09/09/2026
Crónica PILARES Humorística desde la Comunidad.
Título: Las grietas del tiempo en la historia.
Dicen que los edificios hablan. No lo hacen con palabras, desde luego; hablan a través de sus muros, de los espacios que se transforman con el tiempo y, sobre todo, de esas grietas que aparecen casi sin avisar. Al principio parecen pequeñas, incluso fáciles de ignorar. Alguien puede decir que son normales, que forman parte del paso del tiempo, y el edificio continúa funcionando como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, una grieta tiene una particularidad: deja huella. Y cuando pasa el tiempo, esa marca comienza a contar una historia.
Hoy podemos mirar a la estructura de PILARES desde esa imagen. Han pasado siete años desde su creación y, durante este tiempo, la estructura ha crecido, se ha transformado y ha construido una importante presencia comunitaria en la Ciudad de México. Pero también ha acumulado pendientes. Algunas de esas marcas tienen que ver con las condiciones en las que quienes somos Beneficiarios Facilitadores de Servicios (BFS) hemos desarrollado nuestro trabajo. Otras aparecen en las experiencias de quienes han enfrentado situaciones de acoso, violencia, abuso de autoridad o decisiones institucionales que dejaron heridas que todavía necesitan ser atendidas y, en algunos casos, reparadas.
Las grietas no significan necesariamente que todo esté mal. Significan que hay algo que observar con mayor atención. Y justamente por eso esta reflexión tiene un doble sentido. Por un lado, estamos cumpliendo un año desde que decidimos organizarnos como Coordinadora. Es un primer aniversario que merece ser visto no solamente como una fecha, sino como la oportunidad de preguntarnos qué hemos construido durante este tiempo. Por otro lado, ese año de organización ocurre dentro de una historia mucho más amplia: la de PILARES, que llega a siete años de existencia y enfrenta el desafío de revisar las condiciones sobre las que se ha sostenido su operación.
Un año de organización quizá parezca poco frente a siete, pero ha sido suficiente para comprender que transformar una realidad no depende únicamente de señalar aquello que no funciona. También requiere aprender a organizarnos, escucharnos y encontrar coincidencias entre experiencias que en ocasiones parecen muy distintas.
Durante este año hemos recorrido distintos caminos. Hemos acudido a mesas de trabajo, presentado propuestas, buscado interlocución con autoridades y generado espacios para hacer visible una problemática que durante mucho tiempo permaneció dispersa. Algunas gestiones han producido avances; otras nos han mostrado las limitaciones de la estructura institucional y la necesidad de buscar nuevos interlocutores y nuevas estrategias.
Incluso hemos aprendido que algunas mesas terminan dando lugar a otras mesas, como si el verdadero logro administrativo fuera descubrir que todavía existe una reunión pendiente para hablar de la reunión anterior. El humor nos ha ayudado a contarlo, pero detrás de la anécdota existe una enseñanza seria: el diálogo solamente adquiere sentido cuando puede traducirse en decisiones, acuerdos y resultados.
También hemos aprendido algo que quizá sea todavía más importante: una organización no se fortalece porque todas las personas piensen igual. Durante este año han aparecido distintas formas de entender la lucha. La perspectiva de género ha señalado problemas que no pueden quedar fuera de una agenda de derechos laborales. Las experiencias frente al acoso y la violencia han mostrado que no podemos hablar de dignidad en el trabajo mientras algunas personas sienten que deben enfrentar solas determinadas situaciones. Quienes han vivido una baja del programa tienen una memoria que merece ser escuchada, de la misma manera que quienes continúan trabajando dentro de los PILARES tienen experiencias y preocupaciones que forman parte de esta historia.
No son historias que debamos enfrentar entre sí. Son piezas de una misma realidad.
Y aquí aparece uno de nuestros principales aprendizajes como Coordinadora: la diferencia no tiene por qué convertirse en división. Podemos tener estrategias distintas, prioridades diferentes e incluso desacuerdos, y aun así reconocer que existe un propósito común. Si la meta es alcanzar el reconocimiento de los derechos laborales de quienes han sostenido PILARES durante estos años, ninguna perspectiva debería ser considerada innecesaria por el simple hecho de ser diferente. Esto también nos obliga a hacer autocrítica.
No podemos pedir a una institución que escuche a su comunidad si nosotros mismos no somos capaces de escucharnos. Tampoco podemos construir una organización sólida si nuestras diferencias terminan convirtiéndose en obstáculos para avanzar. La autocrítica no significa renunciar a nuestras convicciones; significa tener la madurez para revisar aquello que podemos mejorar y corregirlo antes de que se convierta, del mismo modo, en una grieta. Tal vez por eso la metáfora del edificio resulta tan útil.
A siete años de PILARES existen grietas que pertenecen a la propia estructura institucional y que no pueden resolverse únicamente desde quienes las habitan. Pero después de un año de organización también debemos reconocer que nosotros estamos aprendiendo a construir nuestras propias herramientas para intervenir en esa realidad. Y cuando hablamos de estructura, quizá sea necesario mirar más profundamente sus cimientos. Porque algunas de las grietas que hoy observamos no aparecieron recientemente. Desde el origen existe una forma de nombrar la relación con quienes realizan el trabajo que permite que PILARES funcione cotidianamente. Se les llama Beneficiarios Facilitadores de Servicios, y esa denominación no es un detalle menor cuando se contrasta con las responsabilidades, capacidades profesionales, conocimientos especializados y tareas que efectivamente desarrollan en el territorio.
La precariedad también puede esconderse detrás de las palabras. Frases como “tú firmaste y leíste las Reglas de Operación” pueden ser jurídicamente utilizadas para recordar una condición administrativa, pero resultan insuficientes para responder a una pregunta mucho más profunda: ¿quién tiene empatía con quienes sostienen cotidianamente la educación comunitaria? Porque detrás de las poco más de cien horas sustantivas que actualmente se establecen para los BFS existe un trabajo que no termina cuando concluye una actividad registrada. Existen planeaciones, preparación, acompañamiento, atención comunitaria, convocatorias, eventos y múltiples tareas que ocurren dentro y fuera del territorio. Y cuando una parte importante de ese tiempo comienza a orientarse hacia eventos y convocatorias que responden a una lógica distinta de la educación comunitaria, vale la pena preguntarnos qué estamos priorizando como institución.
Durante los últimos años se ha vuelto cada vez más visible una lógica de convocatoria masiva, de espectáculo y de acontecimiento permanente: un evento aparece, concentra la atención y después se desvanece frente al siguiente. Es una dinámica que podríamos leer, retomando a Bauman, como una forma líquida de organización: aquello que hoy parece central mañana se escurre, se evapora y es sustituido por una nueva convocatoria. El problema no es realizar eventos. Una comunidad también celebra, se encuentra y construye identidad a través de ellos. El problema aparece cuando el evento comienza a ocupar el lugar de la política educativa, cuando la cantidad de personas convocadas puede pesar más que la profundidad de los procesos comunitarios, y cuando quienes sostienen esas actividades son considerados solamente como beneficiarios de una beca, aunque en los hechos desempeñen funciones especializadas –profesionales–, indispensables para que el sistema funcione.
Aquí la grieta deja de ser únicamente simbólica. Si profesionistas, artistas, docentes, científicos, talleristas, especialistas en tecnologías, humanidades y otras áreas continúan incorporándose a PILARES a pesar de estas condiciones, no deberíamos interpretar su permanencia únicamente como aceptación de las reglas existentes. También podemos leerla como expresión de una deuda mucho más profunda: la deuda estructural del Estado frente al derecho al trabajo digno.
El artículo 123 constitucional establece la centralidad del derecho al trabajo, mientras que el Objetivo de Desarrollo Sostenible 8 plantea la necesidad de promover el trabajo decente y el crecimiento económico. Desde esa perspectiva, la discusión sobre las condiciones de quienes sostienen PILARES no es un asunto menor ni una inconformidad aislada: forma parte de una conversación mucho más amplia y estructural sobre la dignidad laboral y las responsabilidades institucionales frente a quienes hacen posible una política pública. Por eso, cuando se nos recuerda que “firmamos la carta de obligaciones”, la respuesta no puede limitarse a discutir lo que está escrito en un documento. También debemos preguntarnos qué ocurre con las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible cumplir esas obligaciones. Firmar una regla no elimina la realidad social que existe detrás de ella para nombrar las cosas como son. Trabajo es trabajo.
Tampoco debería utilizarse una denominación administrativa para deshumanizar a quienes participan en el proceso. Algo semejante ocurre cuando la estructura llama “usuarios” a las personas que acuden a PILARES. Las palabras construyen realidades. Si la razón de ser del programa consiste en garantizar derechos, fortalecer comunidades y ampliar posibilidades, quizá necesitamos revisar también el lenguaje con el que nombramos a quienes habitan sus espacios. Y esta revisión debe alcanzar a tod@s.
Así como exigimos que la institución revise sus prácticas, nosotr@s debemos revisar las nuestras. Así como demandamos protocolos de cuidado para quienes enfrentan situaciones de violencia o abuso, debemos aprender a construir también mecanismos colectivos de cuidado para quienes han sostenido esta y otras organizaciones. La transformación no ocurrirá de inmediato y tampoco será resultado de una sola acción. Será consecuencia de nuestra capacidad para convertir las experiencias en propuestas, las propuestas en acuerdos y los acuerdos en acciones capaces de modificar aquello que hoy parece inamovible –o se tapa como una grieta–. Por eso no tendría sentido mirar las grietas únicamente como señales de deterioro. También pueden ser líneas de posibilidad. Una grieta muestra por dónde necesita pasar una reparación, dónde hace falta reforzar una estructura y qué parte del edificio ya no puede sostenerse de la misma manera. En nuestro caso, esas marcas permiten identificar aquello que necesita cambiar para que PILARES pueda avanzar hacia una relación más justa con quienes hacen posible su trabajo cotidiano y con las comunidades a las que pretende servir.
Quizá este aniversario de la Coordinadora sea un buen momento para entender que todavía estamos construyendo nuestra propia historia. Un año no es el final de un camino; es apenas una primera etapa en la que hemos conocido nuestras fortalezas, pero también nuestras limitaciones. Hemos comprobado que organizarse tiene costos, que sostener una causa durante el tiempo exige paciencia y que ningún avance está garantizado. Pero también hemos comprobado algo fundamental: cuando una preocupación individual encuentra otras experiencias semejantes, puede convertirse en una causa colectiva. Eso es lo que debemos cuidar.
No permitir que las diferencias nos hagan perder de vista el objetivo. No convertir la organización en un espacio donde una voz tenga que desaparecer para que otra pueda ser escuchada. Tampoco asumir que el reconocimiento llegará simplemente porque lo hemos solicitado muchas veces.
Necesitamos seguir construyendo las condiciones políticas, institucionales y colectivas para que esa demanda pueda convertirse en una realidad. Las grietas o fisuras de PILARES no aparecieron con nosotros y tampoco desaparecerán mañana. Son parte de una historia de siete años. Nuestra organización, en cambio, apenas cumple uno. Esa diferencia de tiempo es importante porque nos recuerda que no tenemos todas las respuestas y que todavía estamos aprendiendo cómo intervenir en una estructura mucho más grande que cualquiera de nosotros.
Pero también tenemos algo que hace un año no teníamos de la misma manera: la experiencia de haber caminado junt@s. Quizá ese sea el verdadero sentido de este aniversario. No celebrar que ya resolvimos el problema, porque sería prematuro decirlo, sino reconocer que durante este primer año hemos construido una organización capaz de mirar la realidad de frente y preguntarse qué puede hacer para transformarla. Un edificio puede sobrevivir a una grieta. Lo que no puede hacer indefinidamente es negar que existe. Esas marcas forman parte de la historia de PILARES. A un año de organización, nos corresponde decidir qué hacemos con lo que hemos aprendido. Podemos seguir mirando las grietas como problemas aislados o podemos entenderlas como señales que nos indican dónde existen posibilidades de transformación.
El reto que tenemos por delante no consiste en pensar igual, sino en aprender a caminar juntos aun cuando pensemos diferente. Si logramos hacerlo, este primer año no será solamente el aniversario de una organización: será el comienzo de una etapa en la que las distintas experiencias de quienes sostienen PILARES puedan encontrarse en una causa común. Las grietas ya están ahí. Algunas atraviesan los muros de la institución. Otras aparecen en sus prácticas, en sus prioridades y hasta en las palabras con las que nombra a quienes la hacen posible. La pregunta que sigue no es si existen. La pregunta es qué tan capaces seremos de convertirlas en caminos para transformar estructuras.
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