05/09/2026
No es un incendio forestal, ni un vertido tóxico, ni una plaga: es un papel sellado por la Junta de Andalucía el que está condenando a un centenar de ciervos, muflones y cabras montesas a la incertidumbre. La imagen que debería ser un santuario de vida, donde los animales recuperados del fuego o del atropello encuentran un respiro, se ha convertido en el escenario de una batalla burocrática que dura ya año y medio. Antonio Calvo, con la voz quebrada por el cansancio y la angustia, se desvive cada día para conseguir los 350 kilos de comida que necesitan sus pupilos, mientras la administración andaluza exige el cierre definitivo de la Eco Reserva de Ojén por "faltas graves": falta de personal especializado, ausencia de programas biosanitarios, o la presencia de zorros y jabalíes sin la documentación legal que los centros oficiales se niegan a admitir. Esta no es la postal de un paraíso perdido, sino la de un purgatorio administrativo donde los animales pagan las consecuencias de una disputa entre la letra de la ley y el espíritu de la conservación.
La agonía de la Eco Reserva de Ojén no es un hecho aislado, sino un síntoma más de un patrón global donde la burocracia, a menudo bienintencionada, se convierte en un arma de doble filo contra quienes intentan proteger la biodiversidad. Es el mismo choque que vimos en la lucha por la liberación de Lo**ta, o en la compleja gestión de los incendios en Grecia: la distancia abismal entre las normativas diseñadas en los despachos y las necesidades urgentes sobre el terreno. Aquí, el modelo extractivista y la desconfianza cultural se disfrazan de procedimiento administrativo, mientras el cambio climático y la pérdida de hábitat siguen avanzando. La reserva, nacida de la ceniza de un incendio que arrasó 8.500 hectáreas en 2012, se convierte en un símbolo de cómo la desgracia puede germinar en esperanza, y cómo la esperanza puede ser ahogada por la rigidez de un sistema que prioriza el expediente sobre la vida.
Las consecuencias ecológicas son tangibles: un centenar de animales que, de ser desalojados, podrían enfrentarse a un destino incierto, cuando no a la muerte. Pero el impacto moral es más profundo y desgarrador. Que un hombre como Calvo, con el apoyo de más de 81.000 personas y la ayuda de voluntarios, tenga que luchar contra su propia administración para alimentar a los seres que ha salvado, nos retrata como una sociedad que ha perdido la capacidad de distinguir entre la norma y el bien común. La perplejidad del gato ante el fuego se convierte aquí en la desolación del cuidador ante el juez, en la ironía de que los mismos organismos que deberían proteger la naturaleza se conviertan en sus verdugos. ¿De verdad es esto un problema, se pregunta Calvo, cuando hay chiringuitos ocupando playas o vertidos sin depurar a los que no se persigue?
Y sin embargo, en la resistencia de la Eco Reserva hay también un camino de esperanza realista. La movilización ciudadana, el apoyo de empresas como El Corte Inglés con su proyecto Residuos Cero, y el recurso judicial interpuesto por su abogado, muestran que la sociedad civil está despierta. La tecnología y el conocimiento de los biólogos y veterinarios que colaboran puntualmente son herramientas valiosas. Pero la solución definitiva no pasa solo por ganar un pleito; pasa por reformar una administración que debe ser aliada, no enemiga, de la conservación. Es urgente crear mecanismos ágiles que valoren el trabajo sobre el terreno, que permitan subsanar deficiencias sin cerrar espacios, que entiendan que la vida no espera a los plazos judiciales. La Eco Reserva de Ojén podría ser el modelo de un nuevo paradigma: el de una gestión participativa, transparente y flexible, donde la burocracia sirva a la vida y no al revés.
Porque la pregunta que nos deja esta agonía en la m***aña malagueña es tan cortante como una hoja de expediente: si la administración es capaz de perseguir con saña a quien salva animales mientras mira hacia otro lado ante los grandes depredadores del medio ambiente, ¿qué nos dice eso de nuestras prioridades como sociedad? ¿Acaso no es hora de preguntarnos si la verdadera amenaza para la biodiversidad no son solo los incendios, las sequías o las especies invasoras, sino también la cerrazón de un sistema que, con su peso, aplasta las manos que alimentan?