11/05/2026
DEL ESPLENDOR A LA RUINA... Y DE LA RUINA A LA MEMORIA RECUPERADA.
El Palacio Ducal de Gandía es un edificio que se remonta al siglo XIV. Para su construcción, se eligió el emplazamiento más elevado de la villa de Gandía, el “Tossal”, y fue Alfons El Vell primer duque real de Gandía, quien se encargó de definir la configuración arquitectónica del palacio en época medieval. Con la llegada de la familia Borja a raíz de la compra del ducado de Gandía por parte del cardenal Rodrigo de Borja, el edificio se verá ampliado y modificado.
El Palacio Ducal de Gandía en el ocaso de los Osuna y su recuperación por la Compañía de Jesús.
Hubo un tiempo en que el Palacio Ducal de Gandía dejó de ser residencia de poder para convertirse en un edificio sin alma, abandonado a su suerte por una nobleza que ya no podía sostener su herencia.
Tras la extinción de la línea directa de los Casa de Borja en 1740, los estados de Gandía pasaron, por enlaces familiares, a la poderosa Casa de Osuna, encabezada por los Téllez-Girón. Aquella acumulación de títulos y dominios convirtió a los Osuna en uno de los grandes patrimonios nobiliarios de España.
Sin embargo, ese inmenso legado comenzó a resquebrajarse a lo largo del siglo XIX.
El máximo esplendor de este linaje tuvo lugar en el siglo XVIII. María Josefa Pimentel y Téllez-Girón (1750-1834), la condesa-duquesa de Benavente retratada por Goya, anexa a su casa, y a través de su matrimonio con su primo Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Pacheco, el ducado de Osuna y todo su patrimonio. Es entonces cuando la familia reúne el mayor número de títulos y propiedades en una única persona en toda la historia.
Los jóvenes duques vivían con todo lujo, aunque semejante ritmo les hacía estar permanentemente endeudados. Tenían más de un centenar de personas a su servicio, entre administradores, mayordomos, lacayos, cocineros, jardineros… Además, estaban quienes se ocupaban de las casas del campo. Contaban con un peluquero francés que acompañaba a la duquesa en todos sus desplazamientos y otro para el duque, que también peinaba a los pajes de librea.
El punto de inflexión llegó con la figura de Mariano Téllez-Girón (1814–1882), considerado uno de los aristócratas más ricos de su tiempo… y también uno de los más endeudados. Su fastuoso tren de vida en Madrid y París, unido a la pérdida de ingresos tradicionales tras la abolición del régimen señorial y las transformaciones liberales, precipitó la ruina de la Casa.
Ante esta situación, se ordenó la elaboración de inventarios detallados de sus propiedades. En este contexto se sitúa el encargo a técnicos y administradores —entre ellos “Castellanos”, probablemente un perito o administrador patrimonial— para documentar los bienes en tierras valencianas y alicantinas con vistas a su venta.
En Gandía, a mediados del siglo XIX, el patrimonio era ya muy reducido: El Palacio Ducal, La Alquería del Duc y algunas fincas rústicas dispersas. La Alquería del Duc, también llamada alquería de Alonso, es una construcción rural fortificada medieval ligada, en su origen, al cultivo de la caña de azúcar, y que los Borja utilizaron como residencia de verano.
Una prueba de la belleza que llegó a tener el paraje es que en 1666 fue merecedor de la visita de toda una emperatriz, en concreto Margarita de Austria, hija de Felipe IV, esposa del emperador de Alemania y protagonista del cuadro «Las meninas», de Velázquez.
La entonces duquesa de Gandía María Ponce de León –viuda del IX duque Francisco de Borja y Doria-Colonna– preparó para la emperatriz un idílico recorrido por el marjal que rodeaba la alquería. Siete barcas pasearon a la emperatriz y a su séquito por las mansas aguas de las lagunas, mientras que un grupo de músicos amenizaba el momento.
Muy lejos de la riqueza que había caracterizado a los Borja, los Osuna dejaron un palacio fragmentado y alquilado.
Durante este periodo, el Palacio Ducal de Gandía dejó de cumplir cualquier función representativa. Y aquí está uno de los aspectos más importantes y a menudo menos conocidos: el palacio fue parcialmente arrendado.
La documentación de la época y los estudios posteriores coinciden en que: Se alquilaron dependencias como viviendas particulares, ocupadas por varias familias. Algunas áreas se destinaron a almacenes agrícolas, aprovechando su amplitud.
No se descarta el uso de ciertos espacios para actividades artesanales o de servicio.
Este uso múltiple tuvo consecuencias graves: Compartimentación de grandes salones históricos. Desaparición de elementos decorativos. Falta total de mantenimiento estructural.
Las imágenes nº 1 y 2 son testimonio de ese momento: un edificio aún en pie, pero profundamente degradado, sin unidad ni cuidado, reducido a una función puramente utilitaria.
Tras la muerte de Mariano Téllez-Girón en 1882, la situación se volvió insostenible. La Casa de Osuna entró en un proceso de liquidación patrimonial supervisado judicialmente.
Entre las propiedades vendidas se encontraban: El palacio condal de Oliva, fincas en distintas regiones y, finalmente el propio Palacio Ducal de Gandía, por 70.000 ptas. Era el final definitivo de la vinculación entre Gandía y los Osuna.
La boda de los últimos herederos de los Osuna, Ángela María Téllez-Girón y Duque de Estrada, duquesa de Osuna, Gandía y Uceda, entre otros títulos, con Pedro de Solís-Beaumont y Lasso de la Vega, se celebró el 27 de octubre de 1946 en la localidad cordobesa de Espejo, fue uno de los acontecimientos sociales del momento por ser la novia heredera de algunos de los títulos con más solera del Reino y estar emparentada con lo más granado de la nobleza española, Fotos nº 3-4 y 5.
Del patrimonio actual, tanto de la fallecida duquesa, Ángela María Téllez-Girón, como su primer marido, Pedro de Solís Beaumont, todavía dejaron trabajo, dinero e ilusiones para recuperar casas y fincas, arreglarlas, restaurarlas y mantenerlas en condiciones.
EN 1889, EL PALACIO DUCAL DE GANDÍA FUE ADQUIRIDO POR LA COMPAÑÍA DE JESÚS:
La operación no fue casual. Los jesuitas, profundamente vinculados a la figura de San Francisco de Borja, vieron en el palacio no solo un edificio, sino un lugar cargado de significado espiritual e histórico.
A partir de ese momento se inició una gran intervención entre los años 1.890-1900: Se consolidaron estructuras dañadas. Se eliminaron muchas de las divisiones interiores introducidas durante su uso como viviendas. Se adaptaron los espacios para funciones educativas (colegio) y religiosas.
Aunque las obras no siguieron criterios modernos de restauración patrimonial, sí lograron salvar el edificio de una ruina casi irreversible.
La imagen nº 6 refleja ya ese cambio: un palacio recuperado, con una nueva unidad arquitectónica y una función definida incluido el muro de contención contra la avenida de aguas del rio Serpis, recompuesto y totalmente terminado, foto nº 7.
El Palacio Ducal de Gandía es, quizás, uno de los mejores ejemplos de cómo la historia no siempre avanza en línea recta.
Conoció el esplendor de los Borja, la distancia de los Osuna, la degradación del abandono… y, finalmente, la salvación gracias a un nuevo uso.
Hubo un tiempo en que sus muros dejaron de escuchar nombres ilustres para oír voces anónimas. En que sus salones se fragmentaron y su memoria pareció diluirse entre el polvo y el olvido. Pero la historia, caprichosa y persistente, le concedió otra oportunidad.
Y donde todo parecía perdido, el palacio volvió a levantarse. No como símbolo de poder, sino como testigo de resistencia.