02/06/2026
En medio de todo el caos de la mudanza, hay un lugar de la casa que permanece casi intacto: mi consultorio.
Y confieso que empacar mis libros, y mis cosas personales lo he ido posponiendo un poco. No porque no quiera hacerlo.
Sino porque, en medio de cajas, libreros vacíos y espacios desarmados, necesito conservar al menos un rincón donde todavía exista cierto orden.
Tal vez sea una forma de recordarme que esto es temporal.
Que aunque la casa esté cambiando, mi trabajo, mi vocación y mi misión continúan.
Porque mientras empacamos, la vida sigue.
Mis pacientes siguen llegando. Las consultas continúan.
Los talleres en línea siguen adelante.
Las lecturas, los proyectos y las conversaciones importantes no se han detenido. Y por eso mi consultorio permanece en pie, resistiendo hasta el último momento. Es el corazón de todo mi proyecto.
Ahora que lo pienso, siempre ha sido así.
Desde que empecé a trabajar, aun cuando formaba parte de alguna institución, siempre tuve mi propio consultorio.
Y siempre fue mucho más que un espacio de trabajo. Fue mi refugio. El lugar donde recordaba y reafirmaba por qué quería ser psicóloga.
El lugar que me exigía ser mejor, estudiar más, prepararme más y nunca conformarme.
Porque trabajar dentro de una institución tiene muchas limitaciones.
A veces la duración de las sesiones, la línea de tratamiento e incluso la forma de intervenir están determinadas por la propia institución.
Recuerdo que muchas veces me frustraba tener apenas treinta minutos o incluso menos para atender situaciones humanas complejas que requerían tiempo, profundidad y escucha.
En cambio, los pacientes que llegam a mi consulta privada siempre me exigen estar a la vanguardia, actualizarme constantemente y asumir una responsabilidad profesional mucho mayor. Y a veces mis sesiones duran más de una hora.
Y eso, aunque demandante, me ayudó a crecer y a encontrar mi propia identidad profesional, que en psicología y filosofía es esencial.
Por eso hoy entiendo que mi consultorio nunca fue solamente un lugar físico. Fue también un símbolo de libertad.
El espacio donde podía ejercer mi profesión con autenticidad, de acuerdo con mis convicciones y con la profundidad que siempre he creído que merece el alma humana.
A veces pienso que este pequeño espacio representa mucho más que un escritorio y unos libros.
Representa aquello que permanece cuando todo lo demás se mueve.
También sé que cuando lleguemos a la nueva casa comenzará otra etapa.
Habrá que adaptar espacios, hacer algunos arreglos y volver a construir poco a poco nuestro hogar.
Las lluvias de estos días han dificultado avanzar en algunas de las adecuaciones que están haciendo, así que intento ejercitar una virtud que nunca ha sido mi favorita: la paciencia.
Por ahora sigo entre dos mundos. Empacando y trabajando.
Despidiéndome y construyendo. Con nostalgia, sí.
Pero también con la esperanza de que todo irá encontrando su lugar.
Como siempre ocurre cuando uno sigue avanzando, aunque todavía no pueda ver con claridad el final del camino.
Y sé que cuando finalmente empiece a guardar los libros de este consultorio, no estaré cerrando una etapa.
Simplemente estaré llevando conmigo, una vez más, ese refugio que me ha acompañado durante toda mi vida profesional. 🤍