminando por estos muros viejos que guardan historias incontables y que mudos nos vieron a veces sonreír, en veces llorar, y otras tantas caminar en silencio pero tomados de la mano al menos, quizás porque íbamos enojados el uno con el otro.
No estaré más para repetirle mis atolondradas e insulsas palabras de amor, ni para con mis manos torpes rozar su piel, ni mis añejos labios podrán más expresar con su ordinaria voz, que ella es más que mi Sol, que es más bien mi Cielo, pero sobre todo, que ella se convirtio en mi propia Luna, porque es en la oscuridad cuando los temores aquejan, cuando la noche nos sobrecoge y nuestros propios demonios afloran, pero es también en esas horas inciertas, cuándo nuestra mente en alerta, decide que es lo que quiere uno para sus dias subsecuentes. Y es ella por quién yo me decidí en mis horas más complejas. Por eso para mí, ella terminó siendo mi astro de la noche, y cuando la miraba a ella, era como si yo mirara un pedacito de ese plateado disco, alumbrando mi oscuridad.
No vendré a recoger mis pasos como dice la creencia popular; porque yo no creo ni en el cielo, a donde de existir, dudo que yo pudiera entrar, pero si así fuera, preferiria que aquí se quedarán, para que ella al pasar de nuevo, entre estos muros de cantera descolorida y adobes desvencijados, recuerde aquello que dice una vieja canción: que yo, por las tardes iba enamorado cariñoso a verla. Y aunque ahora no pueda hacerlo más, al mirar los intensos colores de estás flores, el verde deteriorado de estás piedras y al escuchar el trinar de gorriones y otras avecillas que aquí hacen sus nidos, recuerde que no solo ella se va conmigo, se va este pueblo, con sus generaciones y sus historias, con sus pocas costumbres y su poca fé; éste pueblo que la vió nacer y que a pesar de todo, ella amó desde siempre y fué por lo que yo también aprendí a amar, con la misma intensidad y profundidad con que le amé a ella."
Colofón.
Un pequeño poema, gestado espontáneamente mientras escogía unas fotografías hechas en la calle de Benito Juárez (calle de Los Arcos), en . No podría dedicárselo a nadie más que a mi única persona especial.
Créditos: idea, texto y fotografías, autoría de Etla Villa de Alecs
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