28/05/2026
Tu perro es parte de tu familia, la antropología por fin lo confirma
Los científicos llevan décadas observando cómo los animales nos transforman. El hallazgo desafía varias ideas que teníamos por seguras.
Por Redacción Nota Antropológica
Cierras la puerta de casa y tu perro apoya la cabeza en tu rodilla. Hasta hace unos años, la antropología te habría dicho que ese animal solo era un símbolo, un recurso o, como mucho, un “bueno para pensar”. Hoy los investigadores te dirán algo distinto. Ese perro está haciendo familia contigo y no es una metáfora.
Los antropólogos Santiago Cruzada, Carlos García-Grados y Olatz González-Abrisketa han publicado un mapa de este territorio en la revista Disparidades. Han estado revisando décadas de investigación y han llegado a la conclusión de que los seres humanos no preexisten a sus relaciones con otras especies. Nos hemos ido haciendo humanos junto a los perros, las vacas, los jabalíes y hasta los microbios.
Durante muchos años, la antropología vio a los animales como comida o como metáfora. Claude Lévi-Strauss dijo aquello de que eran “buenos para pensar”. Marvin Harris insistía en que eran “buenos para comer”. Pero el animal real, el que respira y te mira, desaparecía del análisis. Nadie se preguntaba cómo nos modificaba su sola presencia.
A finales del siglo XX Molly Mullin publicó en 1999 un artículo titulado “Espejos y ventanas” en el que los animales dejaban de ser objetos para convertirse en esos “otros” que nos permiten abrir horizontes. El empujón definitivo llegó con Donna Haraway con su icónica frase nunca fuimos humanos. No lo decía en sentido poético. Lo decía en sentido literal.
¿Dónde ocurre esta transformación? En todas partes. La casa, el refugio de animales, el matadero, el bosque, el mar. Los antropólogos llaman a estos espacios zonas de contacto en los que humanos y no humanos negocian supervivencia, afecto y poder. Siempre de forma asimétrica. Tu perro no decide si sale a la calle, pero tampoco es un mueble. Duerme en tu cama, exige paseos, se ha puesto ansioso alguna vez cuando lo dejaste solo. Ha modificado tu vida sin pedir permiso.
Los hallazgos más recientes han ido apareciendo en los últimos veinte años. El primero, que el llamado “giro animal” responde a una comprobación repetida en el trabajo de campo basado en el antropocentrismo se queda corto para explicar el mundo. El segundo es sobre los métodos tradicionales. Ya no alcanza con entrevistar personas, hay que observar al animal. Seguir sus gestos. Aprender su lenguaje. Algunos investigadores proponen una “etnografía etiológicamente informada”. Dicho de otro modo: combinar la observación cultural con lo que la biología sabe del comportamiento animal, sin reducirlo a un instinto programado.
Hay una tensión que los autores señalan y que probablemente notes. La antropología ha sido anticolonial, antirracista y antisexista. Pero rara vez ha cuestionado la opresión hacia los animales. Puede que eso esté cambiando. En Argentina, Andrea Mastrangelo ha mostrado que los derechos de la naturaleza solo tienen sentido si se basan en vínculos concretos. No en teorías universales escritas desde un despacho. En Cataluña, investigadoras como Laura Fernández o Surama Lázaro Terol están explorando cómo el bienestar animal choca con prácticas culturales arraigadas. Sin caer en el abolicionismo simplista.
Tomemos en ejemplo de las peleas de gallos en Canarias. El antropólogo Ricardo Ontillera-Sánchez ha documentado cómo los galleros cuidan a sus animales con una dedicación casi religiosa. Si alguien llegara diciendo que eso es solo maltrato, se estaría perdiendo media historia. No es que no haya sufrimiento, es que la relación resulta más compleja.
Por eso, cuando algún sector del animalismo pide prohibir las corridas de toros sin entender ese entramado social y afectivo, la etnografía responde con una perspectiva que puede incomodar a ambos lados. No para defender el sufrimiento. Sino para recordar que las relaciones entre especies no se legislan desde el escritorio, se viven y a veces duelen.
En el norte peninsular, el lobo y el oso se han convertido en sujetos políticos. Las políticas de conservación europeas, bien intencionadas, han terminado enfrentando a ganaderos con animales protegidos. Agnese Marino documentó en Asturias cómo los pastores sienten que la naturaleza ya no les pertenece. Creen que tiene más derechos que ellos y eso ha generado abandono del campo y paradójicamente, más peligro para los propios lobos.
Uno se queda con la sensación sobre si la antropología multiespecie no estará construyendo otro mito, porque quizás una armonía entre especies que nunca existió. Los animales también nos dominan y han cambiado nuestro ritmo de sueño. Nos han enfermado con sus virus. Nos han hecho llorar cuando se van. ¿No es eso también una forma de poder?
Sí llegaste hasta este punto de la nota cuéntame en los comentarios ¿Alguna vez tuviste un animal que te miraba como si te entendiera?
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Fuente: Cruzada, S. M., García-Grados, C., & González-Abrisketa, O. (2025). ¡Una antropología con animales dentro! Disparidades. Revista de Antropología, 80(1), e1083.