28/01/2026
Las Cataratas del Niágara no se “congelan” por completo, pero en episodios de frío extremo pueden transformarse de una forma que parece imposible a primera vista.
Durante una intensa ola de frío asociada al paso de un vórtice polar en Norteamérica, las temperaturas descendieron muy por debajo de lo habitual durante varios días consecutivos. Ese enfriamiento prolongado provoca que el agua pulverizada por la caída constante —la niebla que se eleva desde el río— se congele al contacto con el aire, las rocas y las estructuras cercanas. Poco a poco, se forman gruesas capas de hielo, estalactitas y superficies blancas que cubren los bordes de las cataratas y el cauce inferior.
El agua principal nunca deja de fluir. El río Niágara transporta tal volumen que es prácticamente imposible que se solidifique por completo. Lo que sí ocurre es que grandes bloques de hielo flotante se acumulan, la espuma se congela y el paisaje adquiere un aspecto sólido, como si la cascada hubiera quedado detenida en el tiempo. En algunos inviernos excepcionales, incluso se forma un “puente de hielo” natural, una acumulación densa de fragmentos congelados que cubre parte del río, aunque no es seguro caminar sobre él.
Este fenómeno no es nuevo. Existen registros históricos de inviernos severos en los que el Niágara presentó escenas similares, pero sigue siendo poco frecuente porque requiere una combinación muy específica: temperaturas extremadamente bajas, viento, humedad constante y varios días sin deshielo.
Más allá de lo impactante de las imágenes, este tipo de eventos recuerda la enorme energía que se mueve en la atmósfera terrestre. El vórtice polar no crea el frío, pero puede desplazar aire ártico hacia latitudes más bajas, alterando de forma temporal el clima de regiones enteras.