29/05/2026
Expo Fresas Irapuato
La historia de la Feria de Irapuato comenzó mucho antes de que existieran los juegos mecánicos gigantes, los conciertos multitudinarios o las interminables filas para entrar al palenque. Desde tiempos virreinales, la ciudad ya tenía fama de ser un punto de reunión comercial importante en la región.
A finales del siglo XVII, la Corona Española autorizó oficialmente a Irapuato para realizar encuentros comerciales periódicos. Aquellas reuniones eran algo parecido a grandes mercados donde productores, comerciantes y viajeros llegaban desde distintos pueblos para vender mercancías, intercambiar productos y convivir. Para 1731, esos encuentros ya se realizaban dos veces al año y duraban varios días. Durante esas jornadas, las calles se llenaban de animales, carretas, aromas de comida y personas negociando bajo el sol del Bajío.
Con el paso del tiempo, la tradición comenzó a crecer.
En 1864 ocurrió un episodio que muchos consideran decisivo para el futuro de la feria. Durante la visita del emperador Maximiliano I de México a Irapuato, quedó impresionado por el ambiente festivo de la ciudad y ordenó que aquellas celebraciones se organizaran de manera más formal. Para lograrlo, se creó un grupo de vecinos responsables de coordinar el evento. Aquello transformó una fiesta popular en algo mucho más estructurado y ambicioso.
Años después, en 1894, Irapuato estrenó oficialmente su categoría de ciudad y decidió celebrarlo con una gran feria realizada en la Calzada de Guadalupe. El ambiente debió ser espectacular para aquella época. Familias enteras acudían vestidas elegantemente mientras músicos amenizaban las noches y comerciantes ofrecían productos llegados de distintas regiones.
El cambio de siglo trajo otro momento memorable.
En el año 1900, la feria se retrasó hasta febrero porque la ciudad preparaba un acontecimiento extraordinario: el estreno del alumbrado eléctrico. Aquella noche debió sentirse casi mágica. Las personas observaban maravilladas cómo las nuevas lámparas iluminaban calles y edificios que durante siglos sólo habían conocido la luz de velas y faroles. La feria terminó convertida en una celebración doble: la tradición popular y la llegada de la modernidad.
Durante las primeras décadas del siglo XX, la feria siguió realizándose en distintos puntos de la ciudad. Algunas veces ocupaba espacios cercanos a la alcaldía y otras se extendía sobre la Calzada de los Insurgentes. Sin embargo, la Revolución Mexicana alteró temporalmente la tranquilidad de Irapuato. El constante paso de tropas convirtió a la ciudad en un sitio estratégico, y por algunos años las celebraciones perdieron continuidad.
Pero Irapuato siempre encontraba la manera de volver a celebrar.
En 1947 llegó uno de los momentos más importantes de toda esta historia. La ciudad cumplía 400 años de fundada y decidió organizar un festejo a la altura de la ocasión. Así nació oficialmente la primera Feria de las Fresas.
La protagonista absoluta era aquella aromática fruta roja que comenzaba a darle prestigio internacional a Irapuato. Los visitantes podían admirar exhibiciones agrícolas, disfrutar eventos artísticos y recorrer espacios llenos de música y color. Para muchos habitantes fue la primera vez que sintieron que su ciudad podía competir con las grandes ferias del país.
En los años siguientes, el evento comenzó a crecer con rapidez.
En 1963 la feria dio un enorme salto. Fue inaugurada por el gobernador Juan José Torres Landa y se instaló en terrenos de Jardines de Irapuato. Aquella edición sorprendió por sus enormes exhibiciones industriales y comerciales. Los visitantes recorrían pabellones llenos de maquinaria, automóviles y tecnología que parecía salida del futuro.
Para los niños de esa época, asistir era una aventura inolvidable. Muchos corrían fascinados mirando motores relucientes, luces de colores y aparatos extraños que jamás habían visto. Mientras tanto, los adultos caminaban orgullosos viendo cómo la ciudad mostraba señales de progreso.
Ese mismo año fue coronada María Elena Cázares como reina de la feria, una tradición que daba glamour y elegancia al evento.
Tres años después, en 1966, la feria alcanzó una dimensión internacional. Delegaciones de Japón, Estados Unidos y España instalaron exhibiciones culturales e industriales. Para los irapuatenses de aquellos años, entrar a esos pabellones era como viajar al extranjero sin salir de la ciudad. Había objetos curiosos, tecnología avanzada y expresiones artísticas que despertaban la imaginación de quienes recorrían la feria.
Sin embargo, el capítulo más emocionante estaba por comenzar.
A principios de los años setenta, la feria todavía dependía de terrenos prestados y estructuras improvisadas. Muchos soñaban con darle a Irapuato un recinto digno y permanente, pero parecía una meta demasiado grande.
Todo comenzó una tarde de noviembre de 1971, cuando el entonces alcalde Fernando Díaz Durán convocó a Sebastián Martínez Castro para pedirle que encabezara el comité organizador de la feria. Lo que parecía una reunión formal terminó convirtiéndose en una escena casi cinematográfica.
Al día siguiente, el alcalde llegó dispuesto a desayunar tranquilamente, pero se encontró con arquitectos, planos y cálculos sobre la mesa. Escuchaba proyectos y propuestas para construir instalaciones permanentes. Entre bromas, café y discusiones técnicas, comenzó a tomar forma el sueño de la Expo Fresas.
Aquellos hombres trabajaron con entusiasmo casi obsesivo. Diseñaron estructuras, organizaron áreas y convencieron a ciudadanos de colaborar. Las primeras instalaciones levantadas cerca del monumento a Benito Juárez sirvieron incluso como refugio para miles de personas afectadas por la terrible inundación de 1973.
Pero el verdadero desafío llegó poco después.
Los dueños de los terrenos donde se realizaba la feria anunciaron que ya no podrían seguir prestándolos. Entonces nació el Patronato Pro Construcción del Parque Hidalgo, decidido a crear un espacio definitivo para la exposición.
En enero de 1975 comenzó una carrera desesperada contra el reloj.
Se compraron doce hectáreas y las obras arrancaron inmediatamente. El dinero apenas alcanzaba y las dudas crecían. Mientras algunos apoyaban el proyecto, otros apostaban abiertamente a que fracasaría.
Las escenas de aquellos días parecían sacadas de una película. Obreros trabajando hasta entrada la noche. Organizadores recorriendo el país vendiendo espacios que todavía no existían físicamente. Visitantes curiosos acercándose sólo para ver si realmente terminarían a tiempo.
Hubo incluso soluciones improvisadas que hoy provocan sonrisas. Para crear jardines decorativos se utilizó aserrín pintado de verde, simulando césped. Todo era ingenio, esfuerzo y esperanza.
Y entonces llegó la gran noche.
El 2 de marzo de 1975 fue inaugurada oficialmente la Expo Fresas.
Miles de personas acudieron emocionadas. El cielo se llenó de fuegos artificiales mientras la banda municipal interpretaba canciones que despertaban orgullo y emoción entre los asistentes. La nueva feria brillaba como nunca antes.
La gente caminaba fascinada entre pabellones, puestos y atracciones. Los niños corrían desesperados queriendo subir primero a los juegos mecánicos. Muchos admiraban las maquetas simulando una ciudad en movimiento, con trenes circulando y la iluminación de esa escena en miniatura. Los jóvenes aprovechaban la multitud para coquetear discretamente mientras compartían algodones de azúcar o bolsas de cacahuates. Los adultos observaban maravillados cómo un sueño que parecía imposible finalmente se había vuelto realidad.
Con los años, la Expo Fresas siguió creciendo hasta convertirse en una de las celebraciones más importantes del Bajío.
Pero quizá lo más simbólico quedó oculto bajo tierra.
En algún punto de los cimientos del recinto permanece enterrado un cilindro metálico sellado. Dentro descansan nombres, firmas y recuerdos de quienes hicieron posible aquella obra. Como un mensaje escondido para el futuro, esperando recordarle a nuevas generaciones que la feria no nació solamente de dinero o construcciones, sino del entusiasmo colectivo de una ciudad entera que decidió soñar en grande.