Recordando Gandia con Paco Martí

Recordando Gandia con Paco Martí etc.
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Historia de Gandia y La Safor, relatos de Historia académica y popular, vida y costumbres de época, foto vintage, cambios urbanísticos, reflexiones, biografías, personajes públicos.

LA ALQUERIA  DEL "TIO TONI", SIGLO XIX.  BARRIO DE COREA-GANDIA.En algunos lugares de España y principalmente de Valenci...
28/08/2026

LA ALQUERIA DEL "TIO TONI", SIGLO XIX. BARRIO DE COREA-GANDIA.

En algunos lugares de España y principalmente de Valencia o Andalucía, se llaman alquerías a las casas de labranza generalmente situadas en zonas de regadío y alejadas de los núcleos de población, que contienen una o varias viviendas de distinto tamaño e importancia y patios y dependencias para el desarrollo de las labores agrícolas y el almacenamiento de los productos.

La palabra es de clarísimo origen árabe (al-qaria, pueblecito o caserío), como lo es su primitivo uso en la España musulmana, donde se llamaba alquerías a pequeñas comunidades agrícolas situadas en las cercanías de poblaciones importantes. Muchas de ellas fueron desapareciendo con el tiempo, como es el caso de la Alquería del Tio Toni de las fotografías.

Eran otros tiempos, sin duda, en los que cruzar las vías del tren era como adentrarse en Gandía. Corea estaba "allá lejos", cuando la palabra turismo era la gran desconocida. No existía el «botellón» las nuevas tecnologías ni tanta densidad de población, pero sí la huerta y sus alquerías, tan cercanas a la ciudad. Como la "del Tio Toni", que estaba situada en el Barrio de Corea, cruce de las calles Poeta Llorente con calle Tirso de Molina.(emplazamiento foto nº 3, al fondo a la derecha, rodeado de huerta).

Rodeada de naranjos y vallada por un muro de mortero que la circundaba, iban a pasar los festivos sus propietarios engalanados por trajes de la época. Allí nadie les molestaba, alejados de la Ciudad; Corea era un campo, no existía nada alrededor de esta Alquería, era un sosiego de paz únicamente roto alguna vez por el trino de algun gilguero con su "llamada" de encanto.

En los años 60 del pdo. siglo los niños saltábamos el muro que circundaba dicha alquería y realizabamos nuestro "juego más perverso y habitual", "Furtar taronges". Ya solo había un casero que guardaba y vigilaba su huerta.

Esta Alqueria, mas bien era usada por sus propietarios como casa de campo y asueto. Perteneció a la familia del farmacéutico D.Ignacio Martinez de Gandía.

Eran otros tiempos.......

EL REAL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE LA VALLDIGNA DE SIMAT EN UNA FOTOGRAFÍA DE 1886. POSIBLEMENTE LA MÁS ANTIGUA EXISTE...
21/08/2026

EL REAL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE LA VALLDIGNA DE SIMAT EN UNA FOTOGRAFÍA DE 1886.

POSIBLEMENTE LA MÁS ANTIGUA EXISTENTE, DONDE A PESAR DE SU FAVORABLE IMAGEN YA HABÍA PERDIDO GRAN PARTE DE SU RICO PATRIMONIO.

El Real Monasterio fundado por el rey de Aragón,
Jaume II, el Just (Jaime II el Justo) (1291-1327). Según la tradición, este rey, después de guerrear contra los musulmanes por tierras de Alicante y Murcia, al pasar por este valle, llamado Alfàndec (el barranco), e impresionado por su fertilidad y belleza, dijo dirigiéndose a su capellán Fray Boronat de Vila-Seca abad del monasterio cisterciense de Santes Creus: "Vall digna per a un monestir de la vostra religió". Y el abad contestó: "Vall digna". Traducción literal: Valle digno para un monasterio de vuestra religión.

En 1835 con la desamortización de Mendizábal, el monasterio queda abandonado y muchas partes y elementos del mismo son vendidos a particulares, comenzando una de las devastaciones mas terribles que sobre el patrimonio histórico se han realizado.

El interior y aledaños del monasterio llegó a ser utilizado como campo de naranjas, establo, almacén, han llegado a entrar maquinaria pesada e incluso se han usado explosivos en el interior, lo que da idea del estado de abandono que tuvo lugar después de la desamortización.

En 1991 La Generalitat Valenciana adquirió el monasterio por 231 millones de pesetas, y se iniciaron las actuaciones para su recuperación. En 1998 se celebró el 700 aniversario de su fundación, siendo este hecho un relanzamiento definitivo para su restauración. El plan director de la obra de recuperación del monasterio corrió a cargo del arquitecto don Salvador Vila.

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EL HOSTAL FALLERO DEL PRADO Y NINO BRAVO.En la segunda década de los años 60, la juventud de Gandía y la Safor frecuenta...
12/08/2026

EL HOSTAL FALLERO DEL PRADO Y NINO BRAVO.

En la segunda década de los años 60, la juventud de Gandía y la Safor frecuentaba con mucha asiduidad tres locales de baile, que relacionados con las Comisiones Falleras, se instalaron en Gandía. El Casal Fallero de Corea, El de San José y El Hostal Fallero del Prado.

La pista de baile era animada por bandas en vivo. El personaje del DJ todavía no existía.

Todo tuvo un comienzo , como la moda hippie , la minifalda, los Beatles y aquella rebeldía transgresora que comenzó con sus limitaciones y censura de por medio en los años 60.

El baile que hizo furor en 1960 encarnó a dos de las cualidades que hicieron revolucionaria a la década. Anunciando una etapa de individualismo desenfrenado, el twist podía bailarse sin pareja. Se basaba en un movimiento de pelvis apoyado en una cadera que desafiaba cualquier decoro tradicional.

En aquellas primeras salas de baile, las chicas sentadas y arrimadas a la pared del local, recibían la pretensión del joven de turno quien intentaba "sacarla" a bailar.... "¿Bailas?", solicitaba él. "No me apetece", negaba ella modosita.. Pensar más allá de unos besos, abrazos o roces, era algo que no solía suceder. Eran otros tiempos.....

Y ASÍ ALGUIEN RECORDARÁ LOS BAILES EN EL "HOSTAL FALLERO DEL PRADO", EN LA DÉCADA DE LOS 60, AL RITMO DEL CONJUNTO SUPERSON Y SU CANTANTE LUIS MANUEL FERRI, DESPUÉS "NINO BRAVO".

EN LA FOTOGRAFÍA nº 1 EL DIA DE SU INAUGURACIÓN, EN OCTUBRE DE 1967. BENDICIENDO EL LOCAL EL PARRÓCO DE LA IGLESIA DE SAN JOSÉ D. ALFREDO BONO, JUNTO AL PROPIETARIO DEL "HOSTAL", ANTONIO CLIMENT "MISTERI", Y D. ANDRÉS MERÍ, DIRECTOR TÉCNICO DEL C.F. GANDIA.

ASÍ EMPEZÓ SU CARRERA JOSÉ LUIS FERRI LLOPIS "NINO BRAVO", DESPUÉS DE PERTENECER AL TRIO "LOS HISPÁNICOS" (foto nº 2), CANTANDO EN PRESENTACIONES FALLERAS, BAILES Y VERBENAS.

LAS CASUALIDADES Y DESGRACIAS DE LA VIDA LE LLEVARON A SUSTITUIR AL CANTANTE DEL GRUPO "LOS SUPERSON" (foto nº 3 y 4 ), CARLOS LARDIES, QUE FALLECIÓ EN ACCIDENTE DE TRÁFICO.
AL PASO DEL TIEMPO EL GRUPO QUE VENÍA A GANDIA CON NINO COMO "LOS SUPERSON" CAMBIÓ SU NOMBRE ARTÍSTICO AL DE "NINO BRAVO Y LOS SUPERSON FOTOS nº 5 y 6).

EL GRUPO SUPERSON:

Luis Manuel Ferri "NINO BRAVO" perdió su trabajo, y dada su amistad con Vicente López, bajista de Los Superson, y aprovechando que estos buscaban sustituto por baja de su cantante Carlos Lardíes en accidente de tráfico, se incorporó al conjunto, del que fue titular ya para siempre (foto nº 7 y 8). Más adelante salieron del conjunto Josep Bosch, guitarra solista y Saturnino (Nino) Naredo, guitarra rítmica, fundadores del conjunto, y entraron los hermanos José y Vicente Juesas, guitarra y teclado. Ubicaron su lugar de ensayo en la localidad valenciana de Catarroja en el corral de la casa de uno de sus componentes, el trompeta Juan Enrique Morellá. Este conjunto fue el que le acompañó en todas sus actuaciones hasta el final de su carrera artística, (fotos nº 9 y 10).

Por palabras de Pepe Juesas, guitarrista y compositor de Nino, y compañero suyo en Los Superson, a Nino le gustaban muchos cantantes clásicos, como Frank Sinatra o David Clayton-Thomas, que luego fue su rival en el Festival de Río de Janeiro; había italianos que le gustaban mucho, era un forofo de la canción italiana. Además, Nino Bravo podía tener un estilo propio, pero cantar canciones de todos, a él no le gustaba encasillarse en un estilo concreto, sino poder abarcar otros estilos diferentes.

Nino entendía que él era cantante, y le pusieran la canción que le pusieran, tenía la obligación de hacerla sonar como Nino Bravo, aunque la hubiera cantado otro antes; eso es lo que él entendía por cantar.

Un desgraciado accidente sesgó la vida de uno de nuestros mejores cantantes valencianos.
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03/08/2026

UNA FOTOGRAFÍA....Y TODA UNA VIDA DETRÁS.

Hay fotografías que solo muestran un rostro. Otras, sin embargo, guardan una vida entera llena de recuerdos.

Cuando observo esta imagen no veo únicamente el paso de los años. Veo al niño que descubrió las calles de Gandía, al joven que fue creciendo entre sus plazas, sus barrios y sus gentes, y a la persona que nunca dejó de sentir un profundo amor por la ciudad que le vio nacer.

Muchas personas me preguntan de dónde nacen las historias que comparto.La respuesta es muy sencilla: nacen de mi propia vida.

Gran parte de los relatos que publico son el reflejo de mis experiencias personales, de conversaciones mantenidas con quienes ya no están, como mi familia, abuelos y padres, que fueron grandes representantes públicos de aquella Gandía; de vivencias acumuladas durante décadas y del conocimiento que el tiempo me ha permitido adquirir sobre Gandía a consecuencia de mí profesión.

No escribo únicamente sobre edificios o fechas; escribo sobre la vida que hubo dentro de ellos, sobre las personas que dieron alma a nuestras calles y sobre aquellos pequeños detalles que rara vez aparecen en los libros, pero que permanecen en la memoria de quienes los vivimos.

Quizá sea esa la razón por la que tantos lectores se sienten identificados con mis publicaciones. En ellas no solo encuentran historia; encuentran recuerdos, emociones y una parte de sí mismos.

Los años dejan su huella en el rostro, pero también nos regalan algo muy valioso: la capacidad de recordar, de comprender mejor nuestro pasado y de compartirlo con quienes desean conocerlo.

Mientras conserve esa ilusión por escribir y esa memoria que me sigue llevando de la mano por la Gandía de ayer, continuaré contando historias.

Porque cada una de ellas representa un pequeño homenaje a nuestra ciudad y a todas las personas que la hicieron única.

Ese ha sido, y seguirá siendo, el verdadero sentido de "Recordando Gandia con Paco Martí": compartir no solo la historia de Gandía, sino también la vida que tuve la suerte de vivir en ella.

Gracias por ayudarme a estar aquí recordando vivencias.

LA PLAZA MAYOR DE GANDIA: CORAZÓN Y LATIDO DE UNA CIUDAD EN TRANSFORMACIÓN. (1869-1965).SEGUNDA PARTE. LA PRIMERA YA PUB...
17/06/2026

LA PLAZA MAYOR DE GANDIA: CORAZÓN Y LATIDO DE UNA CIUDAD EN TRANSFORMACIÓN. (1869-1965).

SEGUNDA PARTE. LA PRIMERA YA PUBLICADA.

Para entender el latido de la Plaza Mayor, hay que viajar en el tiempo hasta la Gandía de la segunda mitad del siglo XIX, una ciudad que todavía se encontraba resguardada y encerrada dentro de sus antiguas murallas.

En el centro de la plaza destacaba un antiguo farol de reverbero sostenido por una columna monolítica, la cual había sido rescatada de las obras realizadas en los alrededores del Convento de San Roque. La evolución de la iluminación en este espacio marca el ritmo del progreso de la ciudad: el alumbrado público se estableció originalmente en el año 1844 utilizando aceite de oliva como combustible, (foto nº 1).

No fue hasta 1870 cuando se empezó a usar el petróleo. En aquella época, toda Gandía contaba con apenas cuarenta y una farolas (un número similar al de sus travesías). Al estar emplazadas exclusivamente en las esquinas, estos faroles no iluminaban realmente la plaza, sino que funcionaban más bien como suerte de "faros terrestres" o puntos de referencia para los caminantes nocturnos.

2. El Paisaje Humano y el Comercio Ambulante.

La plaza era, ante todo, un escenario de "hervidero humano". Los días de mercado, el espacio se transformaba con el desfile de labradores que acudían desde los pueblos vecinos vistiendo la indumentaria tradicional: blusa negra, gris o caqui, complementada con la gorra valenciana, la boina o el sombrero de paja, y las clásicas espardenyes de careta. Como muestra de arraigo a sus costumbres, cuando la moda impuso el uso de la chaqueta burguesa, los campesinos más apegados a la tradición optaban por colocarse la blusa encima de la propia chaqueta.



El ambiente sonoro y visual de la plaza estaba lleno de oficios tradicionales ya desaparecidos. Por allí pasaba: El vendedor de arrop y tallaetes a lomos de su burro, rodeado por los niños que le respondían con rimas populares ("y merdeta per a les chiquetes"). El afilador de cuchillos y herramientas, anunciando su llegada con el sonido característico de su flauta.

Artesanos itinerantes como el reparador de paraguas, el que cosía las grietas de lebrillos y jarros, el embovador de sillas de enea o el componedor de asientos de esparto.



Trabajadores especializados, como el que vestía garrafas con virutas de caña o el vendedor de terreta. El repartidor de pan, que caminaba con la panera sobre la cabeza pregonando: "pa blanc, qüernes de pa de áigua". Las mujeres que venían desde Oliva expresamente los días de mercado para vender la gamba pequeña del Molinell, al grito de "A la bona gamba". Esta gamba, frita con acelgas hervidas o como relleno de empanadillas, constituía uno de los platos más exquisitos de la gastronomía local.



3. El Mercado Municipal Cerrado y la Vida de Barrio.

Bajo la alcaldía de D. Teodoro Carpi Cervelló (nombrado el 19 de septiembre de 1907), la fisonomía de la plaza cambió para siempre con la construcción del Mercado Municipal cerrado. Se diseñó como un edificio rectangular de techos altísimos para combatir el sofocante calor estival, coronado por unos icónicos ventanales circulares que garantizaban una ventilación constante, (fotos nº 2-3-4-5 y 6).



En su interior, el bullicio diario adquiría un tono casi musical: el tintineo constante de las balanzas de platillos y los gritos de los carniceros vestidos con mandiles blancos se mezclaban con los carteles de cine y teatro pegados en los muros, entrelazando el comercio cotidiano con la cultura local. Entre las paradas más populares y concurridas destacaban la de Aceitunas y Encurtidos Guerola, (foto nº 7) y la Carnicería de Lorenzo Aparisi. Fuera del mercado, la convivencia diaria también tenía sus retos.

Los vecinos se quejaban constantemente del polvo que levantaba el barrendero en unas calles que aún no estaban adoquinadas ni asfaltadas. Para solucionarlo en tiempo seco, un carro con un depósito de agua regaba la plaza en todo su alrededor, inclusive en la parte que daba a la Puerta de la Colegiata que era un verdadero vertedero de escorias. La entrada a la Colegiata necesitaba de un entorno limpio. (foto nº 8).

Más adelante, con la llegada de los camiones auto-cubas se convirtió en una auténtica fiesta para la chiquillería: el conductor regulaba la presión de salida del agua y cortaba o extendía la cortina lateral para no mojar a los peatones o las sillas de las terrazas, mientras los niños saltaban alegremente intentando esquivar el agua o buscando la "fresca mojadura" que el conductor les lanzaba con picardía.

El tejido comercial se completaba con los emblemáticos establecimientos que rodeaban la plaza: los ultramarinos del Sr. Selfa, la carnicería de El Zurdo de Pamis (vinculado al Trinquete), el bar La Cuba de Oros de Ramón García, los establecimientos de El Capitá y Los Tanques del Sr. Vicent, la sombrerería del Sr. Escrivá "El Gorrero" (foto nº 9), la tienda del Sr. Marqués, la Zapatería Ripoll, la peluquería del Sr. Chorro, Ignacio Serra (rosquillero) y Marcos Peris-Carnicero,(foto nº 9.1), la Farmacia Trilles, la Droguería Amorós (foto nº 10), la Perfumería Llobell, las joyerías de Piquer,(foto nº 11) y García y en épocas más recientes, Confecciones Diaga.



4. Los Guardianes del Orden y la Antigua Prisión.

La Plaza Mayor estaba flanqueada e institucionalmente protegida por las dos grandes fuerzas de la época: la fe y la ley. En un lado se erigía la Colegiata (La Seu), cuya torre gótica marcaba con sus campanas las horas del rezo y del trato comercial. En el otro, el Ayuntamiento, con su imponente fachada de piedra labrada y columnas clásicas como símbolo de orgullo cívico.

De la plaza nacían callejones estrechos por donde transitaban herreros, zapateros y hortelanas que formaban una comunidad tan unida donde todos se conocían por su nombre.

El edificio del Ayuntamiento antes de su reforma integral era muy distinto al actual: al cruzar la puerta principal, destacaba el contraste entre el mosaico oscuro de las paredes y los peldaños de mármol blanco de su escalera de caracol, (foto nº 12). En esa zona se encontraban la Sala de Juntas, la Secretaría, el archivo y las oficinas tras un amplio mostrador. El resto del edificio funcionaba como un bloque independiente al que se accedía por el arco izquierdo de la fachada la calle de la Prisión, espacio hoy absorbido por la ampliación de la Casa Consistorial.

Allí se ubicaba la prisión municipal: la planta baja estaba destinada a los hombres y el entresuelo a las mujeres, conectando directamente con el fondo de la calle del Mur Trencat (hoy Carmelitas), fotos nº 13 y 14.


5. El Vacío de Poder y el Impacto de D. Cruz Gramaje López, (foto nº 15).

La historia institucional de Gandía estuvo marcada por una profunda inestabilidad política. Entre los años 1917 y 1943 (un periodo de 26 años), el Ayuntamiento llegó a tener un total de 32 alcaldes. Había una manifiesta falta de una autoridad municipal continua, con alcaldes cuyo mandato duraba apenas unos días, una semana o un par de meses. Los más veteranos apenas alcanzaron los 37 meses de gobierno, como D. Vicente Palmer y D. Jesús Fuster.

Este enorme vacío de poder y de gestión fue suplido de manera crucial por mi abuelo D. Cruz Gramaje López en su calidad de Inspector Jefe de Vigilancia y Seguridad del Ayuntamiento. Su labor civil y de orden fue indispensable para que la vida en la Ciudad y el mercado fluyeran sin incidentes graves. Fue bajo el mandato del alcalde D. Joaquín Ballester, en 1923, cuando aprovechando su experiencia militar fundó la "Guardia Urbana", estableciendo una gestión organizativa modélica.

Al Sr. Gramaje le tocó gestionar la seguridad ciudadana en una época extremadamente convulsa de la historia de España, que incluyó el tramo final del reinado de Alfonso XIII, la dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la Segunda República de la cual fue testigo directo y coordinador de seguridad del Ayuntamiento. Se encuentra junto a las autoridades políticas en el balcón del Ayuntamiento, foto nº 16.



Su mando e inspección sobre los alguaciles fueron críticos para mantener el orden público en Gandía, una ciudad estratégica que sufría constantes manifestaciones. Incluso bajo su dirección recayó el sensible control de las cartillas de abastecimiento y racionamiento durante los años de escasez.



Una de sus intervenciones más recordadas en el ámbito del mercado ocurría bajo los porches del Ayuntamiento, donde solían acudir los "agiotistas" (los prestamistas de la época que se aprovechaban de la necesidad de la gente ofreciendo préstamos con intereses abusivos). El inspector Gramaje los vigilaba y controlaba de cerca, catalogándolos firmemente como "descarados infractores de la ley" y "autores del delito de lesa sociedad" por lucrarse a costa de los ciudadanos.





Hombres como Cruz Gramaje López, con su vigilancia y dedicación, permitieron que la convivencia entre agricultores, comerciantes y ciudadanos fuera el pilar sobre el que creció Gandía, demostrando que la historia de la ciudad no solo la escribieron los alcaldes de paso corto.



DERRIBO DEL MERCADO CERRADO EN MAYO DE 1965. Foto nº 17.

Aunque aquel paisaje urbano desapareció con el derribo del Mercado Municipal en mayo de 1965, la esencia de la Plaza Mayor continúa viva en la memoria colectiva de los gandienses.

Basta evocar su recuerdo para que vuelvan a levantarse los tenderetes, resuenen las voces de los pregoneros y la luz de la mañana ilumine nuevamente la piedra noble de la Colegiata.

Porque la Plaza Mayor no fue únicamente un espacio urbano: fue el corazón de Gandía, el lugar donde latió durante generaciones la vida cotidiana de toda una ciudad.

Durante los inicios de la década de 1970, fecha de la expropiación de las islas de casas comprendidas entre las calles Arcos, Telégrafos y Pescateria, vino la remodelación con parte de los terrenos ocupados por el nuevo Ayuntamiento y nos dejó la Plaza y calles adyacentes como están en la actualidad, con el solar que ocuparía el nuevo Ayuntamiento, (foto nº 18 y 19 de 1981).



Al final en el recuerdo aceptamos que todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía.

destacados Recordando Gandia con Paco Martí .

LA PLAZA MAYOR DE GANDÍA: Un latido antiguo de vida cotidiana desde el año 1882 hasta 1965.  PRIMERA PARTE DE DOS.Ya con...
10/06/2026

LA PLAZA MAYOR DE GANDÍA: Un latido antiguo de vida cotidiana desde el año 1882 hasta 1965.

PRIMERA PARTE DE DOS.

Ya con la tarde caída, caminando hacia el Paseo Germanías, me he detenido en la Plaza Mayor, he tomado asiento en una de las terrazas de los muchos bares que ocupan la Plaza, donde antaño estaba el Mercado Municipal, y he dejado que vuelen mis pensamientos (foto n.º 1).

Sentarse hoy en una de las terrazas de la Plaza Mayor es hacer un ejercicio de memoria.

Donde ahora descansan los turistas, funcionarios y vecinos, antaño latía el motor económico y social de Gandía. A través de las imágenes, recuperamos una ciudad de ritmo pausado pero de actividad incesante, custodiada por sus instituciones y sus hombres de orden. Observo los cambios que ha tenido la plaza y, además de deleitarme con las imágenes, recuerdo a mis antepasados, con aquel primer Ayuntamiento de finales del siglo XIX (foto n.º 2).

Las fotos son testigos de la vida de uno mismo, de sus familiares y amigos... Voy a recordar la historia del lugar y mis recuerdos.

Durante el siglo XVIII se montan unos entarimados para hacer corridas de toros en la Plaça del Mercat y siempre luciendo dos tribunas lujosas, con cubertores y telas especiales, donde se sientan el Consell de la Vida y La Colegiata.

Esta plaza Mayor, un tanto irregular, ha tenido muchas denominaciones, como muestra de las múltiples actividades que han tenido lugar y de las situaciones políticas habidas (plaza del Mercado, de la República, del Caudillo, de la Constitución…). Recientemente ha recuperado el que quizás sería su nombre primigenio, antes de que otras instancias lo raptaran definitivamente.

Antiguamente y alrededor de la plaza, se desarrollaban numerosas procesiones que exigían una cuidadosa y laboriosa preparación para no irrespetar las santas imágenes y evitar fallas litúrgicas.

También ocasionalmente se pasaban momentos lúgubres por el uso de la horca, donde a algunos reos condenados a muerte, después de estar encerrados durante un día a la vista de la villa, junto al arco, donde se observa una cúpula o pequeña capilla con lucernario antiguamente Capilla de la Virgen de los Desamparados (patrona de Gandía desde 1882) (foto n.º 3).

El siniestro verdugo Bernardino de Villalobos vivía en una casucha adosada a la antigua muralla de la Villanueva de San Roque.

Repudiado por todo el vecindario, se escondía en un bu**el que existía junto a la muralla que cerraba la villa adosada al cauce del río, junto a Las Clarisas. Era el símbolo de respeto con “castigo y horca” de toda la Villa.

También se hacían mascaradas populares, a veces corridas de toros, y un día a la semana se destinaba el amplio espacio como plaza de mercado.

El día de mercado aparecían por la plaza muchos vendedores ambulantes como: Un personaje curioso, el Dr. Sequoia, que era un auténtico barbero-sacamuelas, de origen galo, que dio varias veces la vuelta a España con su carruaje clínico, al que mejoró en sus últimos viajes a Gandía con una plataforma para la orquesta. Llevaba consigo un magnífico instrumental y una gran variedad de medicamentos.

Se instalaba en el Prado de Valencia delante de la entrada a la calle San Pascual. Una vez derribadas las murallas por el año 1882, se instalaba en la Plaza Mayor (delante del Ayuntamiento) y a toque de campana convocaba a los clientes y curiosos que en gran parte sufrían o presenciaban sus operaciones. El Dr. Sequoia murió ahogado en la playa de Gandía en Navidad de 1884.

También, como vendedor ambulante en aquellos años, se emplazaba en la Plaza Mayor el más popular charlatán que recorrió toda nuestra geografía durante 50 años y llegó a la consideración de don... D. León Salvador (foto 3.1). Vendía desde unas zapatillas hasta un cántaro de barro.

Los aguadores ambulantes, con sus botas y cántaros llenos de agua. Los vendedores de paneles de maíz tierno tostadas. Las vendedoras de arrop i tallaetes, el dulce procedente del mosto de uva mezclado con higos dulces y secos, y las talladetes, hechas de calabazas grandes.

Los heladeros, que elaboraban y vendían horchata, agua de avena y helados "Chambit", que fabricaban con la nieve que consiguieron de las neveras, los pozos donde la acumulaban durante el invierno en los parajes más altos de la montaña, como las que había en Barx o en la Safor.

LA PLAZA MAYOR ERA EL ALMA POPULAR DE AQUELLA GANDÍA.

En la misma plaza, se levantó en 1915 un catafalco de hierro y planchas de cinc con destino a mercado público. Las mujeres iban casi diariamente; allí se encontraban, allí callaban cuando "alçaven a Déu", allí la señora llevaba detrás a la criada, allí se instalaba una amalgama de olores, allí sonaban cien voces femeninas a la vez; se pedía, se regateaba. Era el conjunto más importante de la ciudad ¡A la Plaça! ¡Al Mercat!.

Los días de mercado, la plaza se transformaba en un hervidero. Los carros descargaban sacos o cajas, mientras los compradores llenaban sus bolsas y mantenían conversaciones que podían prolongarse más que la propia compra. La vida social se construía allí, a pie de calle. En la primera etapa de la década, la plaza era un lienzo irregular de comercio efímero.

Antes de que el sol pegara con fuerza, la plaza ya estaba tomada por los tenderetes y la gente que visitaba los puestos de venta (foto n.º 4 y 5). Puestos construidos con tablas de madera y lonas improvisadas que protegían del sol a las verduras de la huerta de Marxuquera, Marjal, Benipeixcar y toda La Safor.

El aire olía a tierra húmeda, a pescado fresco del Grau y a embutido local. Entre los carros que descargaban sacos y los compradores con cestas de mimbre, se tejía la red social de la ciudad. Era el foro donde se hablaba del precio de la naranja y de los rumores de los barrios.

Cuando el sol descendía por las tejas viejas de la ciudad y la mañana comenzaba a desperezarse, la Plaza Mayor de Gandía despertaba bajo la mirada solemne de la Colegiata (foto n.º 6).

El pavimento empedrado, las paredes encaladas y los carteles pegados en los muros —anunciando cine, teatro o fiestas locales— componían un paisaje urbano sencillo, modesto, pero lleno de autenticidad. Su torre, recortada sobre un cielo limpio, era la guardiana silenciosa que veía llegar cada carro, cada cesta y cada saludo.

Nada escapaba al ojo de aquel templo que, desde siglos atrás, marcaba el ritmo profundo de la vida gandiense.

A sus pies, la plaza respiraba. Y el mercado, humilde y bullicioso, abría sus alas de madera.Los tenderetes, hechos de tablas que parecían heredadas de un tiempo sin prisa, se alineaban como un pequeño campamento humano. Bajo las lonas, las verduras de la huerta brillaban con la frescura del amanecer: tomates aún húmedos, montones de garrofón, cebollas olorosas a tierra y dulces higos recién cortados.

Era un mercado, sí… pero también un tejido de afectos. Allí el “bon día” no era formalidad, sino encuentro.

Las mujeres escogían con paciencia lo que llevarían a casa, mientras los niños corrían entre los puestos como si el laberinto fuese un juego inventado para ellos. Los hombres conversaban sin prisa, porque en aquella Gandía el tiempo se medía de otro modo, quizá por las campanadas que descendían desde la Colegiata y que, al sonar, parecían ordenar el día.Las casas que rodeaban la plaza observaban la escena como testigos discretos.

Balcones con ropa tendida, fachadas gastadas, portales estrechos, persianas de madera que dejaban entrever la vida íntima del interior. Desde lo alto, las autoridades (entre ellas mi abuelo, Inspector-Jefe) asomaban a través de los balcones del Ayuntamiento como quien sigue una representación diaria que nunca cansa (foto n.º 7). Pequeños detalles de la vida cotidiana que hablan de una ciudad humilde, pero activa y llena de carácter.

Los días de mercado, la plaza se transformaba en un hervidero. Los carros descargaban sacos o cajas, mientras los compradores llenaban sus bolsas y mantenían conversaciones que podían prolongarse más que la propia compra. La vida social se construía allí, a pie de calle.

La plaza del Ayuntamiento a principios del siglo XX fue pródiga en bares, y en la primera escalera que se ve a la izda. Del Ayuntamiento estaba "La Casa de les Peteneres", un bu**el al alcance de los mercaderes y políticos. Y junto a la puerta del Ayuntamiento estaba el Bar La Cuba de Oros, de Ramón García quién después pasó detrás a la Calle Cánovas del Castillo y a la Playa con "El Rancho Grande". Y el Bar de José Ferrer "El Capitá", también junto al Ayuntamiento.

Y EN TODO ELLO, LA COLEGIATA ERA MÁS QUE UN EDIFICIO: ERA UN SÍMBOLO: Foto n.º 8.

El templo gótico acompañaba el mercado con la misma serenidad con que había acompañado siglos de bodas, bautizos, funerales y fiestas (foto n.º 9). Su presencia daba a la plaza un carácter único, casi sagrado, un equilibrio entre lo terrenal del comercio y lo espiritual de las campanas que marcaban la hora.

Hoy, cuando detenemos la mirada en estas imágenes antiguas, comprendemos que aquella Plaza Mayor era mucho más que el centro comercial de Gandía. Era un escenario vivo donde la historia y la vida cotidiana se entrelazaban sin esfuerzo.

EL ARTÍCULO-RELATO PASA A LA SEGUNDA PARTE.

CUANDO EL PRADO TODAVÍA ERA TIERRA, ÁRBOLES Y FUTURO.Hubo un tiempo en que la Plaza del Prado no era plaza, ni mercado, ...
04/06/2026

CUANDO EL PRADO TODAVÍA ERA TIERRA, ÁRBOLES Y FUTURO.

Hubo un tiempo en que la Plaza del Prado no era plaza, ni mercado, ni tampoco el corazón bullicioso que hoy conocemos.

Allí donde generaciones enteras han comprado, paseado o simplemente se han detenido a conversar, existían huertos, caminos de tierra, árboles frutales y algunas construcciones dispersas junto a los límites de la vieja Gandía.

Aquellos terrenos, repartidos entre las partidas de l’Assoch y les Portetes, pertenecían en buena parte a familias influyentes como los Vallier, protagonistas involuntarios —o quizá muy voluntarios— del nacimiento de la nueva ciudad que comenzaba a abrirse más allá de las antiguas murallas.

La Gandía de finales del siglo XIX empezaba a mirar hacia afuera. Las viejas limitaciones urbanas resultaban insuficientes para una población que crecía y aspiraba a modernizarse. Comenzaron entonces reuniones, acuerdos, cesiones de terrenos, expropiaciones, proyectos y también maniobras políticas.


Porque el progreso, como tantas veces ocurre, nunca llegó solo: vino acompañado de influencias, pactos y personajes decisivos.

Y ASÍ NACIÓ EL ENSANCHE.

En 1882 comenzaron oficialmente aquellas obras que transformarían para siempre esta zona de la ciudad. Se abrieron nuevas calles, se proyectaron conexiones entre barrios y surgió la idea que cambiaría el futuro de este espacio: construir una gran plaza destinada al mercado que sustituyera al antiguo Prado del sur.

La figura de Josep Rausell aparecería pronto ligada a aquella transformación. Su importante aportación económica, renunciando al cobro de importantes cantidades derivadas de expropiaciones, contribuyó decisivamente a impulsar unas obras que el Ayuntamiento difícilmente podía afrontar. Con el paso del tiempo, su nombre quedó unido para siempre al relato del progreso gandiense.

La fotografía que contemplamos pertenece precisamente a aquel tiempo intermedio: cuando el Prado todavía no era mercado. Se observan caminos sin pavimentar, enormes árboles alineados, espacios abiertos como la reciente apertura de las calles Vallier, Rausell y Morand Roda (este último patricio fundador de la Beneficencia), para la unión de las calles con el futuro Prado y dando vida al Paseo Germanías.


La apertura del Carrer de la Sequia (acequia que cruzaba todo el centro histórico), para unirla a la Calle Mayor, fue otra de las ampliaciones que se realizaron. La intención era comunicar la calle Mayor con la plaza de San José y ahí nació y cambió su nombre a la posterior calle Vallier.

También se quiso proyectar una calle desde la plaza del Prado y unirla a la plaça del Segó, pero los hnos. Vallier se opusieron ya que su proyecto de la futura Casa de la Marquesa estaba en sus intenciones y el terreno era de su propiedad; con ello, en noviembre de 1893 se negaron ante el Ayuntamiento a dicho proyecto.

Una sensación difícil de explicar de una ciudad que aún estaba construyéndose a sí misma.

Resulta curioso observar esta imagen antigua. Porque quienes caminaron por aquel Prado probablemente jamás imaginaron que aquel espacio abierto acabaría convirtiéndose en uno de los lugares más reconocibles y queridos de Gandía.

Hoy, cuando cruzamos apresurados la plaza del Prado, quizá olvidamos que bajo cada paso siguen descansando aquellos huertos, aquellas hanegadas, aquellos proyectos y aquellas decisiones que hicieron posible la ciudad que heredamos.

Porque antes de ser plaza… el Prado fue simplemente tierra, árboles… y futuro.

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