22/05/2026
La esclava de la calle Abades
En Sevilla las piedras hablan. Y las calles, más. Hay calles que cuentan su historia a voces, como la Sierpes bullanguera o la Feria deslenguada. Pero hay otras que susurran. Y entre esas calles de voz baja, de sombra antigua y silencio conventual, ninguna como la calle Abades. Porque Abades no se anda: se pisa despacio. Como quien entra en una iglesia. Como quien teme despertar algo dormido bajo los adoquines.
Dicen los viejos del barrio de Santa Cruz —que es el barrio donde las leyendas no se inventan, sino que simplemente se recuerdan— que en una casa principal de la calle vivía, allá por mediados del XIX, una muchacha esclava. Negra como la noche sin luna sobre el Guadalquivir. Silenciosa. Invisible. Una de esas criaturas condenadas a servir sin dejar rastro, como si nunca hubieran nacido.
La Sevilla rica tuvo esclavos. Y muchos. Más de los que luego quiso recordar. Porque esta ciudad, tan dada al incienso y a la memoria selectiva, levantó palacios y comercios mirando al río, y por el río llegaron también cadenas, mercancías humanas y lágrimas de ultramar. Sevilla fue puerto de Indias y puerto de esclavos. Y eso, aunque incomode a los señoritos de la nostalgia limpia, también forma parte de su historia.
La muchacha servía en una casa cercana a la vieja Casa de los Pinelo, aquel palacio renacentista donde aún parece que las columnas escuchan conversaciones de hace quinientos años. Y una noche —porque todas las leyendas sevillanas ocurren de noche— la esclava desapareció.
No huyó por la puerta. Ni saltó tapias. Ni corrió calle abajo perseguida por alguaciles con faroles. La tradición cuenta que levantó una losa del zaguán y descendió al vientre de Sevilla. A las entrañas húmedas y secretas de la ciudad.
Bajó a un túnel.
Ahí empieza la Sevilla verdadera. La que no sale en los folletos turísticos ni en las postales de azahar. La Sevilla subterránea. La de los pasadizos, las galerías cegadas, los arcos enterrados y los sótanos donde aún huele a tierra mojada y a siglos encerrados.
Los que intentaron perseguirla descendieron tras ella con antorchas. Pero entonces ocurrió lo imposible. O lo sevillano, que viene a ser parecido. Una nube de murciélagos surgió de la oscuridad y apagó las llamas aleteando en aquel túnel estrecho. Los hombres huyeron aterrados. Y de la muchacha nunca más se supo.
Ni cuerpo. Ni nombre. Ni destino.
Sólo quedó la historia.
El gran José María de Mena, cronista de las Sevillas invisibles y buscador de fantasmas históricos, habló de aquellas galerías. Decía que existían. Que las vio. Que partían desde la calle Abades con dimensiones humildes, casi de madriguera humana, y que avanzaban bajo la ciudad hasta perderse entre derrumbes y silencios.
Porque Sevilla está agujereada como un queso gruyer histórico. Debajo del adoquín hay otra ciudad. Romana unas veces. Árabe otras. Medieval muchas. Conductos de agua, criptas olvidadas, pasadizos de huida, almacenes, refugios y túneles que quizá conectaron conventos con palacios, iglesias con alcázares, o el miedo con la salvación.
Y ahí aparece la imaginación sevillana, que es la mejor arquitecta de la ciudad. Unos dicen que aquellos túneles llegaban hasta el Real Alcázar de Sevilla. Otros, que buscaban el río para facilitar huidas o contrabandos. Hay quien asegura que comunicaban con las Reales Atarazanas. Y no falta quien mete por medio a la Santa Inquisición, porque en Sevilla toda galería oscura acaba desembocando en un sambenito.
Lo cierto es que cada vez que se abre una zanja en el casco antiguo aparece algo. Una bóveda. Un muro. Un arco. Una sombra del pasado. Sevilla nunca está terminada de descubrir porque Sevilla tiene más historia debajo que encima.
Y quizá por eso esta leyenda sigue viva.
Porque no habla solamente de una esclava fugitiva. Habla de una ciudad entera construida sobre secretos. Sobre olvidos. Sobre gente sin nombre que desapareció bajo las piedras mientras arriba seguían sonando campanas y pasando cofradías.
A veces, cuando cae la noche en la calle Abades y el silencio se queda solo entre los faroles, uno imagina aquella losa levantándose lentamente. Un crujido. Un soplo de aire húmedo saliendo del subsuelo. Y una muchacha descendiendo hacia la oscuridad con la esperanza por delante y el miedo detrás...