02/08/2025
en 1811, Miguel Hidalgo murió fusilado.
De 'Siglo de caudillos' (1994), de Enrique Krauze:
Hidalgo murió ejecutado tras cuatro largas, interminables descargas. "Nos clavó aquellos hermosos ojos que tenía", recordaba un oficial llamado Pedro Armendáriz, que comandaba el pelotón. Contra su última voluntad, su cabeza fue cortada y exhibida para escarmiento del pueblo, junto con las de tres de sus más cercanos compañeros de armas (Allende, Aldama y Jiménez), en jaulas colocadas en los cuatro costados de la alhóndiga de Granaditas de Guanajuato. Allí permanecieron por diez años, hasta la consumación de la independencia.
Casi todos los historiadores liberales de la primera mitad del siglo XIX -anteriores al romanticismo- criticaron la figura de Hidalgo: "ligero hasta lo sumo" escribió el más clásico de ellos, José María Luis Mora, "Hidalgo se abandonó enteramente a lo que diesen las circunstancias ... jamás se tomó el trabajo, y acaso ni lo reputó necesario, de calcular el resultado de sus operaciones ni estableció regla ninguna que le sistemase". "Es evidente", apuntó el liberal más radical de la época. Lorenzo de Zavala, "que este célebre corifeo no hizo otra cosa que poner una bandera con la imagen de Guadalupe y correr de ciudad en ciudad con sus gentes sin haber indicado siquiera qué forma. de gobierno quería establecer." "Hidalgo no fue un santo", sostuvo el liberal más heterodoxo, el padre Servando Teresa de Mier, "ni santa la obra que emprendió ... jamás un abismo semejante de males y crímenes me arrancará demasiados panegíricos."
Sólo Carlos María de Bustamante, en su 'Cuadro histórico de la revolución mexicana', vería la guerra de Hidalgo con los ojos de un Michelet mexicano: el cura iluminado al mando de un pueblo ávido de libertad, prosperidad y justicia. Conforme avanzó el siglo y el espíritu romántico, la apreciación de Bustamante prevaleció. En busca de poder y legitimidad, los liberales fueron esculpiendo un Hidalgo a su medida: un Hidalgo republicano, federalista y liberal.