10/06/2026
LA PLAZA MAYOR DE GANDÍA: Un latido antiguo de vida cotidiana desde el año 1882 hasta 1965.
PRIMERA PARTE DE DOS.
Ya con la tarde caída, caminando hacia el Paseo Germanías, me he detenido en la Plaza Mayor, he tomado asiento en una de las terrazas de los muchos bares que ocupan la Plaza, donde antaño estaba el Mercado Municipal, y he dejado que vuelen mis pensamientos (foto n.º 1).
Sentarse hoy en una de las terrazas de la Plaza Mayor es hacer un ejercicio de memoria.
Donde ahora descansan los turistas, funcionarios y vecinos, antaño latía el motor económico y social de Gandía. A través de las imágenes, recuperamos una ciudad de ritmo pausado pero de actividad incesante, custodiada por sus instituciones y sus hombres de orden. Observo los cambios que ha tenido la plaza y, además de deleitarme con las imágenes, recuerdo a mis antepasados, con aquel primer Ayuntamiento de finales del siglo XIX (foto n.º 2).
Las fotos son testigos de la vida de uno mismo, de sus familiares y amigos... Voy a recordar la historia del lugar y mis recuerdos.
Durante el siglo XVIII se montan unos entarimados para hacer corridas de toros en la Plaça del Mercat y siempre luciendo dos tribunas lujosas, con cubertores y telas especiales, donde se sientan el Consell de la Vida y La Colegiata.
Esta plaza Mayor, un tanto irregular, ha tenido muchas denominaciones, como muestra de las múltiples actividades que han tenido lugar y de las situaciones políticas habidas (plaza del Mercado, de la República, del Caudillo, de la Constitución…). Recientemente ha recuperado el que quizás sería su nombre primigenio, antes de que otras instancias lo raptaran definitivamente.
Antiguamente y alrededor de la plaza, se desarrollaban numerosas procesiones que exigían una cuidadosa y laboriosa preparación para no irrespetar las santas imágenes y evitar fallas litúrgicas.
También ocasionalmente se pasaban momentos lúgubres por el uso de la horca, donde a algunos reos condenados a muerte, después de estar encerrados durante un día a la vista de la villa, junto al arco, donde se observa una cúpula o pequeña capilla con lucernario antiguamente Capilla de la Virgen de los Desamparados (patrona de Gandía desde 1882) (foto n.º 3).
El siniestro verdugo Bernardino de Villalobos vivía en una casucha adosada a la antigua muralla de la Villanueva de San Roque.
Repudiado por todo el vecindario, se escondía en un bu**el que existía junto a la muralla que cerraba la villa adosada al cauce del río, junto a Las Clarisas. Era el símbolo de respeto con “castigo y horca” de toda la Villa.
También se hacían mascaradas populares, a veces corridas de toros, y un día a la semana se destinaba el amplio espacio como plaza de mercado.
El día de mercado aparecían por la plaza muchos vendedores ambulantes como: Un personaje curioso, el Dr. Sequoia, que era un auténtico barbero-sacamuelas, de origen galo, que dio varias veces la vuelta a España con su carruaje clínico, al que mejoró en sus últimos viajes a Gandía con una plataforma para la orquesta. Llevaba consigo un magnífico instrumental y una gran variedad de medicamentos.
Se instalaba en el Prado de Valencia delante de la entrada a la calle San Pascual. Una vez derribadas las murallas por el año 1882, se instalaba en la Plaza Mayor (delante del Ayuntamiento) y a toque de campana convocaba a los clientes y curiosos que en gran parte sufrían o presenciaban sus operaciones. El Dr. Sequoia murió ahogado en la playa de Gandía en Navidad de 1884.
También, como vendedor ambulante en aquellos años, se emplazaba en la Plaza Mayor el más popular charlatán que recorrió toda nuestra geografía durante 50 años y llegó a la consideración de don... D. León Salvador (foto 3.1). Vendía desde unas zapatillas hasta un cántaro de barro.
Los aguadores ambulantes, con sus botas y cántaros llenos de agua. Los vendedores de paneles de maíz tierno tostadas. Las vendedoras de arrop i tallaetes, el dulce procedente del mosto de uva mezclado con higos dulces y secos, y las talladetes, hechas de calabazas grandes.
Los heladeros, que elaboraban y vendían horchata, agua de avena y helados "Chambit", que fabricaban con la nieve que consiguieron de las neveras, los pozos donde la acumulaban durante el invierno en los parajes más altos de la montaña, como las que había en Barx o en la Safor.
LA PLAZA MAYOR ERA EL ALMA POPULAR DE AQUELLA GANDÍA.
En la misma plaza, se levantó en 1915 un catafalco de hierro y planchas de cinc con destino a mercado público. Las mujeres iban casi diariamente; allí se encontraban, allí callaban cuando "alçaven a Déu", allí la señora llevaba detrás a la criada, allí se instalaba una amalgama de olores, allí sonaban cien voces femeninas a la vez; se pedía, se regateaba. Era el conjunto más importante de la ciudad ¡A la Plaça! ¡Al Mercat!.
Los días de mercado, la plaza se transformaba en un hervidero. Los carros descargaban sacos o cajas, mientras los compradores llenaban sus bolsas y mantenían conversaciones que podían prolongarse más que la propia compra. La vida social se construía allí, a pie de calle. En la primera etapa de la década, la plaza era un lienzo irregular de comercio efímero.
Antes de que el sol pegara con fuerza, la plaza ya estaba tomada por los tenderetes y la gente que visitaba los puestos de venta (foto n.º 4 y 5). Puestos construidos con tablas de madera y lonas improvisadas que protegían del sol a las verduras de la huerta de Marxuquera, Marjal, Benipeixcar y toda La Safor.
El aire olía a tierra húmeda, a pescado fresco del Grau y a embutido local. Entre los carros que descargaban sacos y los compradores con cestas de mimbre, se tejía la red social de la ciudad. Era el foro donde se hablaba del precio de la naranja y de los rumores de los barrios.
Cuando el sol descendía por las tejas viejas de la ciudad y la mañana comenzaba a desperezarse, la Plaza Mayor de Gandía despertaba bajo la mirada solemne de la Colegiata (foto n.º 6).
El pavimento empedrado, las paredes encaladas y los carteles pegados en los muros —anunciando cine, teatro o fiestas locales— componían un paisaje urbano sencillo, modesto, pero lleno de autenticidad. Su torre, recortada sobre un cielo limpio, era la guardiana silenciosa que veía llegar cada carro, cada cesta y cada saludo.
Nada escapaba al ojo de aquel templo que, desde siglos atrás, marcaba el ritmo profundo de la vida gandiense.
A sus pies, la plaza respiraba. Y el mercado, humilde y bullicioso, abría sus alas de madera.Los tenderetes, hechos de tablas que parecían heredadas de un tiempo sin prisa, se alineaban como un pequeño campamento humano. Bajo las lonas, las verduras de la huerta brillaban con la frescura del amanecer: tomates aún húmedos, montones de garrofón, cebollas olorosas a tierra y dulces higos recién cortados.
Era un mercado, sí… pero también un tejido de afectos. Allí el “bon día” no era formalidad, sino encuentro.
Las mujeres escogían con paciencia lo que llevarían a casa, mientras los niños corrían entre los puestos como si el laberinto fuese un juego inventado para ellos. Los hombres conversaban sin prisa, porque en aquella Gandía el tiempo se medía de otro modo, quizá por las campanadas que descendían desde la Colegiata y que, al sonar, parecían ordenar el día.Las casas que rodeaban la plaza observaban la escena como testigos discretos.
Balcones con ropa tendida, fachadas gastadas, portales estrechos, persianas de madera que dejaban entrever la vida íntima del interior. Desde lo alto, las autoridades (entre ellas mi abuelo, Inspector-Jefe) asomaban a través de los balcones del Ayuntamiento como quien sigue una representación diaria que nunca cansa (foto n.º 7). Pequeños detalles de la vida cotidiana que hablan de una ciudad humilde, pero activa y llena de carácter.
Los días de mercado, la plaza se transformaba en un hervidero. Los carros descargaban sacos o cajas, mientras los compradores llenaban sus bolsas y mantenían conversaciones que podían prolongarse más que la propia compra. La vida social se construía allí, a pie de calle.
La plaza del Ayuntamiento a principios del siglo XX fue pródiga en bares, y en la primera escalera que se ve a la izda. Del Ayuntamiento estaba "La Casa de les Peteneres", un bu**el al alcance de los mercaderes y políticos. Y junto a la puerta del Ayuntamiento estaba el Bar La Cuba de Oros, de Ramón García quién después pasó detrás a la Calle Cánovas del Castillo y a la Playa con "El Rancho Grande". Y el Bar de José Ferrer "El Capitá", también junto al Ayuntamiento.
Y EN TODO ELLO, LA COLEGIATA ERA MÁS QUE UN EDIFICIO: ERA UN SÍMBOLO: Foto n.º 8.
El templo gótico acompañaba el mercado con la misma serenidad con que había acompañado siglos de bodas, bautizos, funerales y fiestas (foto n.º 9). Su presencia daba a la plaza un carácter único, casi sagrado, un equilibrio entre lo terrenal del comercio y lo espiritual de las campanas que marcaban la hora.
Hoy, cuando detenemos la mirada en estas imágenes antiguas, comprendemos que aquella Plaza Mayor era mucho más que el centro comercial de Gandía. Era un escenario vivo donde la historia y la vida cotidiana se entrelazaban sin esfuerzo.
EL ARTÍCULO-RELATO PASA A LA SEGUNDA PARTE.