03/06/2026
UN DÍA COMO HOY
LA DONCELLA QUE SALVÓ A SU NACIÓN Y QUE, DE LA HOGUERA, SUBIÓ AL CIELO
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Hoy, 30 de mayo, es la festividad de Santa Juana de Arco, la doncella de Orléans, he***na francesa y patrona de Francia, y también de las Brigadas Femeninas que avituallaron a los cristeros durante la Epopeya de 1926 a 1929.
Santa Juana de Arco nació el día de Epifanía de 1412, en Domrémy, Lorena (Lorraine), en Francia. Hoy el pueblo se llama Domrémy-la-Pucelle («Domrémy-la doncella») en su honor. De origen humilde y gran piedad, nunca aprendió a leer ni a escribir. Su madre, Isabel Romée, le enseñó el Padre Nuestro, el Ave María y el Credo, las únicas oraciones que sabía.
Juana nació en una época muy difícil para su nación: la Guerra de los Cien Años. El monarca inglés reclamaba la corona francesa, había invadido Francia y controlaba grandes regiones de este país. Los franceses, asimismo, se encontraban divididos: los borgoñones eran aliados de la usurpación inglesa; los armañacs, por el contrario, defendían la autonomía de Francia como nación y al legítimo heredero. Para empeorar la situación, la reina, Isabel de Baviera, desheredó a su hijo Carlos y dejó el trono a merced de los enemigos. Para 1429, la situación era realmente crítica: los ingleses se habían apoderado de Orléans. Si esta ciudad caía, Francia sería completamente inglesa o, dicho de otra forma, desaparecería para siempre del mapa.
Fue entonces cuando, guiada por San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita, Juana se presentó ante el Delfín*, el rey sin corona Carlos VII, para decirle que Dios la había enviado para salvar a Francia, que en ese momento se hallaba bajo la ocupación de los ingleses. También le dijo que, tras liberar Orléans, lo haría coronar en Reims, la ciudad donde los monarcas franceses eran consagrados.
Sobra decir que muchos no le creyeron, o incluso se burlaron de ella: ¿cómo era posible –se preguntaban– que una campesina de diecisiete años, iletrada e ignorante, estuviera destinada a una misión tan grande como esa? ¿Ella, una insignificante analfabeta salida de la nada, llamada por Dios para unir a su patria? ¿Cómo podría ella romper un sitio que se había prolongado durante doscientos ocho días? Y más aún, ¿cómo lograría ayudar al monarca a ser coronado? Muchos creyeron que estaba loca o que deliraba. Sir Roberto de Baudicourt, el militar al que le pidió que la enviara a Chinon a ver al Delfín, la mandó de regreso a su casa, no sin antes encomendarle a Durando Laxart, el pariente que la acompañaba, que se encargara de que su padre le diera una paliza.
Pero Dios no se equivocaba. Nuevamente elegiría lo más humilde de este mundo para las más grandes empresas. Juana cumpliría su palabra. El temeroso Delfín, convencido de su misión gracias a una señal que le dio la heroica joven, la nombró capitana de sus ejércitos. Ella mandó confeccionar un bello estandarte blanco con los nombres de Jesús y María y con la imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentaban una flor de lis, símbolo de Francia. Así, al frente de diez mil soldados se dirigió a Orleans para levantar el asedio inglés, hazaña que logró consumar el 8 de mayo de 1429.
Cabe destacar que la influencia de la joven de Domrémy no se limitó al ámbito militar, sino que trascendió espiritualmente. Mandó que los soldados se confesaran y acudieran dos veces al día al rezo del Oficio Divino, y también logró que los mílites, hombres rudos que solían maldecir y gastar el día en juegos de azar, dejaran esas malas costumbres. Asimismo, fue siempre amable y caritativa con todos, franceses e ingleses. Y pese a ir al frente de grandes ejércitos, nunca mató a nadie. En una ocasión, un soldado francés hirió de muerte a un militar inglés; Juana corrió, le sostuvo la cabeza y llamó a un sacerdote para que lo confesara; luego lo consoló cuanto pudo, con cariño y ternura.
Posteriormente, tras obtener varias victorias más en el valle del río Loire [Loira] (Jargeau, Meung-sur-Loire, Beaugency y Patay), Juana acompañó a Carlos VII en su solemne consagración y coronación en la catedral de Reims. Fue su último triunfo. Numerosas pinturas representan este acontecimiento decisivo para la historia de Francia.
Entonces comenzó el sufrimiento para la virtuosa doncella. El rey le retiró su apoyo, firmó un tratado con los enemigos y, en consecuencia, la joven no pudo tomar París, que aún estaba en poder de los ingleses. Finalmente fue hecha prisionera en Compiègne por los borgoñones, aliados de los británicos, vendida a ellos por una fuerte suma de dinero (diez mil escudos de oro) y llevada a Rouen (Ruán), donde enfrentó un largo juicio dirigido por Pierre (Pedro) Cauchon, un obispo francés vendido a los ingleses. Éstos, que deseaban acabar con ella a toda costa, decidieron desprestigiarla acusándola falsamente de brujería y herejía. Juana les pidió que la llevaran ante el Papa, para que fuera él quien la juzgara, pero su petición no fue atendida.
Sola y sin defensa –el soberano, quien le debía su coronación, la dejó a su suerte–, en una corte compuesta sólo por sus enemigos a muerte, Juana hizo frente a sus jueces valerosamente y muchas veces los confundió con sus hábiles respuestas y su memoria exactísima. Pero la decisión de matarla, como en el caso de Nuestro Señor Jesucristo, estaba tomada de antemano. Fue sentenciada a ser quemada viva.
La hoguera fue encendida en la plaza del Viejo Mercado (Vieux Marche) de Ruán. Juana le solicitó a un religioso, Fray Martín Ladvenu, que sostuviera un Crucifijo frente a ella, al nivel de sus ojos, para poder contemplarlo hasta el último suspiro. La doncella también perdonó a quienes le habían hecho mal e imploró a los sacerdotes que ahí se encontraban que celebraran una Misa por la salvación de su alma.
Por fin, ya en las llamas, Juana murió a semejanza del primer mártir mexicano, el egregio San Felipe: pronunciado devotamente el Santísimo Nombre de Jesús. Cuando expiró, uno de los presentes vio salir de ella una paloma blanca que volaba en dirección a Francia. Muchos quedaron conmovidos por su muerte.
Era el jueves 30 de mayo de 1431.
El cuerpo de la Santa he***na, reducido a cenizas, fue echado al río Sena. Sin embargo, su corazón nunca se quemó: el verdugo lo encontró, intacto, entre los leños humeantes.
Los ingleses creyeron haberla borrado de la Historia, pero en realidad lograron lo contrario. Su influencia histórica, aunque breve en su momento, fue indiscutible y decisiva –y esto no lo expresa quien esto escribe, lo dicen los relatos históricos sobre la Guerra de los Cien Años–. Durante su juicio, Santa Juana había profetizado que antes de que pasaran siete años, los ingleses sufrirían grandes derrotas y perderían una ciudad muy importante, y que más tarde serían expulsados de Francia. Y así fue: Carlos VII reconquistó París en 1437, y más tarde, en 1453, los franceses recuperaron todas sus posesiones y ganaron la Guerra.
No obstante, todavía faltaba reivindicar la memoria de Juana. El Papa Calixto III recibió en El Vaticano a una anciana mujer, acompañada por dos de sus hijos, quien le solicitó que revisara el inicuo juicio celebrado contra Juana y limpiara su nombre. Era la madre de la joven doncella. Su Santidad así lo hizo. La luz de la verdad resplandeció: el proceso de Ruán fue declarado nulo e inválido y se efectuó otro de rehabilitación. Juana fue declarada inocente.
La valiente y pura Doncella, enviada por Dios para salvar y unir a su pueblo, fue beatificada por San Pío X el 11 de abril de 1909 y canonizada el 16 de mayo de 1920 por Su Santidad Benedicto XV.
Como último dato, poco después de siete años, en junio de 1927, un grupo de intrépidas mujeres formaron una asociación cuyo fin sería proveer al heroico Ejército Cristero de lo más indispensable para lucha en defensa de la fe, aun a costa de exponer la libertad y aun la honra y la propia vida: las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco.
Santa Juana de Arco, ruega por nosotros.
Sancta Iohanna Arcus**, ora pro nobis.
Notas:
*Título que se le daba al legítimo heredero al trono francés.
**Arcus es la forma genitiva de «arcus», «arco». Por lo tanto, se traduce como «de Arco».
Redacción: Helena Judith López Alcaraz.
Testimonium Martyrum. Favor de acreditar a la página.
Pintura de fondo: Kevin Pawlowski.
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