20/07/2022
LA CÁPSULA DEL TIEMPO
3/08/2021
Es un tanto… Amm… complicado escribir esto. ¿Por dónde comenzar? Quizás por el inicio, pero ¿el inicio de qué? ¿De ese día o de la cápsula?
Hace creo más de quince años, durante una temporada electoral, uno de mis hermanos menores empezó a guardar en uno de sus cajones, la propaganda de los partidos políticos. Recuerdo que tenía folletos, plumas y de esas mini agendas de tarjetero con imán. Él lo llamó “su cajón de cosas valiosas”. La verdad sentí celos: yo también quería tener algo así. Entonces, un día desocupé uno de mis cajones con ropa para que fuera “mi cajón de cosas valiosas”. Pero ahora ¿qué debía guardar ahí?
¿Qué cosa valiosa podría guardar a los diez años? Empecé por mi diario, cuya seguridad fue violada un par de días después por mi hermana y mi prima; unos tazos de Mucha-Lucha y mis cartas de Yu-Gi-Oh!
Luego comencé a coleccionar etiquetas de ropa y de dulces: hasta ocupé un diario con llave para guardarlas ahí; también la pequeña muñeca de porcelana, herencia de mi bisabuela y hojas completas del periódico de la sección “juvenil”, hablando de moda emo y artistas.
A veces me sentaba frente al cajón para decorarlo con pinturas de brillitos y stickers de monstruos de los chicles, escribir en mi diario o releer un artículo sobre los Jonas Brothers o Robert Pattinson. Sentía que era lo más cercano a una habitación para mí sola que tendría en muchos años: un pedacito solo para mí.
Con el tiempo fui guardando más cosas y cada vez pasaba menos tiempo sentada frente al cajón, hasta que casi me olvido de él por completo.
Hace un par de semanas, en que mi futuro esposo y yo compramos nuestras argollas de matrimonio y en lo que decidíamos qué grabarles, acordamos que yo las guardaría en mi casa, mientras, pensaba rápidamente dónde sería un lugar seguro para algo tan valioso. Entonces recordé el cajón. Ese día, que fue el mismo en que me vacunaron, tomé la cajita y la oculté en el cajón que no había abierto en quizás años, sin detenerme a revisar más.
Luego de unos diez días, mi hermana y yo nos probábamos los trajes de baño que usaríamos en mi despedida de soltera, y de repente, mi mirada encontró de nuevo aquel cajón. Me cambié rápido y me fui a sentar frente a él, como cuando era una puberta. ¿Qué haces? Me preguntó mi hermana. ¿Vas a revisar tu cajón de cosas valiosas? A lo que yo asentí, oculta a un costado de la cama de mis papás.
Y tal como lo había pensado, abrirlo se sintió como regresar a tu vieja habitación, o por lo menos así aparece en las películas gringas cuando vuelves de la universidad. Saqué la cajita de los anillos, que era lo único que desentonaba con esta visión en sepia de mi adolescencia.
Encontré todo cubierto de polvo, obviamente. Una hoja de cuaderno doblada llamó primero mi atención: una conversación entre mi entonces novio y yo, donde le reclamaba por no haberme defendido en una pelea con mis compañeros de clase. Él terminaba el chat improvisado diciendo que jamás sería un buen novio para mí. Y yo de: no ma, sí cierto.
También estaban dos de mis viejos celulares, la muñequita de porcelana, una cajita de madera que construí en el taller de mi abuelo, las chaquiras de una pulsera reventada, algunas monedas; una estrella de cristal, que supuestamente representaba una amistad infinita; dos cajas metálicas que almacenaban las hojas de periódico, etiquetas y fotos del cuadro de honor de la secundaria; mi diario, cuya última entrega fue describiendo uno de tantos corazones rotos de esa época y algunos pétalos secos de rosas.
No me di cuenta de que con cada descubrimiento hacía “uuuhhh”, imaginando qué historia le podría contar a mi esposo sobre cada pequeño objeto de mi adolescencia. Siento que tardaría horas haciendo el recorrido por mis memorias. Ojalá él sí lo sepa apreciar.
¿Qué, hermanita? ¿Te llevarás tu cajón de cosas valiosas a tu casa con Jesús? Me cuestiona mi hermana. Claro que no, respondo. Es imposible llevarse su vieja habitación a su hogar de casados. Esto pertenece aquí.
Laura Bejarano 💚