29/11/2021
"En pena se quedó el caporal de la Hacienda La Laborcilla"
Testimonio de Cruz Pichardo/Vecino del barrio de La Trinidad
Cuenta don Cruz Pichardo, que en la década de los 60 circulaba por los barrios de La Otra Banda de Querétaro un hombre muy particular. Nunca se supo su nombre pero, debido a su actitud grosera y altanera, todos lo reconocían. Aquel personaje decía ser caporal de la Hacienda La Laborcilla y cada día, hacia el ocaso, montaba su caballo y comenzaba su camino. Recorría Corregidora, El Cerrito e ingresaba al barrio de la Trinidad en donde cruzaba el puente para más tarde incorporarse a Avenida Río Ayutla con rumbo hacia Ezequiel Montes, pues era en esa calle en donde se encontraba su pulquería favorita. Cuando estaba pasado de copas comenzaba la bravuconería y a punta de pi***la gritaba: ” todos aquí me la pelan y nadie me puede hacer nada porque me protege el patrón”, seguido de un fuerte golpe en el pecho. Nadie sabía a qué se refería con ello, pero el solo gesto intimidaba a todos los presentes.
En una de sus borracheras el jinete decidió por fin mostrar el pecho (don Cruz fue testigo) en él tenía un enorme diablo tatuado cuya larga cola le llegaba a la espalda. Por supuesto, los espectadores se espantaron de inmediato pues aquel espectáculo no era algo normal, sin embargo, de esa forma lograron entender a qué se refería cuando golpeaba su pecho e invocaba al “patrón”.
Al terminar sus pulques, y a puros tambaleos, montaba su caballo y realizaba la misma ruta de regreso, pero esta vez con gritos y tiros al aire, incitando a algún valiente a que lo enfrentase. Cada noche era lo mismo por lo que a muchos vecinos los tenía fastidiados.
Sucedió que un día de pronto nadie más volvió a saber de él. Cruz continuó visitando la pulquería como de costumbre, pero de aquel caporal ninguna noticia. Se supuso que había enfermado e incluso que había mu**to pero todo era incierto, de una persona tan indeseable nadie averigua su paradero, por el contrario, los vecinos de La Otra Banda descansaron de sus bravuconerías.
Años más tarde Cruz regresaba de su acostumbrada visita a la pulquería de Ezequiel Montes y justo cuando cruzaba por el puente de la “Trini” escuchó el andar de un caballo que lo seguía de cerca. Al voltear la mirada se dio cuenta que se trataba de aquel viejo caporal que continuaba en andanza. De inmediato abrió paso y al verle de frente notó que sus ojos eran diferentes, en ellos se reflejaba una luz extraña que al mismo tiempo expresaban una enorme tristeza; ninguno se saludó y ambos continuaron su curso.
El encuentro con el caporal le causó curiosidad a Cruz, así que se dispuso a averiguar su paradero. Entre chisme y chisme supo que el hombre había mu**to años atrás por lo que era imposible que lo hubiera visto la noche anterior. Sin embargo, en el barrio, más de uno aseguró haber vivido la misma experiencia que Cruz, por lo que solo podía haber una explicación: el caporal bravucón se encontraba en pena y había regresado de la muerte para servir a su “patrón” el diablo, quien lo había protegido en vida de alguien más bravo que él.