11/06/2026
Salek Ahmed innal
La generación perdida
Desde hace unos días, la opinión pública saharaui se encuentra conmocionada por la muerte de tres jóvenes militares como consecuencia de la intervención de un dron marroquí en la región de Guelta. Entre las víctimas figura Lehbib Mohamed Abdelaziz, hijo de Mohamed Abdelaziz, el dirigente que durante décadas encarnó el liderazgo histórico del Frente Polisario.
La desaparición de Lehbib no inaugura una nueva etapa; probablemente clausura una posibilidad. La posibilidad de una transición interna capaz de renovar liderazgos, estrategias y discursos en un movimiento cada vez más prisionero de sus propias inercias. Lo que se perfila en el horizonte no es tanto una refundación como la prolongación agónica de un modelo exhausto, atrapado entre sus contradicciones internas y un contexto internacional cada vez menos favorable a sus aspiraciones, en el marco de lo que ya algunos perciben como una generación perdida.
La desaparición de Lehbib no abre un periodo de incertidumbre; lo cierra. Lo que se avecina, entre las dificultades del proceso político desde que la administración Trump marcó la pauta y la corrosión interna de una cúpula dispuesta a hundir la causa antes que soltar el poder, no es una refundación, sino el acta de defunción política del Frente Polisario.
La etapa abierta por la implicación de la administración Trump en favor de una solución alineada con las tesis marroquíes parece haber introducido un poderoso factor de aceleración histórica. Lo que durante años fue un lento desgaste amenaza ahora con transformarse en una rápida pendiente hacia el abismo. Ante la perspectiva de un proceso diplomático susceptible de consolidar definitivamente una salida alejada de sus postulados tradicionales, la dirección del Polisario transmite la impresión de oscilar entre la resistencia retórica y la incapacidad de asumir las consecuencias de sus propios errores estratégicos. En ese contexto, la desaparición de una figura emergente como Lehbib Mohamed Abdelaziz, hijo del histórico líder Mohamed Abdelaziz, fallecido hace una década, adquiere un significado que trasciende lo personal: simboliza la incapacidad de una organización envejecida para regenerarse precisamente cuando más lo necesitaba.
Entretanto, los guardianes del templo continúan interpretando el ritual de la aflicción pública con una profesionalidad casi impecable, secándose las lágrimas con la misma mano con la que nunca apartaron al muchacho del borde del precipicio. Porque en los movimientos que han perdido la capacidad de renovarse, los herederos suelen resultar más útiles como mártires que como sucesores.