Tradiciones de Irapuato

Tradiciones de Irapuato Irapuato, Guanajuato En sus alrededores abundan fértiles tierras de cultivo, y extensas huertas que cubren gran parte de su término.

Se alza al pie del cerro de Arandas, con calles estrechas y con un trazo urbano de «plato roto» que definen su urbanismo en el centro histórico, ensanchándose hacia las zonas más contemporáneas y amplias de los nuevos barrios y bulevares. Rodeado en gran parte hacia el sur por el gran valle que forma el Bajío y el río Guanajuato y al norte se abre el río Silao, que pasa a muy corta distancia de la

ciudad y algunas estribaciones de las sierras de Penjamo y Guanajuato. La ciudad esta llena de tradiciones y leyendas y... muchisimos recuerdos que aqui compartiremos.

Expo Fresas IrapuatoLa historia de la Feria de Irapuato comenzó mucho antes de que existieran los juegos mecánicos gigan...
29/05/2026

Expo Fresas Irapuato

La historia de la Feria de Irapuato comenzó mucho antes de que existieran los juegos mecánicos gigantes, los conciertos multitudinarios o las interminables filas para entrar al palenque. Desde tiempos virreinales, la ciudad ya tenía fama de ser un punto de reunión comercial importante en la región.

A finales del siglo XVII, la Corona Española autorizó oficialmente a Irapuato para realizar encuentros comerciales periódicos. Aquellas reuniones eran algo parecido a grandes mercados donde productores, comerciantes y viajeros llegaban desde distintos pueblos para vender mercancías, intercambiar productos y convivir. Para 1731, esos encuentros ya se realizaban dos veces al año y duraban varios días. Durante esas jornadas, las calles se llenaban de animales, carretas, aromas de comida y personas negociando bajo el sol del Bajío.

Con el paso del tiempo, la tradición comenzó a crecer.

En 1864 ocurrió un episodio que muchos consideran decisivo para el futuro de la feria. Durante la visita del emperador Maximiliano I de México a Irapuato, quedó impresionado por el ambiente festivo de la ciudad y ordenó que aquellas celebraciones se organizaran de manera más formal. Para lograrlo, se creó un grupo de vecinos responsables de coordinar el evento. Aquello transformó una fiesta popular en algo mucho más estructurado y ambicioso.

Años después, en 1894, Irapuato estrenó oficialmente su categoría de ciudad y decidió celebrarlo con una gran feria realizada en la Calzada de Guadalupe. El ambiente debió ser espectacular para aquella época. Familias enteras acudían vestidas elegantemente mientras músicos amenizaban las noches y comerciantes ofrecían productos llegados de distintas regiones.

El cambio de siglo trajo otro momento memorable.

En el año 1900, la feria se retrasó hasta febrero porque la ciudad preparaba un acontecimiento extraordinario: el estreno del alumbrado eléctrico. Aquella noche debió sentirse casi mágica. Las personas observaban maravilladas cómo las nuevas lámparas iluminaban calles y edificios que durante siglos sólo habían conocido la luz de velas y faroles. La feria terminó convertida en una celebración doble: la tradición popular y la llegada de la modernidad.

Durante las primeras décadas del siglo XX, la feria siguió realizándose en distintos puntos de la ciudad. Algunas veces ocupaba espacios cercanos a la alcaldía y otras se extendía sobre la Calzada de los Insurgentes. Sin embargo, la Revolución Mexicana alteró temporalmente la tranquilidad de Irapuato. El constante paso de tropas convirtió a la ciudad en un sitio estratégico, y por algunos años las celebraciones perdieron continuidad.

Pero Irapuato siempre encontraba la manera de volver a celebrar.

En 1947 llegó uno de los momentos más importantes de toda esta historia. La ciudad cumplía 400 años de fundada y decidió organizar un festejo a la altura de la ocasión. Así nació oficialmente la primera Feria de las Fresas.

La protagonista absoluta era aquella aromática fruta roja que comenzaba a darle prestigio internacional a Irapuato. Los visitantes podían admirar exhibiciones agrícolas, disfrutar eventos artísticos y recorrer espacios llenos de música y color. Para muchos habitantes fue la primera vez que sintieron que su ciudad podía competir con las grandes ferias del país.

En los años siguientes, el evento comenzó a crecer con rapidez.

En 1963 la feria dio un enorme salto. Fue inaugurada por el gobernador Juan José Torres Landa y se instaló en terrenos de Jardines de Irapuato. Aquella edición sorprendió por sus enormes exhibiciones industriales y comerciales. Los visitantes recorrían pabellones llenos de maquinaria, automóviles y tecnología que parecía salida del futuro.

Para los niños de esa época, asistir era una aventura inolvidable. Muchos corrían fascinados mirando motores relucientes, luces de colores y aparatos extraños que jamás habían visto. Mientras tanto, los adultos caminaban orgullosos viendo cómo la ciudad mostraba señales de progreso.

Ese mismo año fue coronada María Elena Cázares como reina de la feria, una tradición que daba glamour y elegancia al evento.

Tres años después, en 1966, la feria alcanzó una dimensión internacional. Delegaciones de Japón, Estados Unidos y España instalaron exhibiciones culturales e industriales. Para los irapuatenses de aquellos años, entrar a esos pabellones era como viajar al extranjero sin salir de la ciudad. Había objetos curiosos, tecnología avanzada y expresiones artísticas que despertaban la imaginación de quienes recorrían la feria.

Sin embargo, el capítulo más emocionante estaba por comenzar.

A principios de los años setenta, la feria todavía dependía de terrenos prestados y estructuras improvisadas. Muchos soñaban con darle a Irapuato un recinto digno y permanente, pero parecía una meta demasiado grande.

Todo comenzó una tarde de noviembre de 1971, cuando el entonces alcalde Fernando Díaz Durán convocó a Sebastián Martínez Castro para pedirle que encabezara el comité organizador de la feria. Lo que parecía una reunión formal terminó convirtiéndose en una escena casi cinematográfica.

Al día siguiente, el alcalde llegó dispuesto a desayunar tranquilamente, pero se encontró con arquitectos, planos y cálculos sobre la mesa. Escuchaba proyectos y propuestas para construir instalaciones permanentes. Entre bromas, café y discusiones técnicas, comenzó a tomar forma el sueño de la Expo Fresas.

Aquellos hombres trabajaron con entusiasmo casi obsesivo. Diseñaron estructuras, organizaron áreas y convencieron a ciudadanos de colaborar. Las primeras instalaciones levantadas cerca del monumento a Benito Juárez sirvieron incluso como refugio para miles de personas afectadas por la terrible inundación de 1973.

Pero el verdadero desafío llegó poco después.

Los dueños de los terrenos donde se realizaba la feria anunciaron que ya no podrían seguir prestándolos. Entonces nació el Patronato Pro Construcción del Parque Hidalgo, decidido a crear un espacio definitivo para la exposición.

En enero de 1975 comenzó una carrera desesperada contra el reloj.

Se compraron doce hectáreas y las obras arrancaron inmediatamente. El dinero apenas alcanzaba y las dudas crecían. Mientras algunos apoyaban el proyecto, otros apostaban abiertamente a que fracasaría.

Las escenas de aquellos días parecían sacadas de una película. Obreros trabajando hasta entrada la noche. Organizadores recorriendo el país vendiendo espacios que todavía no existían físicamente. Visitantes curiosos acercándose sólo para ver si realmente terminarían a tiempo.

Hubo incluso soluciones improvisadas que hoy provocan sonrisas. Para crear jardines decorativos se utilizó aserrín pintado de verde, simulando césped. Todo era ingenio, esfuerzo y esperanza.

Y entonces llegó la gran noche.

El 2 de marzo de 1975 fue inaugurada oficialmente la Expo Fresas.

Miles de personas acudieron emocionadas. El cielo se llenó de fuegos artificiales mientras la banda municipal interpretaba canciones que despertaban orgullo y emoción entre los asistentes. La nueva feria brillaba como nunca antes.

La gente caminaba fascinada entre pabellones, puestos y atracciones. Los niños corrían desesperados queriendo subir primero a los juegos mecánicos. Muchos admiraban las maquetas simulando una ciudad en movimiento, con trenes circulando y la iluminación de esa escena en miniatura. Los jóvenes aprovechaban la multitud para coquetear discretamente mientras compartían algodones de azúcar o bolsas de cacahuates. Los adultos observaban maravillados cómo un sueño que parecía imposible finalmente se había vuelto realidad.

Con los años, la Expo Fresas siguió creciendo hasta convertirse en una de las celebraciones más importantes del Bajío.

Pero quizá lo más simbólico quedó oculto bajo tierra.

En algún punto de los cimientos del recinto permanece enterrado un cilindro metálico sellado. Dentro descansan nombres, firmas y recuerdos de quienes hicieron posible aquella obra. Como un mensaje escondido para el futuro, esperando recordarle a nuevas generaciones que la feria no nació solamente de dinero o construcciones, sino del entusiasmo colectivo de una ciudad entera que decidió soñar en grande.

El Gallo del Bajio.En el viejo corazón de Irapuato existió un negocio que terminó convertido en leyenda popular: “El Gal...
29/05/2026

El Gallo del Bajio.

En el viejo corazón de Irapuato existió un negocio que terminó convertido en leyenda popular: “El Gallo del Bajío”.

Muchos no recuerdan exactamente cuándo abrió sus puertas. Un día ya estaba ahí, dominando la esquina de Guerrero y Terán con su movimiento constante, sus anuncios llamativos y el ir y venir de familias enteras empujando carritos metálicos entre pasillos llenos de mercancía.

Durante los años sesenta, el centro de Irapuato vivía una época vibrante. Las tiendas permanecían abiertas hasta entrada la noche, los boleros trabajaban bajo los portales y los comerciantes se saludaban por nombre. En medio de aquel bullicio apareció El Gallo del Bajío, una tienda que rápidamente se ganó la simpatía de la gente humilde y de las familias numerosas.

Su frase publicitaria terminó grabada en la memoria colectiva:

“Donde más barato dan”.

Y no era exageración. Ahí podía encontrarse de todo: latería, vinos, artículos para el hogar, productos difíciles de conseguir y mercancía acomodada en enormes estanterías que parecían interminables para los niños que acompañaban a sus padres.

Detrás del negocio estaba la familia Padilla. Décadas más tarde, Juan Antonio Padilla Rivera compartiría uno de los relatos más conmovedores sobre aquellos días que marcaron para siempre la historia de la ciudad.

En agosto de 1973, Juan Antonio tenía apenas 17 años.

El sábado 18 de agosto había viajado a Guanajuato capital para presentar su examen de admisión a la carrera de Arquitectura. Era un joven que soñaba con construir edificios, sin imaginar que al regresar encontraría una ciudad derrumbándose ante sus ojos.

Cuando el camión llegó a Irapuato aquella mañana, algo se sentía distinto.

Había silencio.

Un silencio raro.

El cielo parecía pesado y el ambiente tenía esa tensión que antecede a las tragedias. Al llegar a su casa, en la colonia La Moderna, su madre lo abrazó con fuerza. Junto con un hombre que ayudaba en las labores domésticas comenzaron a subir muebles, cajas y todo lo que pudieron hacia el segundo piso.

Juan Antonio recordaría años después que constantemente salía a la calle a observar el nivel del agua. Decía que sentía el mismo miedo que aparece en las películas de desastre, como si en cualquier momento fuera a formarse una gigantesca ola llevándose todo a su paso.

Al principio no veía gran cosa.

Luego empezó a entrar el agua.

Después ya no se detuvo.

Dentro de su casa el nivel alcanzó cerca de un metro setenta. Aquella noche observó pasar árboles arrancados, neumáticos, animales mu***os y objetos flotando sin rumbo en medio de la corriente. En algún momento vio también a tres personas luchando contra el agua y ayudó a subirlas a la azotea de su vivienda.

La ciudad entera parecía haberse convertido en un río oscuro.

Al día siguiente, sin permiso de su madre, salió a recorrer las calles. Quería saber qué había ocurrido con el centro, con sus familiares y con el negocio de su padre. Caminó desde La Moderna hacia Guerrero entre lodo, silencio y vecinos tratando de entender la magnitud de la desgracia.

Recordaba que entre la noche del domingo y la madrugada del lunes el agua comenzó finalmente a descender un poco. Aun así, las calles seguían cubiertas por charcos espesos y residuos.

Fue entonces cuando acompañó a su padre rumbo a El Gallo del Bajío.

La escena quedó grabada para siempre en su memoria.

Mientras avanzaban por la calle Guerrero, cientos de personas salían de sus casas para conversar con los vecinos y revisar daños.

El miedo seguía vivo en cada persona.

Cuando finalmente llegaron a la esquina de Guerrero y Terán encontraron frente a sus ojos la devastación absoluta.

La presión de la corriente había vencido la cortina metálica del negocio. El interior estaba destruido. Los anaqueles yacían tirados sobre el piso. Había botellas quebradas, mercancía podrida y una espesa capa de lodo cubriéndolo todo.

Y todavía faltaba descubrir algo peor.

Con el descenso del agua hubieron saqueos. Entre varios desprendieron por completo la cortina del local y entraron al establecimiento. Los carritos de supermercado salieron llenos de latería y mercancía mientras la ciudad aún seguía paralizada por la tragedia.

Juan Antonio jamás olvidó aquella imagen. Carritos avanzando entre el lodo. Personas llevándose lo poco que había sobrevivido.

El negocio que durante años abasteció a cientos de familias irapuatenses estaba condenado.

Después vinieron los días más duros: limpiar, recoger escombros, sacar botellas rotas y retirar capas interminables de tierra húmeda. Pero ya no había nada que rescatar.

La inundación no solamente destruyó paredes y mercancía; también apagó una parte del antiguo Irapuato.

El Gallo del Bajío nunca volvió a abrir.

Con el tiempo la ciudad cambió. Aparecieron nuevos comercios, nuevas avenidas y nuevos edificios. Sin embargo, entre quienes vivieron aquella época, el nombre del negocio sigue despertando recuerdos profundos: las compras de fin de semana, el sonido de los carritos sobre el piso, las voces de los empleados acomodando cajas y la sensación de entrar a una tienda que parecía gigantesca cuando uno era niño.

Hoy, más de medio siglo después, El Gallo del Bajío permanece vivo solamente en la memoria de quienes alcanzaron a caminar por sus pasillos.

Aún hoy, muchos escuchan aquella frase y se les humedecen los ojos:

“Donde más barato dan”.

Tienda BLANCO.--------En los años del tranquilo Irapuato cuando se escuchaba el tren llegar, los silbatos de algunas ind...
26/05/2026

Tienda BLANCO.

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En los años del tranquilo Irapuato cuando se escuchaba el tren llegar, los silbatos de algunas industrias y las campanadas de diversas iglesias llamando a misa, hubo un edificio que parecía gigantesco para los ojos de cualquier niño: la Tienda Blanco.

Su nombre brillaba sobre la avenida Guerrero como una promesa de modernidad. Mucho antes de las plazas comerciales y los supermercados inmensos, aquella tienda perteneciente a la cadena nacional Almacenes Blanco se convirtió en uno de los corazones comerciales más vivos de la ciudad. Para miles de familias, ir “a la Blanco” no era simplemente hacer compras; era salir a pasear, estrenar ropa, mirar juguetes y sentir que Irapuato avanzaba hacia una nueva época.

Iniciando operaciones un 12 de diciembre de 1970, el edificio comenzó a formar parte del paisaje cotidiano. Su fachada amplia, sus enormes vitrinas y los anuncios luminosos podían verse desde varias cuadras. Por las noches, cuando las luces se encendían, parecía un edificio sacado de otra ciudad más grande. Entrar ahí era distinto a la experiencia de cualquier otra tienda tradicional.

Las puertas se abrían y aparecía un mundo completo: ropa acomodada por departamentos, perfumes, telas, electrodomésticos, zapatos, regalos y artículos que muchas personas veían por primera vez. Había empleados uniformados que caminaban entre los mostradores ayudando a los clientes, cajeras que trabajaron ahí durante décadas y familias enteras que acudían cada quincena a recorrer los pasillos aunque no siempre compraran algo.

Pero para muchos niños, la verdadera aventura comenzaba al mirar hacia el sótano.

Se podía acceder por una escalera amplia o por una larga rampa curva que descendía lentamente hacia la parte inferior del edificio. Ese detalle quedó grabado en la memoria de generaciones enteras. Mientras los adultos caminaban con calma, los niños bajaban emocionados imaginando que entraban a otro mundo.

Abajo se encontraba el estacionamiento, algo todavía poco común en aquellos años en el centro de Irapuato. Pero durante ciertas temporadas, especialmente en diciembre, aquella zona también se transformaba en un enorme espacio cercado lleno de juguetes. Bicicletas, muñecas, pistas de carros, pelotas y cajas coloridas aparecían acomodadas por filas. Para muchos pequeños irapuatenses, aquel sótano fue el lugar donde conocieron sus primeros juguetes soñados.

Había quienes pasaban horas mirando lo que jamás podrían comprar. Otros salían abrazando una caja enorme como si llevaran el tesoro más importante del mundo. Y estaban también los padres que, aunque el dinero apenas alcanzara, hacían el esfuerzo por regalar algo a sus hijos en Navidad.

Con el paso de los años, Blanco se convirtió en un punto de encuentro. Agricultores llegaban desde comunidades cercanas para hacer compras en la ciudad; familias completas desde Salamanca, Abasolo o Pueblo Nuevo; muchachas iban a buscar vestidos para graduaciones; parejas jóvenes apartaban regalos; y muchos irapuatenses estrenaron ahí la ropa de bodas, bautizos o fiestas importantes.

Luego llegó agosto de 1973.

La lluvia transformó a Irapuato en una ciudad herida. El agua avanzó con furia por las calles y alcanzó la zona comercial. Dentro de Blanco, empleados y clientes intentaban salvar mercancía mientras el nivel seguía subiendo, cubriendo a tope el sótano y superando a casi dos metros sobre el nivel de calle. Los aparadores, antes llenos de luz y movimiento, quedaron cubiertos por lodo y destrucción.

Después de la inundación comenzaron a surgir historias que todavía sobreviven en la memoria popular. Relatos de personas atrapadas, mercancía flotando entre los pasillos y ecos extraños dentro del edificio vacío. Algunas versiones crecieron tanto con los años que terminaron convirtiéndose en leyendas urbanas.

Aunque la tienda logró continuar operando, algo había cambiado para siempre.

Durante los años ochenta, Irapuato comenzó a transformarse. Llegaron nuevas cadenas, supermercados modernos y plazas comerciales. Las familias dejaron poco a poco de caminar por avenida Guerrero como antes. La ciudad empezó a crecer hacia otros rumbos y aquellos grandes almacenes tradicionales comenzaron a quedarse atrapados en otra época.

El viejo edificio de Blanco resistió todavía algunos años más. Sus vitrinas siguieron encendiéndose cada diciembre, pero ya no con el mismo brillo de antes. Poco a poco el movimiento disminuyó, los departamentos se redujeron y aquella sensación de grandeza empezó a desvanecerse.

Cuando finalmente cerró, no desapareció solamente una tienda. Se apagó una parte de la memoria de Irapuato.

Todavía hoy, muchos habitantes mayores recuerdan perfectamente el sonido de los zapatos sobre sus pisos, el olor a ropa nueva, las tardes viendo juguetes en el sótano y aquella rampa interminable por donde descendían tomados de la mano de sus padres.

Y aunque el tiempo cambió la ciudad, para muchos irapuatenses siempre quedará intacta esa imagen: las luces de Blanco iluminando avenida Guerrero mientras el centro todavía parecía eterno.

Hotel Oricer.--------------En aquellos años en que el centro de Irapuato olía a café hervido y se llenaba del murmullo d...
23/05/2026

Hotel Oricer.

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En aquellos años en que el centro de Irapuato olía a café hervido y se llenaba del murmullo de la gente bajo los portales, comenzó a levantarse una construcción que parecía llegada desde una ciudad mucho más grande. Mientras la mayoría de las fincas apenas alcanzaban un par de niveles, aquella enorme mole de concreto empezó a elevarse hacia el cielo en Guerrero, frente a Justo Sierra, robándose las miradas de todos los que cruzaban por el corazón de la ciudad.

Antes de que existiera aquel edificio, el terreno formaba parte de la vieja vida comercial del centro. Aunque no quedaron archivos claros que indiquen exactamente qué había ahí, todo apunta a que en esa esquina se levantaban antiguas casonas y comercios tradicionales, como tantos que ocupaban el primer cuadro de Irapuato durante mediados del siglo pasado. Eran tiempos en que la ciudad comenzaba a transformarse rápidamente: el auge agrícola llenaba las calles de dinero, comerciantes y visitantes, y poco a poco el viejo centro empezó a modernizarse.

Fue entonces cuando apareció el Hotel Oricer.

No existe certeza sobre el año exacto en que abrió sus puertas. Los documentos públicos prácticamente desaparecieron con el tiempo, y con Don Agustín Origel Cerda, quien falleció hace unos 10 años, quedó también en silencio la historia.

Pero la memoria de los irapuatenses todavía alcanza a situar su nacimiento entre finales de los años sesenta y principios de los setenta.

Para muchos habitantes, verlo terminado era contemplar el futuro.

Tenía elevador, algo impresionante para aquella época, varios pisos que dominaban el paisaje urbano y un movimiento constante de viajeros entrando y saliendo a todas horas. Sus ventanales reflejaban las luces del centro mientras en recepción se mezclaban comerciantes, familias, músicos, representantes artísticos y visitantes que llegaban atraídos por la creciente importancia de Irapuato.

Por las noches, el hotel parecía convertirse en un pequeño mundo propio.

Los botones corrían cargando equipaje. Las camaristas acomodaban habitaciones sin descanso. El restaurante y el bar recibían conversaciones interminables entre empresarios, artistas y viajeros cansados de carretera. Afuera, los taxis esperaban clientes mientras curiosos se detenían frente a la entrada principal tratando de descubrir quién había llegado esa noche.

Durante los años setenta y ochenta, el Oricer alcanzó fama de ser uno de los hospedajes más distinguidos de la ciudad. Quien se alojaba ahí sentía que estaba en el sitio importante de Irapuato.

Las temporadas de feria llenaban el inmueble de movimiento. La música regional, los bailes populares y los espectáculos atraían figuras conocidas de todo el país, y con el tiempo comenzaron a surgir historias que aún sobreviven en la memoria colectiva.

Se dice que por la recepción pasaron artistas como Rocío Dúrcal, Juan Gabriel y Vicente Fernández. Algunos recuerdan haber visto camionetas estacionadas afuera rodeadas de admiradores; otros aseguran haber observado discretamente a músicos entrando apresurados mientras empleados del hotel mantenían el orden entre la multitud curiosa.

El Oricer vivía sus años de gloria.

Pero el tiempo jamás perdona a las ciudades.

Con los años comenzaron a surgir hoteles más modernos en otras zonas. El centro histórico perdió parte de la vida nocturna que alguna vez lo hizo vibrar, y el enorme edificio empezó lentamente a resentir el desgaste.

Entonces ocurrió el hecho que marcaría su destino para siempre: un incendio.

No se ha logrado precisar públicamente la fecha exacta del siniestro. Algunos habitantes aseguran que ocurrió a finales de la década de los noventa. Un directorio telefónico encontrado en el lugar atestigua a seguir activo en 1995. Lo único en que coinciden los relatos es que el fuego dañó gravemente el inmueble y aceleró el final de una época.

Después de aquello, el hotel nunca volvió a ser el mismo.

Las ventanas comenzaron a romperse. La humedad descendió por las paredes. Los pisos altos quedaron silenciosos y vacíos. El elevador dejó de escucharse. Donde antes había huéspedes, música y conversaciones, comenzaron a acumularse polvo, abandono y oscuridad.

Poco a poco el antiguo símbolo de elegancia terminó convertido en una enorme estructura fantasmal observando el centro de la ciudad.

Y como ocurre con los lugares abandonados, comenzaron a nacer las leyendas.

Algunos aseguraban escuchar ruidos extraños durante la madrugada. Otros hablaban de sombras asomándose por las ventanas superiores. Hubo jóvenes que entraban clandestinamente buscando aventuras entre habitaciones destruidas y pasillos cubiertos de escombro. El viejo hotel dejó de inspirar lujo para convertirse en uno de los sitios más misteriosos y comentados de Irapuato.

Sin embargo, para quienes alcanzaron a conocerlo en sus mejores tiempos, el Oricer sigue vivo en la memoria.

Todavía hay quienes recuerdan las luces encendidas en cada piso, el ir y venir de maletas, el bullicio de recepción y aquella sensación de modernidad que el edificio transmitía en pleno centro histórico.

Hoy permanece silencioso, envejecido y herido por el tiempo, pero sigue mirando la ciudad desde la misma esquina donde durante décadas fue testigo de encuentros, secretos, canciones, desvelos y despedidas.

Como un gigante cansado que se niega a desaparecer por completo del recuerdo de Irapuato.

Tortas Tortencio-----------------En 1966 apareció una pequeña caseta donde el aroma del pan caliente empezó a flotar en ...
18/05/2026

Tortas Tortencio

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En 1966 apareció una pequeña caseta donde el aroma del pan caliente empezó a flotar en la ciudad. Ahí, Don Fidencio Sánchez acomodó una plancha, unos recipientes con chiles curtidos, las teleras, la pierna, el jamón, los vegetales y una receta que con el tiempo se volvería parte de la memoria colectiva de los irapuatenses.

Al principio eran pocas tortas, hechas al momento, con el pan abierto a mano y rellenos de pierna suave, jugosa, recién calentada. El queso comenzaba a derretirse apenas tocaba la carne caliente, mientras el jitomate fresco, la cebolla y los chiles en vinagre terminaban de despertar el apetito de cualquiera que pasara cerca.

El olor se quedaba suspendido en el aire y terminaba atrayendo estudiantes, enfermeros, obreros y curiosos que preguntaban qué era aquello que olía tan bien.

Don Fidencio tenía facilidad para conversar. Era bromista, rápido para responder y siempre encontraba manera de hacer reír a quienes esperaban su turno. Los muchachos de preparatoria comenzaron a frecuentar tanto el lugar que terminaron bautizándolo con un apodo que ya nunca se le despegaría: “Tortencio”. Y así, casi sin darse cuenta, la gente dejó de decir “vamos con Fidencio” para empezar a decir simplemente:

—Vamos con Tortencio.

Con los años, alrededor del puesto se llenaba de vida. Después de los bailes, de los partidos o de las salidas del cine, decenas de personas terminaban frente al mostrador esperando una torta humeante. El pan dorado tronaba al primer mordisco; la pierna soltaba su jugo mezclado con el queso derretido; los chiles picaban apenas lo suficiente para obligar a darle otro trago al refresco antes de volver a morder.

Pero en 1973 llegó la tragedia que marcó para siempre a Irapuato. Las lluvias crecieron hasta convertir las calles en corrientes violentas. El agua avanzó llevándose casas, recuerdos y negocios enteros. La ciudad quedó cubierta de lodo y silencio. Entre lo perdido también estaba el pequeño negocio de Tortencio.

Muchos habrían abandonado todo después de aquello. Don Fidencio no.

Cuando el agua bajó y la ciudad comenzó lentamente a levantarse, él volvió a encender la plancha. Reacomodó mesas, consiguió pan, preparó nuevamente la pierna y empezó otra vez desde cero. Primero cerca del estadio, después frente al Salón Roma y finalmente, años más tarde, junto a las vías del tren sobre Avenida Reforma.

Ahí fue donde la leyenda terminó de cocinarse.

Las tardes alrededor del local tenían algo especial. Mientras el tren hacía vibrar el suelo al pasar, el olor de la carne caliente se mezclaba con el v***r del queso fundido y el picante delicioso de los chiles en vinagre. Desde varios metros antes ya se antojaba. Muchos ni siquiera necesitaban ver el letrero; seguían el aroma.

Los estudiantes llegaban en bola, los trabajadores cenaban antes de regresar a casa y no faltaban quienes, después de una fiesta, aparecían de madrugada buscando la famosa torta de pierna con queso que parecía curar el hambre y cansancio.

El tiempo siguió pasando, pero Tortencio permaneció. Cambiaron generaciones, autos, modas y calles. Sin embargo, las familias continuaron llegando. Primero iban los padres; después llevaban a los hijos; luego aparecían los nietos. Muchos irapuatenses que emigraron regresaban a la ciudad y antes de visitar cualquier otro lugar hacían una parada obligada por una torta de pierna.

Porque no era solamente comida.

Era el sonido del cuchillo golpeando la plancha.
El aroma del pan recién calentado.
El chile escurriendo sobre el papel.
La conversación entre clientes.
El humo subiendo hacia la noche.
Y ese sabor que parecía quedarse pegado para siempre en la memoria.

En marzo de 2025, Don Fidencio Sánchez falleció. La noticia recorrió Irapuato como recorren los recuerdos importantes: de boca en boca. Muchos no hablaron solamente de unas tortas; hablaron de una parte de su juventud, de las madrugadas después del baile, de las pláticas junto al mostrador y de aquel hombre sonriente que siempre tenía una broma lista mientras preparaba otra orden de pierna con queso.

Pero aun después de su partida, el aroma sigue vivo.

La plancha continua encendiéndose.
El pan sigue crujiendo.
Las tortas continuaron llegando a las manos de nuevas generaciones.

Porque Tortencio sobrevivió a la inundación, mudanzas y décadas enteras, convirtiéndose en algo más profundo que un negocio: un pedazo del Irapuato antiguo que todavía puede probarse a mordidas.

Bar Jardín Corona-------------------Desde finales de los años sesenta, cuando Irapuato aún crecía con el ritmo de una ci...
18/05/2026

Bar Jardín Corona

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Desde finales de los años sesenta, cuando Irapuato aún crecía con el ritmo de una ciudad de provincia, un local modesto abrió sus puertas en la calle José María Iglesias. Allí nació el Bar Jardín Corona de la mano de Toribio Rivera, fundador del lugar. Desde ese primer día quedó claro que sería un refugio exclusivamente para hombres. Más de 55 años después, el negocio sigue siendo propiedad de la familia Rivera. Tras Toribio, su hijo Alejandro tomó las riendas, y hasta hoy la familia mantiene la propiedad, aunque desde hace casi dos décadas el encargado operativo es Aurelio Aguilera López.

La gran inundación de 1973 puso a prueba su temple. Mientras el agua cubría gran parte de la ciudad, el local resistió y los parroquianos vivieron el momento a su manera. Aquel episodio, junto con décadas de crisis, cambios sociales y una mudanza en 2014 hacia Hidalgo 117, no lograron acabar con él. En el nuevo domicilio reconstruyeron el espíritu original, conservando mesas y bancos antiguos para que los clientes sintieran que nada había cambiado.

Lo que ha mantenido vivo al Jardín Corona durante todo este tiempo es la combinación imbatible de cerveza y botana generosa. Apenas entras, el tarro helado llega rápido a la mesa. La cerveza de barril, servida en esas copas grandes conocidas como “Chabelas”, llega tan fría que empaña el vidrio y conserva su carácter hasta el final. Una o dos rondas bastan para entonarse y abrir la conversación.

Pero lo que convierte cada visita en algo memorable es la botana. Aquí no escatiman: con cada cerveza llegan platillos sustanciosos como caldos calientes de albóndiga, espinazo o pata, guacamole fresco, tostadas crujientes, cueritos en salsa, chicharrón en chile verde o rojo, rajas con queso y otras especialidades que varían según el día. Muchos clientes salen de allí más que satisfechos, como si hubieran comido en un buen restaurante, solo que con el ambiente relajado y varonil de una cantina auténtica.

A lo largo de más de cinco décadas, el Jardín Corona ha recibido a todo tipo de irapuatenses: ingenieros, albañiles, comerciantes, licenciados y políticos locales, conviviendo bajo el mismo techo.

Ha sido punto de encuentro de la gente común y corriente de la ciudad, e incluso sirvió como locación para la película “La Serpiente” en 1991. Ha sobrevivido inundaciones, mudanzas y el paso del tiempo sin perder su esencia. Hoy sigue siendo ese rincón donde el reloj parece andar más lento, donde la cerveza mantiene su temple y donde la botana llega a la mesa como lo ha hecho desde el primer día: abundante y casera.

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