28/01/2025
La máscara de Musk. Visto en Padua, Italia.
Musk es uno de los grandes impulsores de la desinformación y la extrema derecha a nivel global. Su supuesto amor por la “libertad de expresión” es un disfraz para algo mucho más oscuro. ¿Cómo llamarlo de otra forma cuando defiende a personajes como Tommy Robinson, el fascista británico condenado por difamar a un niño sirio, o al ne***zi Andrew McIntyre, que planeó la quema de una mezquita? Musk no defiende libertades, defiende agendas de odio.
La historia no es distinta en Brasil, donde fue investigado por difundir fake news sobre las elecciones. No rectificó por ética, sino porque perder 22 millones de usuarios era un golpe demasiado grande para su negocio. Mientras tanto, su plataforma sigue siendo un refugio para extremistas como Javier Milei o Alice Weidel. No es coincidencia: apoyar a estos líderes asegura que las democracias se tambaleen y que el caos sirva para fortalecer a los poderosos. Musk no solo tolera estas dinámicas; las alimenta, porque en ellas encuentra beneficios económicos y políticos.
¿Y qué hay detrás de todo esto? Una vieja fórmula: dividir para conquistar. Mientras nos peleamos entre nosotros —culpando a inmigrantes, mujeres o personas trans por los males del mundo—, Musk y su élite concentran más riqueza y poder. El multimillonario no busca un futuro para la humanidad, sino un feudo digital donde sus reglas sean ley. Su narrativa de progreso tecnológico no es más que una cortina de humo para perpetuar desigualdades y distraernos de quiénes son los verdaderos responsables de nuestra precariedad.
Musk no es un defensor de la humanidad ni un salvador. Es el rostro más astuto de un sistema que quiere hacernos siervos mientras él y sus aliados reinan. No se trata de admirarlo ni de temerle: se trata de reconocerlo por lo que es. Porque si seguimos cayendo en su juego, seremos cómplices de un futuro donde la democracia será solo un recuerdo.