26/12/2025
En este año entendí
que no era afuera donde debía ajustar la mirada,
sino aquí,
en este lugar íntimo y silencioso
desde donde se afina el lente propio.
Aprendí a no exigirle al mundo
lo que me correspondía cultivar por dentro.
A no pedir claridad
cuando aún no había ordenado mis sombras.
Descubrí que no necesitaba convencer a nadie,
solo volver habitable mi propio territorio;
que si mi mundo era digno,
alguien sabría verlo
sin necesidad de explicarlo.
Dejé de vigilar los pasos ajenos
cuando comprendí el trabajo que implica
caminar consciente;
cada quien carga su mapa,
sus desvíos,
sus atardeceres.
Aprendí a callar discusiones
cuando el verdadero diálogo
me estaba esperando dentro.
No todo desacuerdo merece voz,
algunos nos exigen madurez.
Este año entendí
que salvarme no era egoísmo,
es responsabilidad.
Que nadie se ilumina por decreto,
por imposición,
ni en senderos ajenos.
Solté la urgencia de cambiar al otro,
el día que acepté
mi propio proceso
sin excusas ni dureza;
desde ahí,
todo se acomodó mejor.
Comprendí que las ideas no se imponen,
se encarnan.
Que la coherencia habla sola,
y lo auténtico atrae
sin violencia.
Aprendí a mirar sin juicio
cuando recordé mis propios tropiezos,
los caminos fáciles
y los que dejaron cicatriz.
Todo me atravesó
para ayudar a recordarme.
Y casi al final del año entendí algo simple,
obvio,
profundo:
si quiero iluminar,
no tengo que señalar la oscuridad,
basta con permanecer encendida…
que existir con coherencia
ya ilumina.