11/12/2024
Uno de los principales aspectos que generalmente han quedado en el olvido por las generaciones contemporáneas es el manejo y valoración de los huérfanos de las poblaciones que no fueron ciudades capitales en la Nueva España, pero que se desarrollaron como pueblos principales y tenían que resolver el asunto de la orfandad, como es el caso del Curato de Santa María de la Asunción Acajete.
Compartimos la participación del Cronista Auxiliar de Tepatlaxco de Hidalgo que, a manera de síntesis, nos relata al respecto.
Niños
Era el año de 1811, o 12, cuando el labrador natural y vecino del pueblo de santa Isabel, Acajete, Manuel de la Asunción Pérez, regresaba a su pueblo, tras luego estar en la ciudad de Puebla de los Ángeles. Él dijo que el trascurso del Camino Real se encontró a una “criatura”, de aproximadamente de 5 años, llorando. Al parecer, paro y le preguntó. Él narra diciendo que a las preguntas que le hizo, solo le contestó que: “se llamaba José Rafael, que su padre había mu**to en un ataque, y su madre de la peste, y que lloraba por no tener casa, ni menos conoce a alguno de sus parientes”. Manuel Pérez, “morido por la caridad”, lo acarició y se lo llevó a su casa. Años más tarde, el propio labrador expresa que lo fomentó y educó, hasta el extremo de que José Rafael, ya joven, quería casarse.
En el curato de santa María de la Asunción, Acajete, pocos, sólo pocos niños y niñas fueron recogidos, protegidos y educados en la Nueva España después de ser huérfanos. Otros, con pocos días de nacidos, fueron dejados en las puertas de las iglesias y, en ocasiones, en la parroquia de santa María de la Asunción.
Como toda criatura debería de estar bautizada, recurrían a ciertas personas para que fueran sus padrinos, o padrino. Después, eran reconocidos como “hijos de la iglesia”. Algunos curas propios recogieron estos niños y niñas, los criaron y los protegieron después de su muerte: Pedro de Palma y sus dos inditos, Francisco y Mariano, son un ejemplo de ello.
No sólo en la parroquia o en las iglesias dejaron a bebés recién nacidos, sino que también enfrente de las puertas de las haciendas lo hicieron. En ocasiones los hacendados, o sus gañanes, llevaban a los párvulos a bautizar. Al no tener padres, los registraban como “padres no conocidos” o “padres incognitos”, y quien se hacia cargo del cuidado y de la enseñanza de la doctrina cristiana eran los padrinos.
Como antes se ha leído, desde la época novohispana hasta nuestro presente, ha habido huérfanos, cuyos padres murieron en diferentes circunstancias, siempre los niños y niñas los han abandonado. Siempre. En el siglo XVIII, en la jurisdicción eclesiástica de Acajete, pocos los han recogido y educado, en cambio, muchos lo podemos dejar a la imaginación del lector. No se sabe que fue de ellos después de ser bautizados por sus propios padrinos. En cambio, sí sabemos de casos en específico, aunque de manera general.
Sebastián E. Sánchez Padilla
Cronista auxiliar de Tepatlaxco de Hidalgo.