23/07/2025
CUNOC
Un llamado a la ética, la meritocracia y la transformación universitaria
(Elecciones 2025)
Tiempo de lectura 10 minutos
La lucha estudiantil y su rol en la universidad
La historia del CUNOC ha sido marcada por esfuerzos académicos, luchas estudiantiles, conquistas laborales y también, lamentablemente, por la penetración de intereses político-partidarios. Hoy más que nunca, la comunidad universitaria enfrenta el desafío de recuperar el sentido original de la universidad pública: ser un espacio para formar pensamiento crítico, ciudadanía y desarrollo nacional.
Este artículo se presenta como una reflexión colectiva que invita a pensar en la USAC, y particularmente el CUNOC, como un proyecto que debe ser defendido desde la ética, la excelencia académica y el compromiso social.
Las aulas universitarias son, por naturaleza, espacios de reflexión, crítica y transformación. O al menos, deberían serlo. El movimiento estudiantil ha sido históricamente uno de los motores más importantes para impulsar cambios en la Universidad de San Carlos de Guatemala y, por extensión, en la sociedad guatemalteca. Pero en los últimos años, esa fuerza parece haberse debilitado o desviado. ¿Qué pasó con la lucha estudiantil? ¿Por qué las asociaciones no logran representar ni movilizar a los estudiantes como antes?
Hoy, en pleno proceso electoral del CUNOC, se evidencia una desconexión profunda entre los líderes estudiantiles organizados y la base estudiantil y el descontento generalizado. Aunque hay estructuras con respaldo histórico y visibilidad en redes sociales, no han logrado canalizar esa fuerza en votos ni en propuestas concretas. El caso de las votaciones recientes lo demuestra: en dos vueltas muy ajustadas entre Planilla 1 y Planilla 2, el voto estudiantil estuvo dividido, con diferencias mínimas. ¿Cómo explicar que estructuras que supuestamente tienen “todo el aparato” no logren una victoria clara?
Una hipótesis es que se ha perdido el vínculo entre representación y propuesta. Se hacen campañas, sí, pero muchas veces vacías, sin profundidad ni análisis. La mayoría de planillas prioriza el marketing, pero no la formación política. El estudiante vota más por amistades, favores o presiones, que por principios o ideas. Y esto es un reflejo claro de cómo funciona también el sistema político nacional.
Además, no podemos ignorar que en una de las planillas participan actores políticos y estructuras que han optado por promover agendas ideológicas que no responden a las verdaderas necesidades del entorno universitario ni de nuestra sociedad.
• Estas estructuras no promueven la equidad ni el respeto entre hombres y mujeres, sino la imposición de posturas intolerantes que dividen y confrontan, dejando de lado el enfoque académico y profesional.
• Enarbolan posturas que más que reconocer la riqueza y diversidad de nuestras culturas, tiende a utilizar la identidad como herramienta política para victimizar o justificar privilegios, lo cual termina siendo excluyente y superficial.
• Estos grupos pretenden imponer una visión de mundo que no se adapta ni dialoga con nuestra realidad local, y desvía la atención de los problemas estructurales que afectan a los estudiantes: falta de calidad académica, ausencia de oportunidades, corrupción interna y desinterés institucional.
Es urgente que el movimiento estudiantil recupere su vocación de cambio verdadero y se centre en los grandes temas que sí hacen una diferencia en la vida de los universitarios.
La universidad necesita jóvenes líderes que defiendan causas verdaderamente transformadoras: la mejora de la calidad educativa, la inclusión con responsabilidad, la ciencia, la investigación y el pensamiento libre.
Los profesores influyen directa o indirectamente en la forma en que el estudiante piensa, actúa y vota. Ya sea a través de la crítica, la orientación o incluso la presión sutil, los catedráticos son un factor determinante en las decisiones estudiantiles. Y si los profesores responden a intereses ajenos a la academia, también moldean un estudiantado conformista, acrítico y desconectado.
Por eso es clave devolverle a la lucha estudiantil su esencia: la defensa del pensamiento crítico, la exigencia de calidad académica, y la vigilancia de las decisiones institucionales. Esto solo será posible si los estudiantes se forman políticamente, si comprenden que su voto, su voz y su organización tienen poder más allá de una elección.
Se necesita con urgencia un replanteamiento estudiantil organizado, que no se limiten a ganar elecciones, sino que propongan, fiscalicen y construyan universidad. Que entiendan que lo que ocurre en el CUNOC hoy tiene un impacto directo en la sociedad mañana. Porque el poder en las aulas no debe servir para negociar cuotas, sino para transformar realidades.
Los intereses que dominan las elecciones universitarias
Los actores que históricamente han dirigido los destinos del CUNOC han sido, en su mayoría, los mismos: profesores titulares que se reparten las direcciones, los espacios y la influencia. Estos grupos han formado redes de poder difíciles de romper, y aunque no todo lo que hacen es negativo, muchas veces prevalece el interés propio por encima del bienestar institucional.
Este poder se ha consolidado con la complicidad de estructuras políticas externas que utilizan la universidad como plataforma de influencia, sin importarles realmente la mejora de la educación superior ni el desarrollo del pensamiento científico.
Las elecciones universitarias deberían ser una oportunidad para reflexionar sobre el rumbo de la educación superior, pero en muchos casos se han convertido en una extensión de las mismas prácticas que tanto criticamos en la política nacional: alianzas oportunistas, reparto de cuotas de poder y lucha de intereses que nada tienen que ver con el conocimiento, la docencia o la investigación.
En este contexto, las elecciones en el CUNOC no han sido la excepción. En cada proceso, los diferentes sectores —estudiantiles, docentes y egresados— terminan siendo influenciados por intereses externos. Lo más preocupante es que estas influencias muchas veces provienen de estructuras políticas nacionales, las mismas que, desde el Congreso o desde el Ejecutivo, han demostrado incapacidad para transformar el país y, sin embargo, ven en la universidad un espacio estratégico para consolidar poder.
En elecciones anteriores, hubo rumores de que uno de los grupos recibió apoyo del oficialismo, aunque nunca se declaró de manera oficial.
¿Es válido?
Puede que sí, pero no es ético. Hoy, los “opositores” al oficialismo están siendo apoyados, paradójicamente, por estructuras del nuevo oficialismo estatal, lo que confirma que el fondo del asunto no es ideológico, ni académico, sino meramente estratégico: se trata de quién controla, no de qué propone.
Y esto plantea una pregunta clave:
¿En qué ayuda todo esto a la universidad?
La respuesta es clara: en nada.
Estas alianzas solo replican las viejas prácticas de lucha por el poder donde el único beneficiado es un grupo de catedráticos, tanto titulares como suplentes, que negocian sus contratos, horarios o beneficios personales. Mientras tanto, el aprendizaje, la investigación, la calidad docente y el pensamiento crítico siguen estancados.
Es irónico ver cómo antes se criticaba a quienes eran apoyados por el oficialismo, y hoy se repite la misma fórmula desde el otro lado. Nadie gana credibilidad culpando al sistema si, llegado el momento, termina adoptando las mismas estrategias que decía rechazar.
Lo que está en juego no es solo quién gana una elección, sino la legitimidad de los procesos universitarios y la capacidad de la universidad para formar ciudadanos comprometidos, y no operadores políticos.
Porque cuando lo académico se subordina al cálculo político, la universidad pierde su esencia transformadora.
Por eso, en lugar de sumarnos al ruido de las campañas, vale la pena alzar la voz por una universidad donde las elecciones no estén secuestradas por intereses externos, y donde cada estudiante, docente o egresado pueda participar sin tener que alinearse a estructuras que nada tienen que ver con el verdadero espíritu universitario.
La lucha estudiantil y su rol en la universidad (ampliación)
Hace muchos años en el CUNOC varios líderes estudiantiles que empezaron a cuestionar las estructuras tradicionales. Jóvenes con pensamiento crítico, compromiso con la academia y visión transformadora.
Eran estudiantes que veían a la universidad no solo como un espacio de estudio, sino como una plataforma de cambio y responsabilidad social.
Muchos de esos líderes estudiantiles lograron continuar su vínculo con la Universidad al convertirse en docentes. Lo hicieron con el acompañamiento (en algunos casos) de grupos de poder que operaban en ese momento.
Esa cercanía con estructuras internas les permitió acceder a oportunidades, pero también los expuso a las dinámicas tradicionales de la institución.
Con el paso del tiempo, han madurado sus visiones sobre lo que representa la academia y su verdadera función en la universidad pública. Y aunque no todos piensan igual, hay quienes hoy buscan sinceramente un cambio más profundo y estructural. Ojalá logren organizarse, fortalecerse y construir espacios que permitan una transformación real de la academia, desde la experiencia y el compromiso con la verdad.
Porque el rol del estudiante no debe limitarse a la protesta o a la oposición constante, sino a la construcción propositiva, crítica y basada en valores. La lucha estudiantil es legítima, pero también debe ser estratégica y coherente con los retos del país.
Hoy, sin embargo, vemos cómo algunas expresiones del activismo universitario han sido cooptadas por discursos que no siempre responden a los intereses reales de la sociedad guatemalteca. Tal como lo expresamos anteriormente.
La Universidad debe ser un espacio de diálogo, no de imposición ideológica. El rol de los estudiantes es fundamental, pero para que ese rol sea transformador, debe estar arraigado en principios, ética y una visión de país.
No se trata de imitar agendas extranjeras, sino de construir soluciones propias, desde nuestra identidad, desde nuestro compromiso con Guatemala.
El rol de los docentes titulares y la necesidad de la meritocracia
Durante años, se ha mantenido en el CUNOC una estructura rígida donde los docentes titulares han tenido un dominio casi absoluto de las decisiones académicas. Algunos de ellos lograron esa posición no por mérito, sino por vínculos personales, favores políticos o por pertenecer a grupos de poder dentro de la universidad.
Muchos docentes titulares presionan para heredar plazas a sus familiares o allegados, sin asegurar que estos cuenten con la experiencia profesional necesaria, no solo en enseñanza sino también en la práctica real de su profesión.
Aunque hay excepciones loables de docentes comprometidos con la academia, cuando existen concursos internos carecen de transparencia y están diseñados para beneficiar a los de la foto.
Se necesita valentía para defender la meritocracia frente al clientelismo y al nepotismo. Solo así podremos garantizar que quienes ocupen una cátedra lo hagan por sus méritos y no por sus conexiones.
Conozco, por ejemplo, a un doctor en Derecho con amplia trayectoria en el sistema judicial del país y grandes aportes a la academia jurídica. Sin embargo, no tiene espacio en el CUNOC.
¿Por qué no damos oportunidad a profesionales con verdadera experiencia para enriquecer el aprendizaje?
Es legítimo preguntarse:
¿Están siendo los mejores quienes acceden a las plazas titulares?
¿Se está garantizando la calidad académica o se sigue protegiendo el clientelismo?
No se trata de negar que existan docentes titulares y suplentes altamente calificados, comprometidos y con verdadera vocación. Los hay, y merecen todo
¿Qué clase de universidad queremos?
La pregunta clave no es quién gana la próxima elección de Director y tampoco quien controla el consejo, sino qué tipo de universidad queremos construir.
Queremos una universidad que promueva la investigación, que forme profesionales éticos y críticos, que sea referente de excelencia académica. Queremos una universidad libre de clientelismo y nepotismo, con concursos justos y abiertos, con espacios para la juventud y la innovación.
El CUNOC debe volver a ser un faro para el occidente del país, no un botín para grupos de poder.
Conclusión
La Universidad de San Carlos, y en particular el CUNOC, están en un momento crucial. La lucha por el poder dentro de sus aulas no puede seguir siendo una réplica de las prácticas políticas nacionales que tanto daño han hecho a Guatemala. Esta casa de estudios debe volver a ser un espacio donde se formen profesionales íntegros, críticos y comprometidos con el bienestar común.
Los estudiantes, los profesores y los egresados tienen un papel fundamental que cumplir, pero para eso es indispensable que cada uno asuma su responsabilidad con ética, valor y sentido de pertenencia. Que la meritocracia, la transparencia y el respeto sean los principios que guíen todas las decisiones.
Las elecciones universitarias no son un mero trámite ni un juego de poderes; son una oportunidad para transformar la universidad, para abrirla al diálogo, la inclusión y la excelencia académica. No podemos permitir que esta oportunidad se desperdicie.
Es tiempo de actuar con compromiso verdadero, de construir una universidad que refleje lo mejor de Guatemala y que forme a quienes serán los líderes del mañana.