24/04/2026
. Israel, inteligencia privada y México: la zona gris del poder . . Por .
En México, la presencia de perfiles vinculados a la no se expresa en operativos encubiertos visibles ni en despliegues oficiales. Se mueve en un terreno más sofisticado: La privatización de la seguridad, la tercerización de la inteligencia y la comercialización de tecnología de vigilancia
Durante las últimas dos décadas, el país abrió sus puertas —por necesidad o conveniencia— a empresas y consultores extranjeros especializados en seguridad de alto nivel. En ese contexto, firmas como han sido vinculadas a investigaciones corporativas sensibles en México, particularmente en disputas empresariales de alto perfil como el caso Oro Negro–Pemex. Su modelo es claro: Exagentes convertidos en consultores que operan en litigios, inteligencia reputacional y obtención de información estratégica.
Más visible aún ha sido el terreno tecnológico. El caso de y su software marcó un punto de quiebre en la discusión pública. Comercializado a instituciones como la entonces PGR, el Pegasus evidenció cómo la frontera entre es Estado nacional y vigilancia política puede diluirse peligrosamente.
No era Mossad operando en México; era tecnología desarrollada por exmilitares e ingenieros israelíes, vendida a gobiernos con márgenes amplios de uso.
En paralelo, compañías como han mantenido relaciones con dependencias mexicanas como la SEDENA, suministrando plataformas de inteligencia, monitoreo y mando. Estas alianzas forman parte de una lógica global: los Estados compran capacidades, no ideologías.
El nivel más discreto —y menos documentado— es el de la seguridad privada. Nombres como han sido asociados durante años a esquemas de protección ejecutiva y comunitaria. Aquí el factor israelí opera más como marca de prestigio que como evidencia directa de vínculos institucionales. En el mercado de la seguridad, decir “ex-Mossad” vende, aunque muchas veces se trate de exmiembros de otras unidades.
Empresas como o redes vinculadas a intermediarios como han participado en la expansión de este modelo: entrenamiento, consultoría, venta de equipo y diseño de estrategias de seguridad. Todo dentro de marcos legales, pero con niveles de opacidad considerables.
El punto crítico para México.- El verdadero tema no es si “el Mossad está en México”, sino otro más estructural: ¿Quién controla la inteligencia cuando esta se externaliza?
Cuando el Estado compra tecnología como Pegasus, también adquiere dependencias técnicas. Cuando contrata consultores extranjeros, cede parcialmente know-how estratégico. Cuando la seguridad se privatiza, se fragmenta la rendición de cuentas.
La actual administración encabezada por Claudia Sheinbaum ha intentado marcar distancia en el discurso respecto a nuevas adquisiciones de este tipo. Sin embargo, las arquitecturas tecnológicas y los protocolos heredados siguen operando.
Conclusión editorial.- No hay evidencia de una “intervención” del Mossad como tal en México. Lo que sí existe es algo más complejo y difícil de regular: Una red global de seguridad privatizada donde exagentes, tecnología militar y gobiernos se entrelazan en zonas grises de poder. Ahí es donde México debe poner el foco: no en el mito del espía extranjero, sino en la falta de controles sobre los sistemas que ya están dentro del Estado.