23/10/2025
ㅤㅤ 01—雪は愛の表現です。🗻
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Nadie recordaba haber visto nieve en aquel lugar. El invierno siempre había sido seco, un frío que se limitaba a morder el aire sin tocar el cielo. Pero esa noche, algo cambió.
Primero fue el silencio: un silencio tan denso que parecía contener el mundo entero. Luego, una brisa distinta, casi temerosa, recorrió las calles vacías. Y entonces, los primeros copos comenzaron a caer.
Pequeños, inofensivos, como fragmentos de un sueño. Al principio, nadie lo notó. Pero cuando los tejados se vistieron de blanco y las luces del pueblo reflejaron destellos plateados, todos salieron a mirar. Había asombro en sus ojos, risas nerviosas, voces que se entremezclaban con la respiración helada.
Él, sin embargo, no reía. Permaneció quieto, en medio de la calle, dejando que los copos se posaran sobre su abrigo oscuro. Levantó la mirada al cielo, y por un instante, juró ver algo más allá de las nubes: un resplandor distante, casi humano.
Era una belleza que dolía. Porque aquella nieve, tan pura, tan imposible, le hablaba de algo que no debía recordar.
Sintió entonces un tirón en el pecho, una nostalgia sin nombre. No sabía de dónde venía esa sensación, pero lo comprendió de forma instintiva: en algún lugar lejano, quizás sobre una colina olvidada, alguien estaba trabajando en silencio. Alguien que no conocía el calor del tacto, pero sí la fragilidad amorosa del gesto.
Y con cada movimiento, con cada corte delicado, el aire se llenaba de un polvo blanco que el viento llevaba hasta ellos. Era su forma de estar presente, de decir aquí sigo, aunque el mundo lo hubiera dejado atrás.
Los demás celebraban la nevada como si fuera un milagro. Él, en cambio, la recibió como una confesión. Una carta escrita con copos en lugar de tinta.
Porque comprendía —sin saber por qué— que aquella nieve no era simple agua congelada, sino pedazos de alma, fragmentos de un corazón que no podía tocar sin herir, y aun así, seguía creando belleza.
Se quedó allí hasta que el frío le entumeció las manos, observando cómo el pueblo se cubría de blancura. No dijo nada. Solo respiró hondo y dejó que el aire helado le quemara un poco los pulmones, como si eso lo acercara más al origen de aquel milagro.
Y cuando la noche se cerró por completo, pensó —sin voz, sin palabras— que tal vez la tristeza más pura del mundo era aquella que hacía caer la nieve.
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