04/09/2026
Compartimos el artículo de Juan Navarro publicado ayer en El País, que aborda la realidad de las mafias del campo que operan en nuestra zona y que se aprovechan de la situación de vulnerabilidad de muchos trabajadores temporeros para explotarlos laboralmente.
Una realidad que no es nueva, que es perfectamente conocida y ante la que no podemos mirar hacia otro lado. Personas que, además de sufrir condiciones laborales abusivas, en muchos casos se ven obligadas a vivir en condiciones infrahumanas.
En pleno siglo XXI, estas situaciones nos recuerdan que la explotación y la esclavitud no pertenecen únicamente al pasado. Mientras haya quienes se lucren a costa de la necesidad y la vulnerabilidad de otras personas, tendremos la responsabilidad de denunciarlo y exigir soluciones.
Migrantes hacinados y “mafias” agrarias en Nava del Rey: “El que los contrata tiene tanta culpa como los negreros”
https://elpais.com/espana/madrid/2026-09-03/migrantes-hacinados-y-mafias-agrarias-en-nava-del-rey-el-que-los-contrata-tiene-tanta-culpa-como-los-negreros.html
Un hombre baja de un BMW de alta gama, nuevecito, en Nava del Rey (Valladolid, 1.900 habitantes). Tiene unos 40 años y viste vaqueros, zapatos y camisa blanca ajustada. El hombre camina hacia un descampado, donde frente a una furgoneta hay sentadas ocho personas con ropa de campo en un poyete. Allí bromea, en rumano, antes de dejar atrás a sus compatriotas, que charlan con acento del Este entre litronas y tabaco. Él es el jefe y ellos, trabajadores del campo, afincados en Nava y movidos por las fincas según la campaña: uva, patata, cebolla… El problema, según coinciden la Subdelegación del Gobierno y los vecinos, no es laboral, sino habitacional: este y otros líderes de cuadrillas de temporeros o labriegos extranjeros los hacinan en infraviviendas y los llevan donde empresarios españoles los reclaman, pues los locales rechazan el trabajo agrario. Las autoridades y los paisanos los llaman “mafias” y comparten opinión contra todas las partes de la explotación laboral y habitacional. “El que los contrata tiene tanta culpa como los negreros”, proclaman en un bar.
Pasear a la hora de comer confirma la precariedad. Varios chavales marroquíes se entretienen en la acera alimentando a un gato mientras en una casita hay varios compañeros cocinando. Al preguntarles a qué se dedican, chapurrean “trabajando en el campo”; en otra vivienda hay colchones en el suelo y otros contra una pared entre enseres y suciedad; frente a otra casa hay un sillón y dos jóvenes a la sombra; otra, con la ventana rota, tiene unas cuerdas desplegadas por el techo con la colada dentro del inmueble. Gente del pueblo comenta que antes eran negocios que cerraron o incluso peñas, poco menos que insalubres, de los mozos. Más allá hay una casona precintada por la Guardia Civil con manchones negros: se quemó hace unas semanas, cuentan que porque alguien hizo una barbacoa de interior, si bien a menudo ven a personas entrando y saliendo. Allí, un caserón donde se hundió la bodega tiempo atrás y que amenaza con colapsar cualquier día sin que los moradores la terminen de abandonar.
Preguntar en un bar revela las distintas actitudes hacia esa realidad. Un lugareño que trabaja en el campo rechaza que haya especiales complicaciones; su colega de taburete reniega tras guiñar el ojo y elevar las cejas ante las palabras del otro. “Yo tengo pelotas y lo digo”, se arranca: le molesta que haya “40 personas en una casa, son negreros en 2026” y llama “mafia” a los responsables de la red que gana “un pastón” sabiéndose necesarios porque ya no hay campesinos y sus cuadrillas son imprescindibles para las cosechas, pues las pobres condiciones laborales alejan a los jóvenes que antes buscaban un extra para pagarse los estudios o los caprichos. “El que los contrata tiene tanta culpa como los negreros”, censura hacia los terratenientes que cierran los ojos sobre las condiciones del currante y recurren a estos “mafiosos”. Los conflictos, en forma de alguna pelea por temas de dinero, no adaptación o alcohol, no los justifica, pero los entiende: habría que verse solos, malviviendo en otro país, sin ocio o amistades, en casuchas desbordadas, infames, que en verano algunos abandonan para dormir a la fresca sacando el colchón a la calle porque se asan ahí dentro. El camarero comparte opinión sobre los “negreros” y dictamina que “el lío viene de arriba, de quien les contrata”. Pronto serán las fiestas de Nava y por la zona hay runrún sobre si puede haber jaleo entre los nativos, quemados con la situación y con el racismo creciendo, y los forasteros, propensos a la bebida y sin arraigo. Unos chavales ponen cara de circunstancias al preguntarles en la terraza y una mujer reprueba la “falta de civismo” de las cuadrillas, habitualmente del este de Europa o magrebíes.
Consultar a la Subdelegación del Gobierno en Valladolid ofrece las mismas conclusiones que en el vecindario, algo poco habitual. Misma historia: extranjeros hacinados, infravivienda con “mafiosos” comprando casas aprovechando la despoblación, alcohol recurrente, algún disturbio, capataces astutos que desplazan a trabajadores cuando dan guerra y españoles contratándolos.
-¿Y por qué…?
-¿Que por qué sigue pasando si conocemos el problema? Porque los mafiosos no son tontos. Controlamos la Inspección de Trabajo e intentamos desmantelar los grupos cuando tienen a ilegales, pero tienen un sistema de testaferros y empresas para seguir haciendo lo mismo. A veces no pagan el IVA de los contratos de los terratenientes y se esfuman; imposible encontrarlos. Vivienda es competencia de la Junta de Castilla y León (PP); la Inspección podría entrar si las empresas fueran propietarias de las viviendas, pero están muy bien asesorados jurídicamente.
Esta fuente cree que es una investigación que podría ejecutar la Fiscalía con la Guardia Civil porque es “desarticular una mafia” y lamenta que hay alcaldes, grandes empresarios y agentes sociales —repetidos tanto por las autoridades como por los vecinos— dentro de la trama, por determinados intereses, pero que no se les puede acusar fácilmente. Eso sí, quienes se lucran con los extranjeros “luego votan a Vox”. EL PAÍS ha consultado a la Junta, que achaca “la infravivienda” a “competencia municipal”. La alcaldesa (PP) no contesta ni al teléfono ni al WhatsApp, pero envía a sus vecinos convocatorias de manifestaciones: “Nava del Rey está con Ceuta”. De vuelta a las calles, dos señores exhiben el manual de reacción contra los de fuera: primero inflamarse y luego aceptar los matices. Nadie da nombres por si acaso. “No estamos como en Ceuta, pero… ¡Estamos todos hasta los…!”, exclama uno, citando al nombre al que todos apuntan, pero que no se puede señalar alegremente, un tipo a quien hace poco vieron negociando otro contrato junto al dueño de unas tierras en un bar. “¡Tienen unos cochazos y unas casazas…!”, se asombra uno al recordar los encuentros que de vez en cuando esos líderes hacen en tabernas u hogares particulares en Nava o alrededores.
Su amigo desgrana: “Los jefes no son nada tontos, saben que no tienen competencia y cobran bien a los empresarios. ‘¿Cuánto me cobras por este viñedo? Esto’. Esa gente viene engañada para trabajar, se encuentran con que no hay nada, les dan comida y una ducha y a las cinco de la mañana viene la furgoneta para llevarles a deshojar el viñedo, los culpables son los jefes”. Los vecinos, ya mayorcitos, se despiden con una reflexión sobre la crisis demográfica que va menguando Nava del Rey y al medio rural, cuyo sector agrícola se adapta aunque no guste cómo: “Siempre ha habido ricos y pobres, pero antes los ricos eran españoles. Ahora son los rumanos. O van los rumanos al campo o no va nadie”.
Juan Navarro
(Foto: El País)