02/02/2026
El día de la candelaria
El 2 de febrero se cierra el ciclo de las fiestas navideñas, al celebrarse el Día de la Virgen de la Candelaria, conmemora la presentación del Niño Jesús en el templo y la purificación de la Virgen María (de ahí las candelas o velas: símbolo de luz y bendición). Visto con serenidad, debería ser sencillo: un día solemne, tranquilo; la misa, una veladora encendida y cada quien para su casa. Pero en México —que todo lo volvemos pachanga y pretexto para la “sana” convivencia— se convierte en un hito y, de paso, en una prueba real: física, moral, gastronómica y de mucha creatividad.
Una de las cosas que más emociona de esta fecha es el pase de lista afectivo: saludar al compadre y a la comadre, al tío y a la tía, al primo, la prima, el sobrino, la sobrina, el ahijado, el perro, el gato, el entenado; posar para la foto obligatoria; morder el tamal que te quema la lengua porque viene recién salidito del bote; empinarte el atole de chocolate o de cajeta… y rematar con el chisme imprescindible para ponernos al día de todo lo que ha pasado en la comunidad.
En La Laguna, San Mateo Ixtacalco, Cuautitlán, esta festividad se celebra desde el 1 de febrero con una misa a las 2:00 de la tarde. Más adelante, la celebración se pone en modo “nocturno” con la misa estelar de las 11:00 de la noche y, a media noche, se le cantan Las Mañanitas a la Virgen de la Candelaria en un pequeño templo construido gracias a un donante de la comunidad. Y el 2 de febrero, la misa vuelve a celebrarse a las 2:00 de la tarde. Para esta fiesta se invita a comunidades aledañas, para que se sumen y vengan a disfrutar de tan alegre convivencia.
La fiesta de la Candelaria tiene la virtud de que uno puede participar incluso sin querer. Basta con haber sacado muñeco en la Rosca de Reyes —un acto que evoca el compromiso y el honor festivo del desafortunado que apenas va a llegar a la quincena rayando, después de una ardua cuesta de enero—, pues se va a tener que “mochar” con los tamales. En La Laguna, San Mateo Ixtacalco, se acostumbra que, saliendo de misa, los organizadores regalen los tamales. Pero para todos los ciudadanos de a pie que lo celebran bajo el compromiso firmado ante la presencia del interventor oficial de la palomilla, la familia tiene, sí o sí, que llevar la tamaliza; de lo contrario, está en riesgo de que la “excomulguen” de la convivencia y la conviertan en el villano oficial de la colonia, con la misma eficiencia con que a cualquiera lo convierten en “el que se cree mucho”.
La misa, como toda celebración religiosa, se sostiene en la solemnidad y en su motivo: estar ahí, juntos, recordando la luz y la bendición que representa la Candelaria. Pero también tiene ese orden profundamente humano que nos acomoda: una coreografía llena de paz. Uno se levanta, se hinca y se persigna como diciendo: “Diosito, aquí estoy; muchas gracias por echarme tanto la mano en la chamba, en la salud… gracias, vales mil”. Porque entre la gente hay de todo: quienes llegan con compromiso responsable, con una fe viva y sincera, con devoción limpia y esperanza puesta en lo alto; y quienes van nomás cumpliendo… y también están los que, entre dientes, mascullan: “a ver a qué hora salimos”. Uno entra con actitud sobria, aunque por dentro venga con el ruido del día, con pendientes, con cansancio, con la cabeza hecha n**o.
Se prenden las velas con el cuidado de quien sostiene un símbolo sagrado… y también con el miedo práctico de chamuscarle el suéter o el pelo al de enfrente, que siempre se para demasiado cerca, porque ya para ese entonces el templo está abarrotado de feligreses.
Pero también, como toda misa, es ese rato en el que uno —aunque llegue con el alma toda arrugada— pone su voluntad y su paz para tratar de ser mejor persona: mejor cristiano, mejor padre, hijo, esposo, esposa, novio, novia; mejor estudiante y mejor trabajador. Y eso aunque uno se aviente los “San Lunes” como si fueran tradición litúrgica; aunque ya haya desistido de los propósitos de Año Nuevo: la dieta keto que duró lo que dura un amén, ir al gimnasio porque estas llantitas no son gordura sino la felicidad que a uno se le está saliendo, o pagar a tiempo la tanda (que ahí sí, Dios aprieta, pero la comadre también).
Porque al final, la misa es eso: un intento decente —a veces torpe, a veces sincero— de volver a acomodarse por dentro.
Luego está el Niño Dios, esa pequeña figura que inspira ternura y devoción; y que, en la práctica, mueve toda una industria de textiles, escultura y modelado para su tuneo santo, con atuendos que van desde “angelito” hasta “edición especial con piel morenita”. Hay Niños Dios vestidos de doctor, de policía, de futbolista, de charro, de lo que sea, porque el sincretismo popular no tiene límites: si el Niño puede ser “el que cura” o “el que arresta”, ¿cómo no va a poder ser “el que simboliza la mexicanidad precuauhtémica”? De hecho, si uno observa con atención, toda la ceremonia parece organizada para que, al final, el verdadero milagro sea la creatividad.
La segunda parte de la festividad es el tamal, que es, básicamente, una barra energética artesanal: carbohidratos de liberación lenta (masa), proteína opcional y envoltorio eco-friendly, 100% compostable (hoja de maíz o de plátano), que además de calmar la tripa define alianzas, venganzas y jerarquías. El tamal es la evidencia oficial de quién cumplió y quién se hizo el desaparecido. El que pagó tamales llega con su cara de mártir —no del Calvario, sino del mercado— y hace cuentas con los ojos: “A ver, tú sí viniste… tú también… tú nada más vienes cuando hay gratis… tú te llevaste doce el año pasado…”. Porque aquí la memoria es selectiva: uno olvida lo que debe, pero recuerda perfectamente cuántos tamales se comió el cuñado cuando “nomás iba por uno”.
Y aquí, en La Laguna, además, aunque a muchos les “toque” por lo del muñequito, la realidad comunitaria es otra: la tamaliza la ponen los organizadores o mayordomos, y no escatiman en variedad. Hay tamales de verde, de mole, de dulce, de rajas y cuanta combinación excéntrica existe hoy en otras demarcaciones: desde los de Oreo, Gansito, Chocotorro o Nutella, hasta opciones saladas inusuales, como hamburguesa, pastor, cochinita pibil con espuma de papa, chapulines o incluso tinta de calamar. Y, para echarse el empujón, hay atole de chocolate, de cajeta, fresa, vainilla, guayaba, nuez, coco, arroz, avena, café, galleta, y el atole blanco —de masa o café de olla—… y ya en casos especiales, cuando hay poco presupuesto y el tiempo no perdona: café soluble.
Hay un momento solemne en la mesa: el primer bocado. Uno muerde con cuidado, porque el tamal tiene esa cualidad de ser inocente por fuera y lava volcánica por dentro. El niño chilla, el tío se ríe, y la tía recomienda soplarle: “Sóplele con ganas, que el tamal no se come a lo valiente”. Y el atole, que debería calmar, llega con su propia agenda: te endulza la boca para que hables de más. Por eso el atole es peligroso: te serena y relaja, pero también abre la confianza y desata confesiones. Es la bebida oficial no alcohólica del “no te iba a decir, pero…”.
La convivencia es la parte más elocuente: cada quien vive el ritual cristiano a su modo. Y la plática avanza lenta y contenta: empieza con “qué bonita la misa, el nuevo padre es bien alegre” y se va abriendo en ramitas. Sale el “¿y tu mamá cómo sigue de la rodilla?”, el “ya mero se vienen los ventarrones: febrero loco y marzo otro poco”, el “esa milpa sí se ve tupida”, el “tu niño ya pegó el estirón: ya parece espantapájaros”, y el “pos ahí la llevamos, con el favor de Dios”.
También hay, por supuesto, el episodio de la organización: la persona que intenta imponer orden. “A ver, primero los niños”, dice alguien, y entonces los adultos se abalanzan con una violencia discreta. Se oyen frases como: “Agarra otro, hay un buen”, que es la mentira más usada en eventos comunitarios. Siempre hay “un buen” hasta que uno se sirve; en ese instante, misteriosamente, ya no hay.
Al final del día, uno vuelve a casa con olor a comida, a anafre y a iglesia; con la lengua medio quemada, con el estómago contento y con una certeza: el 2 de febrero es la fecha en que México demuestra su gran especialidad nacional, que no es la organización, ni la puntualidad, ni la moderación, sino convertir cualquier cosa —un muñeco de plástico, una vela y un tamal— en un acontecimiento social de mínimo tres horas, con segunda ronda, sobremesa y sentencias de comadre certificadas.
La Candelaria se festeja humildemente, pero con una fuerza de fe y fraternidad: una luz pequeña que alcanza para reunirnos, dar gracias y volver a casa un poco más tranquilos… y bien comidos.
Eduardo Salvatori, cronisma municipal de cuautitlán.