31/05/2026
LA “NINA LA” Y LA FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Esta tradición empezó por allá en el siglo XIX en San Felipe de Jesús y se siguió haciendo hasta los primeros años del siglo XX. Como cada año, aprovechando la fecha, quiero rescatar el relato de mi mamá, la señora Josefina Ballesteros, sobre cómo se vivía esta fiesta, según le contaba mi abuela:
Me contaba mi mamá y mis tías que, de niñas, iban a la velación de la Santísima Trinidad que organizaba el «tío Daniel». Él se preparaba con varios meses de anticipación engordando un chochi (un cochinito), y justo en la víspera de la fiesta lo mataban para hacer muchísimos tamales y compartirlos con toda la gente que iba a acompañarlos.
El tío Daniel tenía una hermana a la que todos le decían de cariño “mi Nina LA” (se llamaba Trinidad). Ella nunca se casó; era una mujer súper devota de la Santísima Trinidad y la encargada de rezar la novena. Decía mi mamá que todo el pueblo iba a las novenas a la casa del tío Daniel, allá en el barrio de “El Chinchero”.
La noche de la víspera se pasaba en vela y, a la una de la mañana, tiraban un cuetón. Esa era la señal para que arrancara la procesión por todo el río hasta Huépac, cargando la imagen de la Santísima Trinidad. En la iglesia de Huépac ya los esperaba el padre para la santa misa; en cuanto terminaba, se regresaban todos a San Felipe a la casa del tío Daniel, donde todo el santísimo día la «Nina LA» se la pasaba rezándole el rosario y el trisagio a cuanta gente llegaba. Por cierto, le decían «Nina» (madrina) porque en el altar que armaban para la ocasión ponían un manto, y ella metía debajo de ese manto a la persona que quisiera; eso significaba que se convertía en su madrina.
Pasaron los años y la «Nina LA» se enfermó gravemente. Vivía con una de sus hermanas, que era quien la cuidaba. Resulta que una de sus sobrinas ya estaba por casarse, pero su mamá le dijo: “¿Cómo te vas a casar ahorita si la Nina LA está tan grave? Mejor espérate”. Al escuchar eso, la Nina LA la llamó y le dijo: “Oye, ven acá... déjala que se case el día que ya tiene pensado, porque yo no me voy a morir ese día, yo me voy a morir el domingo después de misa”.
Y tal cual, el domingo muy tempranito, su hermana entró al cuarto para darle una clara de huevo (que era lo que antes se les daba a los enfermos porque decían que era muy nutritiva). Al entrar, le dijo: “LA, te traigo tu clarita de huevo”, pero vio que tenía la cara tapada con una toallita blanca; le volvió a decir: “LA, despierta, mira lo que te traigo”, y en ese preciso momento entró una paloma blanca volando, se paró justo en la cabecera de la cama, empezó a revolotear por todo el cuarto y, después de dar varias vueltas, se salió. A la hermana le llamó muchísimo la atención aquello, volvió a hablarle, pero como no respondía, le levantó la toallita y vio que ya había fallecido. Murió exactamente como lo había dicho: el domingo después de misa.
Para toda la gente del pueblo, esa paloma fue la señal de que el Espíritu Santo estuvo con ella en su último momento, como un premio por tantos años de devoción a la Santísima Trinidad.
Hasta el día de hoy todavía existe esa antigua imagen de la Santísima Trinidad, aunque, tristemente, por el paso del tiempo y el descuido, ya casi no se alcanza a apreciar bien (aquí les dejo la foto anexa y una reconstrucción virtual como de como probablemente fue).
P.D. Como dato curioso, mi mamá le puso Daniel a uno de sus hijos, y una de sus tías, al verlo crecer, siempre decía: “¡Ve nomás quién vino a reponer al tío Daniel!” (aunque no fue por eso).
Dr. José Omar Montoya B.
Cronista municipal