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Cttec-PILARES Coordinadora de Trabajadoras y Trabajadores de la Educación Comunitaria-PILARES

Crónica PILARES Humorística desde la Comunidad.Título: Las grietas del tiempo en la historia. Dicen que los edificios ha...
09/09/2026

Crónica PILARES Humorística desde la Comunidad.

Título: Las grietas del tiempo en la historia.

Dicen que los edificios hablan. No lo hacen con palabras, desde luego; hablan a través de sus muros, de los espacios que se transforman con el tiempo y, sobre todo, de esas grietas que aparecen casi sin avisar. Al principio parecen pequeñas, incluso fáciles de ignorar. Alguien puede decir que son normales, que forman parte del paso del tiempo, y el edificio continúa funcionando como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, una grieta tiene una particularidad: deja huella. Y cuando pasa el tiempo, esa marca comienza a contar una historia.

Hoy podemos mirar a la estructura de PILARES desde esa imagen. Han pasado siete años desde su creación y, durante este tiempo, la estructura ha crecido, se ha transformado y ha construido una importante presencia comunitaria en la Ciudad de México. Pero también ha acumulado pendientes. Algunas de esas marcas tienen que ver con las condiciones en las que quienes somos Beneficiarios Facilitadores de Servicios (BFS) hemos desarrollado nuestro trabajo. Otras aparecen en las experiencias de quienes han enfrentado situaciones de acoso, violencia, abuso de autoridad o decisiones institucionales que dejaron heridas que todavía necesitan ser atendidas y, en algunos casos, reparadas.

Las grietas no significan necesariamente que todo esté mal. Significan que hay algo que observar con mayor atención. Y justamente por eso esta reflexión tiene un doble sentido. Por un lado, estamos cumpliendo un año desde que decidimos organizarnos como Coordinadora. Es un primer aniversario que merece ser visto no solamente como una fecha, sino como la oportunidad de preguntarnos qué hemos construido durante este tiempo. Por otro lado, ese año de organización ocurre dentro de una historia mucho más amplia: la de PILARES, que llega a siete años de existencia y enfrenta el desafío de revisar las condiciones sobre las que se ha sostenido su operación.

Un año de organización quizá parezca poco frente a siete, pero ha sido suficiente para comprender que transformar una realidad no depende únicamente de señalar aquello que no funciona. También requiere aprender a organizarnos, escucharnos y encontrar coincidencias entre experiencias que en ocasiones parecen muy distintas.

Durante este año hemos recorrido distintos caminos. Hemos acudido a mesas de trabajo, presentado propuestas, buscado interlocución con autoridades y generado espacios para hacer visible una problemática que durante mucho tiempo permaneció dispersa. Algunas gestiones han producido avances; otras nos han mostrado las limitaciones de la estructura institucional y la necesidad de buscar nuevos interlocutores y nuevas estrategias.

Incluso hemos aprendido que algunas mesas terminan dando lugar a otras mesas, como si el verdadero logro administrativo fuera descubrir que todavía existe una reunión pendiente para hablar de la reunión anterior. El humor nos ha ayudado a contarlo, pero detrás de la anécdota existe una enseñanza seria: el diálogo solamente adquiere sentido cuando puede traducirse en decisiones, acuerdos y resultados.

También hemos aprendido algo que quizá sea todavía más importante: una organización no se fortalece porque todas las personas piensen igual. Durante este año han aparecido distintas formas de entender la lucha. La perspectiva de género ha señalado problemas que no pueden quedar fuera de una agenda de derechos laborales. Las experiencias frente al acoso y la violencia han mostrado que no podemos hablar de dignidad en el trabajo mientras algunas personas sienten que deben enfrentar solas determinadas situaciones. Quienes han vivido una baja del programa tienen una memoria que merece ser escuchada, de la misma manera que quienes continúan trabajando dentro de los PILARES tienen experiencias y preocupaciones que forman parte de esta historia.

No son historias que debamos enfrentar entre sí. Son piezas de una misma realidad.
Y aquí aparece uno de nuestros principales aprendizajes como Coordinadora: la diferencia no tiene por qué convertirse en división. Podemos tener estrategias distintas, prioridades diferentes e incluso desacuerdos, y aun así reconocer que existe un propósito común. Si la meta es alcanzar el reconocimiento de los derechos laborales de quienes han sostenido PILARES durante estos años, ninguna perspectiva debería ser considerada innecesaria por el simple hecho de ser diferente. Esto también nos obliga a hacer autocrítica.

No podemos pedir a una institución que escuche a su comunidad si nosotros mismos no somos capaces de escucharnos. Tampoco podemos construir una organización sólida si nuestras diferencias terminan convirtiéndose en obstáculos para avanzar. La autocrítica no significa renunciar a nuestras convicciones; significa tener la madurez para revisar aquello que podemos mejorar y corregirlo antes de que se convierta, del mismo modo, en una grieta. Tal vez por eso la metáfora del edificio resulta tan útil.

A siete años de PILARES existen grietas que pertenecen a la propia estructura institucional y que no pueden resolverse únicamente desde quienes las habitan. Pero después de un año de organización también debemos reconocer que nosotros estamos aprendiendo a construir nuestras propias herramientas para intervenir en esa realidad. Y cuando hablamos de estructura, quizá sea necesario mirar más profundamente sus cimientos. Porque algunas de las grietas que hoy observamos no aparecieron recientemente. Desde el origen existe una forma de nombrar la relación con quienes realizan el trabajo que permite que PILARES funcione cotidianamente. Se les llama Beneficiarios Facilitadores de Servicios, y esa denominación no es un detalle menor cuando se contrasta con las responsabilidades, capacidades profesionales, conocimientos especializados y tareas que efectivamente desarrollan en el territorio.

La precariedad también puede esconderse detrás de las palabras. Frases como “tú firmaste y leíste las Reglas de Operación” pueden ser jurídicamente utilizadas para recordar una condición administrativa, pero resultan insuficientes para responder a una pregunta mucho más profunda: ¿quién tiene empatía con quienes sostienen cotidianamente la educación comunitaria? Porque detrás de las poco más de cien horas sustantivas que actualmente se establecen para los BFS existe un trabajo que no termina cuando concluye una actividad registrada. Existen planeaciones, preparación, acompañamiento, atención comunitaria, convocatorias, eventos y múltiples tareas que ocurren dentro y fuera del territorio. Y cuando una parte importante de ese tiempo comienza a orientarse hacia eventos y convocatorias que responden a una lógica distinta de la educación comunitaria, vale la pena preguntarnos qué estamos priorizando como institución.

Durante los últimos años se ha vuelto cada vez más visible una lógica de convocatoria masiva, de espectáculo y de acontecimiento permanente: un evento aparece, concentra la atención y después se desvanece frente al siguiente. Es una dinámica que podríamos leer, retomando a Bauman, como una forma líquida de organización: aquello que hoy parece central mañana se escurre, se evapora y es sustituido por una nueva convocatoria. El problema no es realizar eventos. Una comunidad también celebra, se encuentra y construye identidad a través de ellos. El problema aparece cuando el evento comienza a ocupar el lugar de la política educativa, cuando la cantidad de personas convocadas puede pesar más que la profundidad de los procesos comunitarios, y cuando quienes sostienen esas actividades son considerados solamente como beneficiarios de una beca, aunque en los hechos desempeñen funciones especializadas –profesionales–, indispensables para que el sistema funcione.

Aquí la grieta deja de ser únicamente simbólica. Si profesionistas, artistas, docentes, científicos, talleristas, especialistas en tecnologías, humanidades y otras áreas continúan incorporándose a PILARES a pesar de estas condiciones, no deberíamos interpretar su permanencia únicamente como aceptación de las reglas existentes. También podemos leerla como expresión de una deuda mucho más profunda: la deuda estructural del Estado frente al derecho al trabajo digno.

El artículo 123 constitucional establece la centralidad del derecho al trabajo, mientras que el Objetivo de Desarrollo Sostenible 8 plantea la necesidad de promover el trabajo decente y el crecimiento económico. Desde esa perspectiva, la discusión sobre las condiciones de quienes sostienen PILARES no es un asunto menor ni una inconformidad aislada: forma parte de una conversación mucho más amplia y estructural sobre la dignidad laboral y las responsabilidades institucionales frente a quienes hacen posible una política pública. Por eso, cuando se nos recuerda que “firmamos la carta de obligaciones”, la respuesta no puede limitarse a discutir lo que está escrito en un documento. También debemos preguntarnos qué ocurre con las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible cumplir esas obligaciones. Firmar una regla no elimina la realidad social que existe detrás de ella para nombrar las cosas como son. Trabajo es trabajo.

Tampoco debería utilizarse una denominación administrativa para deshumanizar a quienes participan en el proceso. Algo semejante ocurre cuando la estructura llama “usuarios” a las personas que acuden a PILARES. Las palabras construyen realidades. Si la razón de ser del programa consiste en garantizar derechos, fortalecer comunidades y ampliar posibilidades, quizá necesitamos revisar también el lenguaje con el que nombramos a quienes habitan sus espacios. Y esta revisión debe alcanzar a tod@s.

Así como exigimos que la institución revise sus prácticas, nosotr@s debemos revisar las nuestras. Así como demandamos protocolos de cuidado para quienes enfrentan situaciones de violencia o abuso, debemos aprender a construir también mecanismos colectivos de cuidado para quienes han sostenido esta y otras organizaciones. La transformación no ocurrirá de inmediato y tampoco será resultado de una sola acción. Será consecuencia de nuestra capacidad para convertir las experiencias en propuestas, las propuestas en acuerdos y los acuerdos en acciones capaces de modificar aquello que hoy parece inamovible –o se tapa como una grieta–. Por eso no tendría sentido mirar las grietas únicamente como señales de deterioro. También pueden ser líneas de posibilidad. Una grieta muestra por dónde necesita pasar una reparación, dónde hace falta reforzar una estructura y qué parte del edificio ya no puede sostenerse de la misma manera. En nuestro caso, esas marcas permiten identificar aquello que necesita cambiar para que PILARES pueda avanzar hacia una relación más justa con quienes hacen posible su trabajo cotidiano y con las comunidades a las que pretende servir.

Quizá este aniversario de la Coordinadora sea un buen momento para entender que todavía estamos construyendo nuestra propia historia. Un año no es el final de un camino; es apenas una primera etapa en la que hemos conocido nuestras fortalezas, pero también nuestras limitaciones. Hemos comprobado que organizarse tiene costos, que sostener una causa durante el tiempo exige paciencia y que ningún avance está garantizado. Pero también hemos comprobado algo fundamental: cuando una preocupación individual encuentra otras experiencias semejantes, puede convertirse en una causa colectiva. Eso es lo que debemos cuidar.

No permitir que las diferencias nos hagan perder de vista el objetivo. No convertir la organización en un espacio donde una voz tenga que desaparecer para que otra pueda ser escuchada. Tampoco asumir que el reconocimiento llegará simplemente porque lo hemos solicitado muchas veces.

Necesitamos seguir construyendo las condiciones políticas, institucionales y colectivas para que esa demanda pueda convertirse en una realidad. Las grietas o fisuras de PILARES no aparecieron con nosotros y tampoco desaparecerán mañana. Son parte de una historia de siete años. Nuestra organización, en cambio, apenas cumple uno. Esa diferencia de tiempo es importante porque nos recuerda que no tenemos todas las respuestas y que todavía estamos aprendiendo cómo intervenir en una estructura mucho más grande que cualquiera de nosotros.

Pero también tenemos algo que hace un año no teníamos de la misma manera: la experiencia de haber caminado junt@s. Quizá ese sea el verdadero sentido de este aniversario. No celebrar que ya resolvimos el problema, porque sería prematuro decirlo, sino reconocer que durante este primer año hemos construido una organización capaz de mirar la realidad de frente y preguntarse qué puede hacer para transformarla. Un edificio puede sobrevivir a una grieta. Lo que no puede hacer indefinidamente es negar que existe. Esas marcas forman parte de la historia de PILARES. A un año de organización, nos corresponde decidir qué hacemos con lo que hemos aprendido. Podemos seguir mirando las grietas como problemas aislados o podemos entenderlas como señales que nos indican dónde existen posibilidades de transformación.

El reto que tenemos por delante no consiste en pensar igual, sino en aprender a caminar juntos aun cuando pensemos diferente. Si logramos hacerlo, este primer año no será solamente el aniversario de una organización: será el comienzo de una etapa en la que las distintas experiencias de quienes sostienen PILARES puedan encontrarse en una causa común. Las grietas ya están ahí. Algunas atraviesan los muros de la institución. Otras aparecen en sus prácticas, en sus prioridades y hasta en las palabras con las que nombra a quienes la hacen posible. La pregunta que sigue no es si existen. La pregunta es qué tan capaces seremos de convertirlas en caminos para transformar estructuras.

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Crónica PILARES Humorística desde la Comunidad. Título: Historias que casi nunca vemos: chalecos y colores en acción. Ho...
25/06/2026

Crónica PILARES Humorística desde la Comunidad.

Título: Historias que casi nunca vemos: chalecos y colores en acción.

Hoy, 24 de junio, muchos PILARES permanecieron cerrados. Para algunas personas fue un día de descanso. Para otras, la jornada simplemente cambió de escenario. Hay quienes fueron convocados para distintas actividades relacionadas con los grandes eventos que vive la ciudad; otros continuaron apoyando dispositivos institucionales y comunitarios en diferentes espacios públicos. Mientras tanto, la vida siguió su curso... y los chalecos también.

Porque, si uno lo piensa con calma, los chalecos tienen una vida bastante intensa.
Los vemos todos los días. Blancos, verdes, guindas, negros, morados, multicolor... dependiendo del programa, la función o la actividad. Parecen simples prendas de identificación, pero basta observar un poco más para descubrir que cada color organiza recorridos, distribuye tareas, asigna responsabilidades y dibuja fronteras invisibles.

Diría Bruno Latour que un chaleco no es solamente un objeto. Es un actor dentro de una enorme red. Sí, un actor.

No porque tenga piernas para caminar solo, sino porque modifica lo que ocurre a su alrededor. Un chaleco identifica, clasifica, coordina, autoriza, ordena y comunica. Hace que una persona sea reconocida de cierta manera por quienes la observan. Cambia la forma en que otros interactúan con ella. El chaleco hace cosas. Pero hay algo todavía más interesante, detrás de cada chaleco también vive una historia.

Hay personas servidoras públicas con años de experiencia. Hay trabajadores de confianza. Hay promotoras y promotores comunitarios. Hay personas beneficiarias de programas sociales que sostienen buena parte de las actividades cotidianas en los territorios, aun cuando muchas veces su participación ocurre bajo figuras administrativas distintas a una relación laboral reconocida con los derechos que normalmente asociamos al trabajo: antigüedad, prestaciones, vacaciones o estabilidad.

Quizá por eso el chaleco nunca cuenta toda la historia. A veces sólo vemos el color. Rara vez vemos a quien madrugó para abrir un espacio comunitario, a quien organizó una actividad cultural, a quien enseñó a bailar, acompañó una asamblea, pintó una cancha, escuchó a una vecina o resolvió un problema que jamás aparecerá en un informe.

El chaleco, como diría Latour, funciona un poco como una "caja negra". Desde fuera parece sencillo. Pero cuando uno decide abrirla aparecen relaciones mucho más complejas: programas, documentos, convocatorias, instrucciones, presupuestos, responsabilidades, afectos, incertidumbres y personas intentando hacer bien su trabajo.

Por eso quizá la pregunta interesante no sea de qué color es un chaleco.
La verdadera pregunta podría ser: ¿Qué historias sostiene ese color? Porque los colores organizan equipos, sí. Pero también pueden invisibilizar trayectorias, conocimientos y experiencias que difícilmente caben en una etiqueta institucional.
Y sin embargo, todos esos colores terminan encontrándose en un mismo territorio: la comunidad.

Nuestra ilustración de hoy propone justamente un pequeño juego. Te invitamos a iluminar los chalecos de los personajes.

No para descubrir cuál color "gana", sino para imaginar la historia que podría habitar detrás de cada uno. ¿Qué hace esa persona? ¿Qué sabe? ¿Qué sueña? ¿Qué dificultades enfrenta? ¿Qué tareas realiza que casi nadie nota?

Tal vez, cuando terminemos de colorear, descubramos que el verdadero protagonista nunca fue el chaleco. Siempre fue la persona. Porque los artefactos organizan el trabajo, pero son las comunidades quienes le dan sentido. Y quizá ahí comience la conversación más importante: cómo hacer visibles esas historias que permanecen ocultas detrás de una prenda aparentemente sencilla; cómo reconocer el valor de quienes sostienen cotidianamente la vida comunitaria; y cómo imaginar formas de organización donde el reconocimiento, los derechos y la dignidad puedan ocupar el mismo lugar que hoy ocupan los colores.

¿Y tú qué ves cuando miras un chaleco?

Cuéntanos en los comentarios.

Y si te animas, comparte también tu ilustración iluminada. A veces, colorear puede ser la mejor manera de empezar a iluminar aquello que normalmente permanece invisible.

Crestomatía de conocimiento comununitario.
15/06/2026

Crestomatía de conocimiento comununitario.

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12/06/2026

Crónica PILARES Humorística desde la Comunidad

Título: La capacidad de convocar y la deuda pendiente

¿Hasta cuándo será el despertar del pueblo? La pregunta surge al observar cómo el Mundial de Fútbol 2026, presentado como una celebración capaz de unir naciones, convive con problemas sociales que no desaparecen porque ruede el balón. Como señala Žižek (1994), la ideología contemporánea ya no funciona únicamente mediante el engaño, sino a través de una forma de cinismo en la que todos conocemos las contradicciones existentes, pero seguimos actuando “como si” no existieran.

El deporte no es el problema. Tampoco la emoción legítima que genera que México vuelva a ser sede de una Copa del Mundo. La cuestión aparece cuando el espectáculo ocupa el centro de la conversación pública mientras las necesidades de las comunidades permanecen en segundo plano.

Esa contradicción puede observarse en escenas aparentemente ordinarias. En uno de los puntos de encuentro convocados para las actividades relacionadas con la inauguración del torneo, el sol caía mientras unas cuantas gotas comenzaban a chispear desde el cielo. Algunas personas buscaban sombra; otras revisaban por enésima vez el teléfono celular para confirmar indicaciones enviadas mediante mensajes de WhatsApp o para mostrar la evidencia de formularios digitales previamente requisitados.

Entre quienes esperaban surgía una pregunta sencilla: ¿dónde están los cestos de basura? Nadie parecía tener una respuesta clara. Los sanitarios sí fueron colocados, pero incluso algunos servidores públicos desconocían información básica sobre la logística del evento. La escena parecía menor, aunque reflejaba una realidad más profunda: la distancia que a veces existe entre la capacidad de convocar masivamente y la capacidad de resolver necesidades concretas.

Numerosas trabajadoras y trabajadores comunitarios acudieron a estos puntos de encuentro. Nadie cuestiona la importancia simbólica del futbol ni su potencial para fortalecer la convivencia, la apropiación positiva del espacio público o la construcción de paz.

Sin embargo, resulta inevitable preguntarse por las condiciones en las que participan quienes sostienen diariamente actividades educativas, culturales y comunitarias en distintos territorios de la ciudad. Cuando el ingreso económico depende de mecanismos administrativos que no siempre brindan certeza suficiente sobre derechos sociales y laborales, una invitación institucional puede dejar de sentirse completamente voluntaria. Entonces aparece una pregunta silenciosa que rara vez forma parte de los discursos oficiales: ¿qué ocurre si no asisto?

Mientras tanto, las pantallas transmiten una ceremonia rodeada de patrocinadores, campañas publicitarias y figuras del espectáculo. Pereyra (2025) señala que la FIFA ha transformado el Mundial en una estructura económica que moviliza miles de millones de dólares. La emoción colectiva es real y el orgullo también. No todos los días un país recibe por tercera ocasión una Copa del Mundo.

No obstante, para miles de familias trabajadoras la realidad cotidiana continúa marcada por preocupaciones mucho más inmediatas. El costo de una entrada para asistir a un partido puede representar varios meses de ahorro o el equivalente al pago de servicios básicos, materiales escolares, transporte o gastos relacionados con la salud. La comparación resulta inevitable porque muestra dos realidades que coexisten en un mismo territorio: la del espectáculo global y la de quienes deben administrar cuidadosamente cada recurso para sostener la vida cotidiana.

Fuera de las cámaras existen historias que no desaparecen porque inicie un torneo internacional. Continúan las madres buscadoras recorriendo territorios para encontrar a quienes faltan. Siguen las y los trabajadores de la educación demandando condiciones laborales dignas. Persisten estudiantes que intentan sostener sus trayectorias académicas en medio de dificultades económicas.

Permanecen también organizaciones comunitarias que atienden problemas concretos en sus territorios y que rara vez reciben la misma atención mediática que un gran evento deportivo. Sus causas no entran en pausa porque el mundo dirija su mirada hacia los estadios.

Por ello, la discusión no debería reducirse a estar a favor o en contra del Mundial. La pregunta de fondo consiste en quiénes reciben los beneficios principales de estos acontecimientos y cómo pueden aprovecharse para fortalecer a las comunidades. Diversos análisis críticos han señalado que los megaeventos deportivos suelen beneficiar principalmente a corporaciones mediáticas, empresas patrocinadoras y grupos económicos vinculados a la concentración de capital, mientras que los beneficios para las comunidades suelen ser más limitados.

En este sentido, la observación de Žižek (1994) adquiere relevancia: todos sabemos que el espectáculo genera enormes ganancias para determinados actores, pero seguimos participando “como si” su propósito principal fuera únicamente la celebración colectiva.

Sin embargo, la crítica pierde sentido si no conduce a una reflexión transformadora. Gustavo Gutiérrez (1971) planteó que toda reflexión auténtica debe partir de la realidad concreta y desembocar en una práctica liberadora. Su noción de ortopraxis recuerda que no basta con identificar las contradicciones del presente; es necesario construir caminos para transformarlas.

Desde esa perspectiva, el desafío principal no consiste en rechazar el Mundial ni en negar la alegría que puede generar el deporte, sino en preguntarnos cómo convertir acontecimientos de esta magnitud en oportunidades para fortalecer derechos y responder a demandas históricas.

Es precisamente ahí donde aparece una oportunidad para la reflexión institucional. Si existe capacidad para coordinar grandes movilizaciones y organizar ceremonias masivas, también debería existir la voluntad política para atender con la misma energía las demandas de quienes sostienen el trabajo comunitario. Las y los Beneficiarios Facilitadores de Servicios han demostrado durante años su capacidad para organizarse, educar, generar cultura e impulsar actividades que fortalecen el tejido social.

Lo que muchas maestras, maestros, talleristas y promotores continúan esperando no son homenajes simbólicos ni convocatorias extraordinarias, sino certezas permanentes: reconocimiento institucional, estabilidad económica, acceso efectivo a derechos y condiciones dignas para desarrollar su labor.

Escuchar sigue siendo fundamental en una democracia. Sin embargo, cuando la escucha no se acompaña de capacidad resolutiva, corre el riesgo de convertirse en desgaste. La transformación de la realidad no depende únicamente de identificar problemas, sino de generar soluciones concretas. Más que trasladar responsabilidades al pasado, el desafío consiste en asumir plenamente las tareas del presente y atender las causas que continúan produciendo desigualdad e incertidumbre.

Quienes aún creemos en una izquierda democrática, crítica y propositiva sabemos que principios como no mentir, no robar y no traicionar conservan vigencia únicamente cuando se traducen en acciones concretas para las mayorías. La mejor manera de honrar esa herencia es fortaleciendo las condiciones de vida de quienes hacen posible el trabajo comunitario. La prioridad debería seguir siendo el territorio, las personas y las causas que reclaman atención cotidiana.

El Mundial apenas comienza y seguramente dejará imágenes memorables y celebraciones colectivas. Ojalá también deje una enseñanza: la grandeza de un país no se mide únicamente por su capacidad para organizar eventos globales, sino por su capacidad para responder a las necesidades de quienes sostienen diariamente la vida comunitaria. Las causas de las madres buscadoras, de las y los trabajadores, de los estudiantes y de quienes construyen comunidad desde abajo no pueden permanecer indefinidamente en pausa mientras transcurre la fiesta.

Como recordaba Gutiérrez (1971), la transformación no llega por sí sola ni depende exclusivamente de la voluntad de quienes ejercen el poder; requiere organización, conciencia y acción colectiva. Quizá entonces la pregunta inicial deje de ser únicamente “¿hasta cuándo será el despertar del pueblo?” para convertirse en otra más urgente y concreta para nuestro tiempo: ¿Cómo transformar la capacidad de convocar en la capacidad de resolver?

Referencias

Gutiérrez, G. (1971). Teología de la liberación: Perspectivas. Centro de Estudios y Publicaciones.

Pereyra, B. (2025). La FIFA convirtió al Mundial en un gran negocio. Entrevista en A Fuego Lento, El Heraldo Radio.

Žižek, S. (1994). Ideología: Un mapa de la cuestión. Verso.

Crónica PILARES Humorística desde la comunidad. Título: La esperanza frente a la precariedad del olvido.La Ciudad de Méx...
05/06/2026

Crónica PILARES Humorística desde la comunidad.

Título: La esperanza frente a la precariedad del olvido.

La Ciudad de México vive un momento que obliga a mirar más allá de los discursos oficiales para observar las condiciones reales bajo las cuales millones de personas sostienen diariamente el funcionamiento de las instituciones. Mientras la atención pública se concentra en los grandes eventos mediáticos, en los espectáculos masivos y en la narrativa permanente de que todo marcha correctamente, diversos sectores sociales mantienen abiertas luchas que evidencian problemas estructurales que siguen sin resolverse. Entre ellas destaca la movilización de las y los trabajadores de la educación agrupados en la CNTE, quienes han colocado nuevamente en el centro del debate nacional la defensa de las pensiones, el salario y la seguridad laboral.
Sin embargo, reducir esta movilización a una demanda exclusiva del magisterio sería un error. Lo que se encuentra en discusión no es solamente el presente de las maestras y los maestros, sino una problemática que atraviesa a las trabajadoras y trabajadores de todo el país: el derecho a construir una vida digna después de décadas de trabajo. La lucha actual pone sobre la mesa una pregunta fundamental acerca de quién controla realmente el futuro de quienes sostienen cotidianamente la vida económica y social de México.

La creación de los esquemas de ahorro para el retiro administrados mediante Afores trasladó una parte importante de la seguridad social hacia mecanismos financieros que escapan al control directo de las y los trabajadores. Aunque jurídicamente se presentan como instrumentos de administración de recursos, en los hechos significaron que el ahorro construido a lo largo de una vida laboral quedará sujeto a dinámicas de inversión definidas por terceros. Por ello, la discusión impulsada por el magisterio trasciende sus propias condiciones laborales y se convierte en una reflexión más amplia sobre el sentido de los derechos sociales, el papel del Estado y la responsabilidad pública frente al bienestar de quienes trabajan.

No obstante, existe una realidad que pocas veces aparece en el debate público. Mientras millones de trabajadores, aun dentro de las limitaciones del actual sistema pensionario, generan antigüedad, cotizaciones y mecanismos de acceso a prestaciones futuras, miles de Beneficiarias y Beneficiarios Facilitadores de Servicios de PILARES ni siquiera cuentan con esas posibilidades. Los años transcurren, la experiencia se acumula, las responsabilidades institucionales aumentan y las funciones se multiplican, pero ese tiempo de servicio no genera antigüedad laboral, no construye derechos pensionarios y no produce las garantías que la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos reconoce para las personas trabajadoras.

Esta situación resulta particularmente relevante porque PILARES se ha consolidado, a lo largo de siete años, como una de las políticas públicas más importantes de la Ciudad de México en materia de educación comunitaria, cultura, deporte y acceso al conocimiento. Detrás de esa construcción existen miles de profesionistas que diariamente sostienen actividades educativas, culturales, deportivas y organizativas en territorios donde históricamente han existido profundas desigualdades. Maestras, maestros, talleristas, promotores culturales, artistas, deportistas, científicas sociales, ingenieras, historiadores y especialistas de múltiples disciplinas han contribuido a fortalecer procesos comunitarios que hoy constituyen una referencia importante para la vida pública de la ciudad.

Precisamente por ello resulta imposible ignorar la contradicción que acompaña el crecimiento del programa. Mientras las responsabilidades institucionales han aumentado de manera constante, las condiciones de reconocimiento y protección de quienes sostienen gran parte de su operación permanecen prácticamente inmóviles. La discusión sobre estas condiciones no pertenece a la derecha ni a la izquierda. Pertenece al terreno de la dignidad, de la justicia social y de la convicción de que ningún proyecto de transformación puede sostenerse indefinidamente sobre condiciones de precariedad.

Durante 2025 se desarrollaron diversas mesas de trabajo entre representantes de la educación comunitaria y autoridades institucionales. En esos espacios se presentaron diagnósticos, propuestas y evidencia construida desde la experiencia cotidiana de quienes hacen posible el funcionamiento de los PILARES. La apertura al diálogo representa un paso importante, pero la experiencia acumulada también demuestra que la escucha, cuando no se traduce en soluciones concretas, puede convertirse en una fuente de desgaste, frustración y pérdida de confianza. Las comunidades no necesitan únicamente ser escuchadas; necesitan observar que los problemas identificados encuentran rutas efectivas de atención.

Por ello, la discusión no debería limitarse exclusivamente a las condiciones de adscripción de quienes participan en el programa. Existe una pregunta aún más profunda relacionada con la manera en que se construye la política pública. ¿Quién decide las prioridades institucionales? ¿Quién define el destino de los recursos públicos? ¿Quién determina cuáles son las necesidades más urgentes de las comunidades?

Con frecuencia, estas decisiones se construyen desde agendas institucionales alejadas de las realidades territoriales. Se privilegian los indicadores, los eventos de gran visibilidad pública y las narrativas que buscan mostrar resultados inmediatos. Sin embargo, la vida comunitaria no puede reducirse a la lógica de la fotografía institucional ni a la necesidad permanente de demostrar que todo funciona correctamente. Los territorios enfrentan problemas complejos que requieren procesos sostenidos de acompañamiento, organización y participación.
Las comunidades conocen sus necesidades porque las viven diariamente. Por ello, fortalecer la participación comunitaria no debe limitarse a la consulta o a la escucha simbólica. Implica construir mecanismos reales para que los propios territorios puedan incidir en la orientación de los recursos, en la definición de prioridades y en los ajustes necesarios para responder a sus condiciones particulares. Democratizar la política pública significa también extender la capacidad de decidir sobre ella.

La principal enseñanza que dejan las luchas sociales de nuestro tiempo, desde el magisterio hasta los procesos de organización comunitaria, es que las transformaciones profundas no nacen de la resignación. Surgen cuando las personas identifican problemas compartidos y construyen respuestas colectivas. Surgen cuando la crítica deja de entenderse como una amenaza y comienza a reconocerse como una herramienta indispensable para fortalecer las instituciones públicas.
Por ello, lo que hoy se necesita no es solamente una nueva conversación. Se necesita capacidad resolutiva. Se necesita que los derechos reconocidos en la Constitución encuentren mecanismos efectivos de realización. Se necesita que quienes sostienen la educación comunitaria puedan construir proyectos de vida con certeza, derechos y futuro. Escuchar es importante, pero resolver es indispensable. Ninguna transformación será duradera si quienes la hacen posible continúan viviendo en condiciones de incertidumbre.
La esperanza sigue existiendo porque las comunidades continúan organizándose, creando alternativas y sosteniendo espacios de encuentro incluso en escenarios adversos. Pero la esperanza, por sí sola, no transforma la realidad. Para convertirse en una fuerza capaz de producir cambios duraderos necesita traducirse en decisiones públicas, en reconocimiento de derechos y en soluciones concretas que coloquen la dignidad humana por encima de cualquier discurso.

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