01/09/2026
REFLEXIÓN: ESE NIÑO QUE NO QUERÍA ENTRAR A LA ESCUELA
No todos los niños esperan el primer día de clases con la misma emoción.
Para algunos, regresar a la escuela significa estrenar mochila, cuadernos, zapatos y uniforme. Para otros, significa volver con la misma mochila descolorida del ciclo pasado, con los zapatos ya gastados y un uniforme que quizá les quedó corto porque durante las vacaciones crecieron.
Y aunque parezca solamente una diferencia de cosas materiales, para un niño puede convertirse en una preocupación enorme.
Ese niño que ves esperando afuera de la escuela quizá no está ahí porque no quiera estudiar, tampoco porque sea lento para aprender o porque le tenga miedo al maestro. Está esperando que entren primero los demás porque no quiere que miren demasiado lo que lleva puesto.
Sabe que su mochila está vieja.
Sabe que uno de sus zapatos está roto.
Sabe que su camisa ya no luce como la de sus compañeros.
Y también sabe que basta con que alguien se dé cuenta para que comiencen las risas.
Quizá ese niño o esa niña fuiste tú.
Quizá recuerdas perfectamente lo que se sentía llegar a clases y ver que otros estrenaban mientras tú llevabas lo que tus padres podían darte.
Tal vez alguna vez escondiste un zapato roto debajo de la banca, acomodaste la mochila para que no se notara el remiendo o evitaste levantarte de tu lugar porque tu pantalón ya te quedaba demasiado corto.
Y seguramente tus padres no querían mandarte así.
Muchas veces, detrás de una mochila vieja, había una familia haciendo cuentas para completar los útiles. Detrás de aquellos zapatos gastados podía estar una madre preguntándose si compraba zapatos o guardaba ese dinero para la comida.
No era falta de amor.
Era falta de dinero.
Pero un niño todavía no entiende todas esas cuentas.
Él solamente sabe que sus compañeros tienen algo que él no tiene. Y cuando, además, recibe una burla, la pobreza deja de sentirse solamente en casa y comienza a sentirse también dentro del salón.
Por eso no debemos minimizar el bullying diciendo que son “cosas de niños”.
Una burla repetida puede hacer que un pequeño empiece a odiar ir a la escuela. Puede hacerlo sentir menos que los demás, avergonzarse de su familia y guardar durante años recuerdos que los adultos quizá olvidaron al día siguiente.
Se habla mucho de erradicar el bullying de las escuelas, pero sigue existiendo.
Sigue estando el niño al que llaman por un apodo debido a sus zapatos. La niña a la que señalan porque repitió uniforme. El pequeño que no lleva todos los útiles y escucha las risas de quienes desconocen lo que ocurre en su casa.
Muchos lo soportan en silencio porque ni siquiera saben cómo explicar lo que sienten.
Ahora que somos adultos, podemos hacer algo que cuando éramos niños no estaba en nuestras manos.
Si en este próximo regreso a clases tienes la posibilidad de comprar una mochila para un niño que la necesita, hazlo.
Si puedes donar unos zapatos, un uniforme, libretas, lápices o colores, quizá para ti represente un gasto pequeño, pero para una familia puede significar muchísimo.
Y también enseña a tus hijos a mirar al compañero que tiene menos, sin hacerlo sentir menos.
Enséñales que estrenar no les da derecho a burlarse de quien no pudo hacerlo. Que antes de señalar unos zapatos rotos, piensen que quizá los padres de ese niño hicieron un enorme esfuerzo solamente para conseguir que pudiera regresar a estudiar.
Para un adulto, la vida puede ser difícil aun teniendo la posibilidad de trabajar, decidir y buscar una salida.
Imagínate entonces lo difícil que puede sentirse para un niño que todavía no puede decidir qué mochila comprar, qué zapatos ponerse ni cuánto dinero tendrán sus padres para comenzar las clases.
Si alguna vez tú fuiste ese niño, sabes perfectamente cuánto podía doler.
Y si hoy la vida te permite estar del otro lado, quizá llegó el momento de hacer por otro pequeño aquello que alguna vez hubieras deseado que alguien hiciera por ti.
Porque ningún niño debería sentir vergüenza por no tener lo mismo que los demás.
Y porque ayudar a un niño a regresar a la escuela con dignidad puede significar mucho más que regalarle una mochila: puede significar devolverle la confianza para entrar por esa puerta.