31/10/2023
VIDA Y OBRA DEL SIERVO DE DIOS,
JOSÉ PILAR QUEZADA VALDÉS, OBISPO CONFESOR
Escrito de Mons. G. Ramiro Valdés Sánchez, fechado en Guadalajara, Jal., agosto de 1995
José Pilar hijo primogénito de los esposos Tiburcio Quezada Gaeta y Teresa Valdés Ureña, nació el 12 de octubre del año 1900 a las diez de la noche en el rancho Los Acaspoles a dos kilómetros al noroeste de Totatiche, Jalisco, municipio de la región norte del Estado de Jalisco.
Sus padres, campesinos de costumbres de costumbres cristianas y sencillas, le dieron desde niño formación humana y cristiana acercándolo a los sacramentos de la Iglesia y a la educación elemental en compañía de sus dos hermanos María Guadalupe y Basilio.
Fue bautizado el día 21 de octubre del año 1900 en la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Totatiche, Jalisco por el señor presbítero don Ramón Aguilar y fueron sus padrinos el señor Tomás Gómez y la señora Irenea Ramírez. Le administró el sacramento de la Confirmación el señor obispo don Pablo Pellet en octubre de 1901 en la misma parroquia de su origen y fue su padrino el señor Feliciano Ureña.
Al llegar al uso de razón hizo su primera comunión sacramental y acudió a las clases de primaria a la Escuela Parroquial de su pueblo, que había fundado el señor cura don Cristóbal Magallanes.
Este mismo párroco, que le conoció desde niño, en informe escrito que rindió de él al arzobispo de Guadalajara, afirmó: “Aprendió las primeras letras en la escuela parroquial de esta de mi cargo, distinguiéndose por su aplicación y obediencia a su profesor. El que esto escribe se empezó a fijar en el niño Quezada, cuando él tenía diez u once años, con motivo de haberlo encontrado en el templo parroquial, al pie del altar del Sagrado Corazón a las doce del día, por dos veces, acabando de salir de la escuela y en los momentos que los demás niños aun se ocupaban de jugar en la calle y el párroco entraba al templo a rezar vísperas”.
El propio párroco en noviembre de 1913 lo envió al Seminario Auxiliar de Colotlán, Jalisco que allí tenía establecido la diócesis de Zacatecas y que en el año de 1914 tuvo que cerrarse por los ataques de la Revolución Carrancista a las instituciones de la Iglesia como seminarios y conventos.
Vuelto a su pueblo natal, al lado de sus padres, se dedicó a los trabajos del campo en el cultivo de las hortalizas, del maíz, del frijol y la atención del ganado vacuno.
El señor cura don Cristóbal Magallanes: “lo llamó a su lado ocupándolo a veces en estudiar gramática, a copiar algunos documentos y las más de las veces en acompañarlo en cerros y barrancas huyendo de la persecución”; así transcurrieron algunos meses del año 1914 y los primeros de 1915.
El 1º de diciembre se reanudaron los cursos del Seminario e ingresaron más alumnos, tanto que el señor Arzobispo de Guadalajara don Francisco Orozco y Jiménez, al volver del exilio que le había impuesto la revolución carrancista; el 20 de noviembre de 1916, acompañado por el señor presbítero José Garibi Rivera., encontró un grupo bien organizado de seminaristas en Totatiche y le dio reconocimiento oficial como Preceptoría del seminario y le nombró como primer prefecto al padre Garibi Rivera, que regresaba de Roma, donde estuvo tres años como alumno del Pío latino Americano en la Universidad Gregoriana.
El seminarista José Pilar cursó en el Seminario Auxiliar de Totatiche los estudios de Humanidades y Filosofía y dio buenas pruebas de excelente piedad y conducta, buen talento y gran aplicación; por esos sus formadores dejaron consignado en el archivo del seminario: “José Pilar Quezada es un joven de mucho porvenir”. Para los festivales literarios de su colegio escribió varios poemas en verso (de los cuales aquí se transcriben los siguientes).
En el año de 1919 pasó al Seminario Diocesano del señor San José de Guadalajara y cursó el primero de Teología, al iniciar el segundo curso de Teología el 9 de noviembre de 1920 pidió ser admitido al estado eclesiástico y fue aceptado, el señor arzobispo le confirió la Primera Tonsura el 7 de diciembre de ese mismo año. Las órdenes menores las recibió los días 8 y 11 de marzo del año de 1921.
Por recomendación de sus maestros y superiores del Seminario Diocesano el señor arzobispo acordó enviar a Roma al seminarista José Pilar para que continuara sus estudios eclesiásticos de teología, sagrada escritura y derecho canónico; durante cinco cursos, del 10 de octubre de 1921 al 31 de julio de 1926 fue alumno del colegio Pío Latino Americano en la Universidad Gregoriana y obtuvo los títulos académicos de doctor en Teología y en Derecho Canónico y de licenciado en Sagrada Escritura.
En febrero del año 1922 murió violentamente en Los Acaspoles su padre el señor Tiburcio Quezada Gaeta, porque un joven pretendiente de su sobrina, disparó su arma de fuego y lo hirió mortalmente.
La triste noticia le fue transmitida hasta Roma y sus maestros y compañeros de colegio, también el Papa Pío XI le dieron afectuosas condolencias, como el mismo joven Quezada lo expresó en las cartas enviadas a su Prelado don Francisco Orozco y Jiménez y a su párroco don Cristóbal Magallanes.
En enero del año 1923 hizo solicitud de las Ordenes Sagradas al señor arzobispo de Guadalajara; quien para responder a su petición ordenó se hicieran las investigaciones ordenadas en las normas eclesiásticas.
Fueron llamados a declarar como testigos de su vida y costumbres sus compañeros del Seminario de Guadalajara que lo conocieron desde niño (sus estudios) en Totatiche. Ellos fueron: el señor Agustín Tereso Sánchez, diácono Agustín S. Caloca y minorista Angel Valdés Huerta. De los vecinos de Totatiche fueron llamados a declarar los señores don Modesto Valdés Haro, don Eutimio Rodríguez, don Rosendo Sánchez y todos rindieron testimonios muy positivos y elogiosos de su buena conducta y sus grandes virtudes cristianas.
El señor arzobispo de Guadalajara envió las letras dimisorias autorizando la ordenación del peticionario y por el ministerio del señor obispo don Giuseppe Pallica vice general del obispado de Roma, en la Basílica de San Juan de Letrán fue ordenado diácono en el mes de noviembre y el 23 de diciembre recibió la Ordenación Sacerdotal el señor presbítero don José Pilar Quezada Valdés.
Todavía continuó sus estudios eclesiásticos en el colegio Pío Latinoamericano hasta el mes de julio de 1926; y precisamente cuando en México se cerraron los templos al culto público católico por las leyes persecutorias del presidente Plutarco Elías Calles, regresó a la patria el padre Quezada y no en el templo parroquial, sino a la sombra de frondosos guayabos en la huerta de Los Acaspoles, junto a su casa paterna, el día 7 de octubre del año 1926, acompañado del venerable párroco don Cristóbal Magallanes y de otros sacerdotes y con gran concurso de fieles, familiares y vecinos en la fiesta de la Virgen del Rosario, patrona de la parroquia de Totatiche, celebró su primera misa solemne.
En la predicación de la misa, el párroco expresó su gratitud por los dones recibidos de Dios en el nuevo sacerdote originario de la parroquia, primer alumno del Seminario de Totatiche y predijo, que este nuevo sacerdote sería su sucesor en el ministerio parroquial, lo que aconteció ocho meses después cuando murió martirizado en Colotlán, Jalisco el 25 de mayo de 1927 el señor cura don Cristóbal Magallanes en compañía del joven sacerdote su vicario don Agustín S. Caloca y la Sagrada Mitra de Guadalajara le encomendó la atención pastoral de la parroquia de Totatiche el 20 de junio de 1927 al padre José Pilar Quezada, ministerio que desempeñó con grande caridad pastoral y muy buenos frutos, durante quince años hasta el mes de noviembre del año 1942.
El señor arzobispado de Guadalajara doctor José Garibi Rivera le propuso un cambio a la ciudad de Guadalajara para trabajar en el seminario Diocesano como director espiritual y maestro y con grande docilidad aceptó el nombramiento y atendió los trabajos que se le encomendaron.
Durante cinco años fue formador en el Seminario Diocesano y simultáneamente fungió también como notario en el Tribunal Eclesiástico y capellán del coro de la catedral.
El 20 de agosto de 1947 el señor arzobispo lo envió a la parroquia de Zacoalco de Torres, jalisco como vicario coadjutor del anciano párroco don Salvador Castellanos y allí estuvo con ese oficio hasta el 24 de marzo de 1949, en que fue nombrado párroco de San Andrés, Tlaquepaque, en Villa Mariano Escobedo, Jalisco en la periferia oriente de la ciudad e Guadalajara.
En todos los lugares ejerció el ministerio sacerdotal, como era su estilo personal, con generosa entrega, lleno de bondad y mansedumbre promoviendo siempre el bien espiritual y el progreso material de sus feligreses.
El 18 de diciembre del año de 1958 fue preconizado primer obispo de Acapulco, Guerrero y el 25 de enero de 1959 recibió la Ordenación Episcopal en la catedral de Nuestra Señora de La Soledad en el puerto, por el ministerio del primer cardenal mexicano el señor arzobispo de Guadalajara, doctor don José Garibi Rivera, él mismo, que sacerdote nuevo fue su maestro en los primeros años de Seminario en Totatiche, Jalisco.
Durante todos los años de su ministerio sacerdotal y episcopal el señor Quezada Valdés fue notable por su hospitalidad, siempre estuvieron abiertas las puertas de su casas para recibir a todos los que le solicitaran algún servicio o ayuda, como alimentos, techo, medicinas, servicios espirituales, orientación o consejos.
Singularmente a los sacerdotes, los seminaristas, sus familiares y sus paisanos estuvo dispuesto siempre a recibirlos y ayudarlos con exquisita caridad: su mesa era sencilla en alimentos, pero llena de calor y de afecto. En su casa no faltaba la vaca que diera leche caliente y también la calabaza enmielada, que él decía: “después de la gracia de Dios, la calabaza”.
A su rancho natal Los Acaspoles, él lo llamaba la “tierra de promisión” la que mana leche y miel, porque en ese rancho las familias tenían vacas en su corral y abundantes magueyes que producían agua miel. Cada mañana en Los Acaspoles se llenaban los tarros de leche y las cántaras de agua miel y pulque para llevarlos a vender al pueblo y al movimiento de los pasos las cántaras rebosantes salpicaban las piernas de sus portadores, por lo que en Totatiche los aguamieleros de Los Acaspoles eran llamados con el mota “cervasdulces”.
En los distintos lugares de su ministerio el señor don José Pilar Quezada promovió con grande empeño las obras materiales; en Totatiche fueron tres los puentes de piedra que se construyeron sobre los arroyos de El Mocho y el Santa María que pasan por el pueblo y otro puente grande sobre el río de Cartagena y todavía perduran estos puentes.
También realizó la construcción de la capilla de Nuestra Señora del Refugio, de salones escolares en Totatiche y varias capillas rurales en esta parroquia.
En Villa Escobedo hizo adaptaciones a la casa parroquial, edificó la torre del templo de San Andrés e inició la construcción de otras capillas en los barrios de su parroquia.
Terminada su misión de obispo de Acapulco por su avanzada edad, regresó a su pueblo de origen Totatiche y autorizado por el señor arzobispo de Guadalajara, cardenal José Salazar López, inició la construcción del nuevo edificio del Seminario Auxiliar de ese pueblo y no obstante sus ochenta años de edad, el señor obispo Quezada tomó con entusiasmo esta tarea buscando apoyo económico de bienhechores, preparando los materiales, contratando técnicos y albañiles para la obra y en el período de cinco años logró terminar este edificio nuevo del Seminario de Totatiche.
El día 25 de noviembre de 1985, día de su muerte, poco antes de expirar dio las indicaciones para dotar de agua potable a su querido seminario. Pocos meses después de su piadosa muerte, el 24 de mayo de 1986 el señor obispo auxiliar de Guadalajara don Ramón Godínez Flores hizo la solemne bendición de este nuevo edificio con capacidad para alojar cien seminaristas.
En sus actitudes, palabras y acciones siempre mostró gran humildad y sencillez y grande confianza en la Providencia de Dios. sin jamás buscarlo le llegó el nombramiento de obispo. Se asegura que al comunicarle este nombramiento el delegado apostólico don Luigi Raimondi le contestó el señor cura Quezada: “considero que no es para mí este nombramiento, porque yo ni siquiera sé mandar a los acólitos de mi parroquia”.
Cuando llegaba a su casa algún visitante, siendo ya párroco y hasta obispo el mismo se ofrecía para cargar el equipaje del peregrino y a conducirlo hasta la habitación para darle hospedaje.
El señor obispo Quezada desde juventud vivió siempre con grande paz interior, con alegre armonía de cuerpo y alma, con profunda piedad y amor a Dios, verdadera devoción a la Virgen María, con sincero y comprobado amor a sus prójimos, pobres, ricos, poderosos, marginados, católicos, descreídos, enfermos, presos, campesinos, pescadores indígenas, hombres, mujeres, niños, sacerdotes cumplidos, sacerdotes retirados del ministerio y hasta cismáticos.
Fue precisamente en su obispado de Acapulco donde el primer sacerdote mexicano se retiró del ministerio y obtuvo del Papa Pablo VI la dispensa de las obligaciones sacerdotales y quedó reducido al estado laical; pero el señor obispo lo siguió tratando bondadosamente.
Es admirable la constante fortaleza que con mansedumbre conservó toda su vida aún en medio de las dificultades.
El señor cura Magallanes que fue párroco de Totatiche, Jalisco desde el año 1906ª hasta el año 1927 y conoció a José Pilar desde niño afirmó de él: “Quise hacer constar estar circunstancias a fin de que se vea que el joven Quezada no cedió en los tiempos más aciagos de la revolución”.
Al volver de Roma ya ordenado sacerdote, en septiembre del año 1926 encontró a su patria México en el inicio de la persecución religiosa levantada contra la Iglesia Católica por las leyes dictadas por el presidente de la República, Plutarco Elías Calles y se encontraban los templos cerrados al culto público, los sacerdotes eran perseguidos y tenían que huir y esconderse para evitar males mayores.
El padre José Pilar Quezada con las debidas precauciones, sin embargo se dedicó a ejercer el ministerio sacerdotal y a formar a los alumnos en el Seminario Auxiliar de Totatiche, Jalisco según las indicaciones que le dieron el señor arzobispo de Guadalajara y el párroco del lugar.
El 21 de mayo de 1927 cayeron sobre Totatiche los soldados del Ejército Federal y los sacerdotes Angel Andrade y José Pilar Quezada lograron escapar, pero el párroco don Cristóbal Magallanes y el prefecto del seminario don Agustín S. Caloca fueron alcanzados por la tropa y los apresaron en la cárcel municipal y cuatro días después el 25 de mayo fueron fusilados en Colotlán, jalisco por órdenes del gobierno y por el único delito de ser sacerdotes católicos.
A la muerte de estos mártires fue designado párroco de Totatiche el padre Quezada y permaneció en el territorio parroquial todo el tiempo de la persecución religiosa para atender las necesidades espirituales de los fieles.
Aunque en el mes de junio del año 1929 se tuvieron los llamados arreglos entre los obispos de México y el presidente de la república para reanudar el culto público católico, siguieron algunas hostilidades: el gobierno estatal ordenó que para poder ejercer el ministerio los sacerdotes tenían que registrarse ante la autoridad civil, quien determinaría a cuantos autorizaba.
El vicario general del Arzobispado de Guadalajara indicó al señor cura José Pilar Quezada que se registrara ante el Gobierno Federal para el distrito de Colotlán, Jalisco que abarcaba varias parroquias de la Diócesis de Guadalajara y algunas de la diócesis de Zacatecas y él quedaba como el único sacerdote oficialmente autorizado para atender las necesidades espirituales de los habitantes de toda esa región.
Los obispos de México considerando que el gobierno federal imponía la educación socialista y atea en las escuelas oficiales prohibieron a los católicos trabajar como maestros en las escuelas públicas y mandar a sus hijos a esos centros escolares, lo cual suscitó serias dificultades.
Los sacerdotes de Totatiche, el señor cura don José Pilar Quezada y sus vicarios Luis Alvarez, J. Trinidad Hernández y Nemesio Rivas fueron apresados en noviembre de 1935 por denuncia de algunos maestros oficiales que se quejaron ante la Zona Militar de Zacatecas y el general Crisanto E. Quintero se vino a Totatiche escoltado con un grupo numeroso de soldados bien armados, llegó al pueblo y se metió al edificio del Seminario Auxiliar y decomisó los libros del archivo y los útiles escolares de los alumnos y a los sacerdotes los apresó, se los llevó detenidos hasta la cárcel de Santo Domingo en la ciudad de Zacatecas, alegando que hostilizaban a los maestros rurales federales porque enseñaban que “Dios no existe, que la existencia de ese Ser es un invento de los curas”.
Allí estuvieron varios días presos y por los buenos oficios del padre José G. Martínez y la campaña de oraciones que promovió en la ciudad el señor obispo de Zacatecas doctor don Ignacio Plascencia y Moreira y los servicios profesionales del abogado, licenciado Agustín de la Huerta Jara lograron su liberación los sacerdotes, después de esa dura experiencia como detenidos, pero favorecidos con el apoyo de sacerdotes y cristianos laicos de la ciudad.
El día 24 de noviembre de 1935 desde Totatiche el señor cura J. Pilar Quezada envió informe escrito al Arzobispado de Guadalajara avisando que ya habían obtenido la libertad y el señor arzobispo don José Garibi Rivera le contestó el día 28 del mismo mes con gran satisfacción de enterado de la grata noticia.
En todas las dificultades siempre conservó monseñor José Pilar Quezada su ánimo sereno y tranquilo. Cuando cargado de años se desmejoró en la capacidad visual de sus ojos, aunque todavía no cumplía los setenta y cinco años para presentar la renuncia canónica de su oficio episcopal, manifestó a la Santa Sede anticipadamente su voluntad de entregar el gobierno de la diócesis de Acapulco al prelado que designaran y él mismo pidió le concedieran la ayuda de un obispo auxiliar en la persona del señor Rafael Bello Ruiz.
Ni en los achaques de la vejez se le vio triste o deprimido; él conservó siempre el buen ánimo y una tranquila alegría en el trato con todos, esperando el retorno a la casa del Padre del Cielo.
En la piadosa muerte del señor obispo José Pilar Quezada toda la comunidad parroquial de Totatiche se volcó junto a su féretro y muchas personas de otros lugares, como de Guadalajara y Acapulco llegaron también a rendirle homenaje de estimación y gratitud junto a sus restos mortales.
El 25 de noviembre de 1985, al día siguiente de su fallecimiento, fue sepultado su cuerpo en el templo parroquial de Totatiche, Jalisco al pide el altar del Sagrado Corazón, en el mismo sitio que de niño de escuela primaria él escogía para platicar con Dios y pudo verlo su párroco que lo invitó al Seminario.
Por su fama de santidad muchas personas acuden a su sepulcro para pedir favores a Dios por su intercesión y quieren que sea elevado al honor de los altares. Está en proceso su causa de beatificación.