15/05/2026
Salir de casa nos cuesta. Las mañanas pasan veloces entre gritos y expediciones de última hora: “Que todo el mundo busque los zapatos de Sancho”, “¿alguien ha visto el abrigo de Pedro?”. El desayuno sabe a cola cao y galletas rotas, fruta, yogur. A uniformes. A jabón de manos y pasta de dientes. A prisa.
Las tardes se presentan parecidas: el vestíbulo convertido en maletero de autobús con mochilas, abrigos, más mochilas, un dibujo… Y empieza de nuevo. “¿Alguien tiene un lápiz?”, “¿habéis visto el cuaderno…?”. Las compras, las cenas, el momento de acostarse… suenan igual. A caos más o menos ordenado. Risas entre lo imperfecto. El lujo de lo ordinario. Nervios. Frustraciones.
Y eso está bien. Este año, en el día de la Familia, me quedo con todo ello. Con este humilde homenaje a la locura diaria de madres, padres, hermanos, abuelos, amigos, primos, tíos,... de familias numerosas.
Porque cada detalle, empezando por la preparación del almuerzo o las súplicas para que se vayan a la cama, cuentan. Forman parte de una composición de recuerdos y lecciones prácticas para el futuro. Con suerte, transformarán a esos, hoy locos bajitos, en adultos que saben que el trabajo en equipo exige, pero vale cada esfuerzo. Que entienden que no hace falta que la vida sea perfecta. Que juntos puede ser mejor porque cada uno aporta algo genuino. Que compartir el último mordisco de una merienda no podrá ser nunca cuestión menor. Que el amor no se divide, se multiplica. Que familia significa hogar en 80 metros cuadrados o en una casa con jardín porque existe donde están los tuyos. Que un hermano representa un tesoro incluso cuando solo se te ocurren maneras de chincharle. Que la mejor ley matemática recoge cómo compartidas, las alegrías se multiplican y las p***s se dividen. Y que en la misma familia y bajo el techo de la misma habitación caben visiones tan dispares como apasionantes del mundo que abren mentes y corazones…
Sin haberlo pensado mucho, invierto las líneas y palabras de este artículo en lo que no sale en los anuncios, lo que no llama la atención, lo aparentemente aburrido, el desastre... Porque ahí sucede la vida. Y eso también está bien