08/05/2026
SOBRE LA MODIFICACION DEL CALENDARIO DEL CICLO ESCOLAR 2025-2026
Hoy más que nunca debemos detenernos a reflexionar hacia dónde está caminando nuestro sistema educativo.
La reciente modificación al calendario escolar abre muchas preguntas que van mucho más allá de terminar antes el ciclo escolar.
Sí, existen regiones del país donde las altas temperaturas vuelven muy difícil trabajar en condiciones normales. En estados como Baja California, Mexicali o incluso zonas costeras sin infraestructura adecuada, el calor extremo afecta a alumnos, docentes y personal escolar. Esa realidad no puede ignorarse.
Pero también debemos preguntarnos:
¿Estamos tomando decisiones educativas de fondo o únicamente resolviendo problemas inmediatos?
Porque reducir tiempos efectivos de clase en un sistema que ya enfrenta rezago académico, dificultades en comprensión lectora, matemáticas, asistencia irregular y afectaciones emocionales después de años complejos, inevitablemente tendrá consecuencias.
La preocupación no debería centrarse únicamente en si se adelanta o no el cierre del ciclo escolar. La verdadera preocupación es qué modelo educativo estamos construyendo poco a poco.
Un sistema donde:
• constantemente se ajustan calendarios,
• se improvisan estrategias,
• se reducen tiempos de aprendizaje,
• se cargan responsabilidades a las escuelas,
• y donde pareciera que cada vez existe menos claridad sobre el rumbo educativo nacional.
Porque mientras discutimos calendarios, en muchas escuelas seguimos trabajando:
• sin aire acondicionado,
• con grupos rezagados,
• con falta de personal especializado,
• con infraestructura limitada,
• y tratando de sostener perfiles de egreso cada vez más difíciles de alcanzar en las condiciones actuales.
Pero además, desde la propia organización escolar, este tipo de decisiones tomadas a estas alturas del ciclo generan una enorme incertidumbre operativa.
Tradicionalmente, el mes de junio representa para las escuelas uno de los periodos de mayor carga administrativa:
• evaluaciones finales,
• cierres académicos,
• documentación,
• procesos internos,
• graduaciones,
• entrega de resultados,
• organización del siguiente ciclo,
• atención a padres de familia,
• y múltiples actividades ya calendarizadas.
Modificar el calendario en esta etapa obliga a acelerar procesos que ya estaban estructurados bajo otra lógica de trabajo.
Y eso inevitablemente genera:
• estrés institucional,
• desgaste del personal,
• presión sobre docentes y directivos,
• desorganización operativa,
• afectaciones en la planeación familiar,
• gastos no previstos,
• y una sensación constante de improvisación.
Todo esto también termina afectando la capacidad emocional y profesional de muchos compañeros para concentrarse plenamente en el último esfuerzo del ciclo escolar.
Las familias también resentirán estas decisiones:
eventos no contemplados, cambios repentinos, ajustes económicos y reorganización de tiempos que no estaban previstos desde el inicio del ciclo.
Pero quizá existe otra reflexión todavía más delicada.
Cada vez se vuelve más común que decisiones trascendentales para las escuelas se conozcan primero a través de medios de comunicación o redes sociales y no mediante los canales institucionales y el organigrama educativo oficialmente establecido.
Y en ese proceso también terminamos debilitando a nuestras propias autoridades educativas inmediatas.
Supervisores y directores son quienes conocen de primera mano:
• las condiciones reales de las escuelas,
• las necesidades de los alumnos,
• las dificultades operativas,
• el contexto de las familias,
• y las capacidades verdaderas de cada región.
Por eso resulta inevitable preguntarnos:
¿Estamos escuchando suficientemente a quienes sostienen todos los días el funcionamiento real de las escuelas?
Porque muchas veces pareciera que las decisiones se construyen lejos de las aulas y después simplemente deben aplicarse aceleradamente en territorios que viven realidades completamente distintas.
Probablemente muchas de estas modificaciones podrían organizarse de mejor manera si existiera una participación más amplia de las estructuras educativas cercanas a las escuelas.
No se trata de confrontar.
Se trata de reconocer que la educación funciona mejor cuando existe comunicación, planeación, liderazgo y trabajo conjunto entre todos los niveles del sistema.
Cuando un sistema educativo modifica constantemente su rumbo sobre la marcha, también proyecta vulnerabilidad institucional.
La educación no puede convertirse solamente en un tema administrativo o político.
Debemos preguntarnos con honestidad:
¿Qué queremos formar en nuestras escuelas?
¿Qué tipo de sociedad queremos construir?
¿Qué lugar ocupa realmente la educación dentro de las prioridades nacionales?
No se trata de estar en contra de un evento deportivo, del descanso o incluso de medidas excepcionales cuando el clima así lo exige.
Se trata de comprender que cada ajuste al tiempo escolar también modifica los ritmos de aprendizaje, seguimiento y consolidación educativa de miles de alumnos.
Y quizá lo más preocupante es que muchas veces las escuelas terminamos adaptándonos a todo… menos a una verdadera planeación educativa de largo plazo.
Hoy más que nunca necesitamos liderazgo educativo, organización institucional y decisiones que coloquen nuevamente al aprendizaje de nuestros alumnos en el centro de todo.