04/03/2026
Hoy nos toca despedir a una leyenda del cine mexicano: Ana Luisa Peluffo (1929–2026), actriz pionera y valiente que rompió tabúes al convertirse en la primera mujer en realizar un desnudo artístico en el cine nacional, en la cinta La fuerza del deseo (1955). Su carrera fue prolífica: más de 200 películas y telenovelas, participaciones internacionales en países de Europa y Asia, y hasta una breve incursión en Hollywood con la película de Tarzán.
Tuve la fortuna de conocerla en 1994, y desde entonces nació una amistad entrañable que me acompañó en incontables proyectos y viajes. Compartimos cámara en películas como Una tumba abandonada, Sucedió en Vallarta, La hacienda del terror, Las dos michoacanas, La bronco amarilla, Los chacales y la bronca, La magia de la selva y Coyote, entre muchas más. Cada rodaje con ella era una lección de profesionalismo y pasión.
Ana Luisa fue también puente de amistades: gracias a ella conocí a Thalía, con quien más tarde cultivé una relación cercana. Juntos recorrimos el mundo: Japón, China, Tailandia, Hong Kong, Dinamarca, Francia, España, Chipre, Turquía, Italia, Alemania, Austria, Estados Unidos y, por supuesto, México. Siempre era la primera en estar lista, guiándonos con la seguridad de quien había hecho de los viajes parte de su vida desde muy joven.
Llegan a mi mente un torrente de anécdotas:
En París, al visitar la Torre Eiffel, una familia la reconoció en el elevador y no podían creer que estaban frente a Ana Luisa Peluffo. Ella, con su sencillez, nos presentó a todos, incluyendo a Thalía y su madre Yolanda Miranda.
En Palacio Nacional, durante el Grito de Independencia, el propio Padre del presidente Ernesto Zedillo comentó con humor que me envidiaba por ir del brazo de “una de las mujeres más hermosas de México”.
En Tokio, jugando con la nieve en el Monte Fuji, terminé lanzándole sin querer una bola de nieve en la cara; ella, entre risas, me llamó “bandido”.
En Viena, en los carritos chocones, Thalía y yo nos aliamos para chocar a Anita y a Doña Yolanda, quienes terminaron pidiendo que las bajaran mientras nosotros no parábamos de reír.
Son incontables los recuerdos, y aunque podría seguir contando, prefiero guardarlos en el corazón. Hoy celebro su legado y su espíritu incansable, agradecido por haber compartido tantos momentos a su lado.
Descansa en paz, querida Ana Luisa. Tu luz seguirá brillando en cada historia que contemos y en cada pantalla que recuerde tu arte.