05/05/2026
CUARTO TESTIMONIO DE NUEVAPSIQUIATRÍA
He decidido escribir este breve testimonio para intentar ofrecer un poco de esperanza a todos aquellos afectados por lo que la psiquiatría oficial llama “trastornos mentales graves”. Porque quiero dejar constancia de que la recuperación es posible. Y vivir sin psicofármacos también. Aunque considero que cada afectado debería poder elegir libremente cómo llegar a esa recuperación. En mi experiencia, la clave está en elegir, a través de prueba y error, el camino a seguir. Tomar medicación, no tomarla, o hacerlo en una dosis mínima, no debería depender únicamente de lo que diga un psiquiatra, que a menudo ni siquiera te conoce. Desgraciadamente, el problema es que el sistema psiquiátrico vigente no te permite elegir. O por lo menos, no te ayuda. Y con ello, te obliga a una continua lucha individual que sólo te perjudica. En fin, mi experiencia muestra que no deberíamos renunciar a luchar por nuestros objetivos vitales, o al menos adaptarlos a nuestras circunstancias. Y sin más, ahí va mi testimonio.
Durante el verano de 1993, cuando tenía 25 años y estaba terminando de estudiar, tuve mi primer ingreso psiquiátrico. En realidad, fue el primer incidente relacionado con mi salud, al menos, mi salud mental. Después de más de un mes ingresado, salí del hospital con un diagnóstico de “Psicosis sin especificar”. No hace falta decir que la parte de mi familia y mis amigos que se enteró (y siempre acaba sabiéndose), no volvió nunca a mirarme con los mismos ojos. Por cierto, yo tampoco volví a verme a mí mismo como antes, aunque con el tiempo conseguí recuperarme. Y he podido mirar hacia atrás y ver que, como todo el mundo, cambié con los años; y tuve que adaptarme a las circunstancias. Pero nunca dejé de hacer lo que creía necesario para tener una vida plena. Y nótese que no digo “vida normal”, porque estoy harto de oír lo que para los demás es una “vida normal”. Para mí, la recuperación llegaría cuando dejara la medicación. Pero, como dije, cada afectado debería poder elegir libremente la suya.
Después de intentar retomar mi vida y durante los siguientes seis años, me pasé todo el tiempo entre entradas y salidas del hospital. Y tomándome religiosamente el conocido “cóctel” de medicamentos que incluye toda la gama de psicofármacos del mercado. Tras un intento autolítico, del que salí vivo de milagro, me diagnosticaron “trastorno afectivo bipolar tipo 1”. Llevo con ese diagnóstico hasta hoy. Y me moriré con él. Porque, eso no lo he dicho, pero cuando entras en la rueda de la psiquiatría, no es tan fácil, por no decir imposible, salir de ella.
A pesar de todo, el diagnóstico de trastorno bipolar me vino bien porque a partir de entonces sólo tomaría litio, excepto en algunos periodos de inestabilidad en los que el psiquiatra te suele mandar neurolépticos o alguna benzodiacepina para dormir. La ventaja de tomar sólo litio, es que fue más fácil su discontinuación. Y después de cuatro años tomando litio, decidí dejarlo en contra de la opinión del psiquiatra. Y también de la familia, que dicho sea de paso, a menudo no sabe qué hacer y supone una barrera más en tu intento de recuperación.
Como sabemos, el efecto de los psicofármacos depende de la dosis. Y el que mejor lo sabe es el que se los toma. De todas formas, lo más importante es lo que haces con tu vida. Yo estuve once años sin tomar psicofármacos, desde el año 2001 hasta el año 2012. Y en el transcurso de esos años pude encontrar un trabajo relativamente estable, me casé y tuve
un hijo. En fin, había olvidado por completo cualquier trastorno que pudiera haber tenido. Y no contemplaba volver a tener otra crisis. Dejé incluso de ir al psiquiatra. Y llevé una vida plena (de nuevo evito decir “normal”), o al menos igual de monótona que la del resto de los mortales. De hecho, sé que mi “trastorno”, o neurodiversidad psíquica, nunca impidió que pudiera conseguir mayores logros.
Pero llegó el año 2012 para recordarme que mi diagnóstico seguía vigente. Yo no hablo de recaída, sino de que se dieron las mismas circunstancias que produjeron mi primera crisis. También me pilló por sorpresa y me recordó que mi “propensión a la psicosis” (que es el diagnóstico más acertado y del que habla por ejemplo el psiquiatra Jim Van Os) seguía ahí. Y requería cuidados, al menos en el ámbito psicológico. Pero yo nunca he tenido psicólogo, ni coach, ni terapeuta. Si no tomaba los psicofármacos que me recetaba mi psiquiatra, tenía que arreglármelas para realizar mi proceso de recuperación por mí mismo. Y lo hice a través de prueba y error. Leyendo y formándome por mi cuenta . Y acudiendo a asociaciones donde, desgraciadamente y dicho sea de paso, lo primero que te decían era que tenías que tomarte la medicación.
Así atravesé las etapas que me propuse, de aceptación y autoconocimiento. Hasta llegar a quererme a mí mismo como soy, y con ello a los demás. Y lo hice a través de lo que yo llamo “amor catalizador”. Que es el mejor instrumento de transformación y el que mejor garantiza la integración en la sociedad, ya que aplaca la ira y la paranoia propias de las crisis. Al final, no se trata tanto de no tener crisis como de conseguir convivir con ellas. Desde el año 2016 no tomo psicofármacos y sigo estable. Eso no quiere decir que no tenga períodos de estado de ánimo bajo. O que no duerma todo lo bien que me gustaría. Pero siempre procuro salir adelante sin fármacos. Porque a largo plazo más que solucionar, generan más problemas. Por eso, mientras pueda no los tomaré. Y menos ahora que me he jubilado y tengo menos estrés. Porque, no lo he dicho, pero he aprovechado los beneficios que esta sociedad que me estigmatiza, me ofrece para anticipar mi jubilación, gracias al certificado de discapacidad. Pienso que es compatible con defender que la diversidad psíquica no es una barrera insalvable.
Por último, me gustaría comentar que pronto hará un año de mi entrada en la asociación Nueva psiquiatría. Lo hice porque pensaba que podría ayudar a otros como yo. Pero en realidad, me están ayudando mucho más a mí. La experiencia que me transmiten los padres de los afectados ha servido para que yo sea mejor padre. Y para soportar mejor la presión de serlo. Así se fortalece mi estabilidad emocional y de paso la de mi hijo.
Madrid, abril de 2026