12/12/2025
Hace algunos años fui a recoger a mi abuela al centro de día y la encontré disfrazada con una bolsa de basura. Me quedé paralizada.... En mi casa nunca habíamos hecho esas cosas: ni coronas de cumpleaños, ni disfraces, ni dinámicas infantiles. Verla así, fuera de su identidad, fue un punto de inflexión para mí.
"Aquel momento me marcó profesionalmente".
Desde entonces, cada vez que veo dibujos para colorear con personajes infantiles, coronas de cumpleaños o disfraces hechos con bolsas de basura en espacios para personas mayores, se me enciende una alerta. No porque las actividades sean “malas” en sí, sino porque representan algo más profundo:
Un modelo que infantiliza, homogeneiza y despersonaliza a quienes más merecen respeto y autonomía.
Cuando proponemos actividades que jamás formarían parte de la vida adulta de esa persona, cuando se decide sin preguntar, cuando se usa el entretenimiento como sustituto de la autonomía, lo que se pierde es la dignidad
Como profesionales y como instituciones, tenemos la responsabilidad de avanzar hacia modelos donde:
*La biografía marque la intervención, no la rutina del centro;
*Las actividades sean significativas, no infantiles;
*Cada persona pueda decidir, participar y dirigir su día a día;
*La creatividad esté al servicio de la dignidad, no del paternalismo.
Aquel día entendí algo que guía todo mi trabajo desde entonces: innovar en envejecimiento no es llenar agendas; es devolver sentido, identidad y respeto.
Si queremos transformar los servicios para personas mayores, el primer paso es sencillo:
Dejar de tratar a las personas mayores como si fueran niñas o niños y empezar a reconocerlas como personas adultas, diversas y con derechos que deben orientar cualquier intervención.