06/08/2026
CIEN AÑOS DE HISTORIA DE UNA CASETA QUE INCLUYEN EL NACIMIENTO DE ASNADE QUE MUCHOS DESCONOCEN
HACE CIEN AÑOS. HOY HACE EXACTAMENTE CIEN AÑOS
Hace cien años, hoy se cumplen exactamente cien años -tal como reza una inscripción grabada en la fachada, sobre la puerta principal- de la finalización de la construcción de una pequeña casita de campo en la zona de les Tancades.
Cualquiera que cumple cien años atesora una historia detrás. Las personas cumplen años; las casas, cuando sobreviven al tiempo, acumulan memoria. Yo voy a resumir la de esta pequeña casita, la de mi familia.
La pequeña vivienda, que todavía sigue en pie, mostrando la solidez del trabajo bien hecho por quienes no necesitaban arquitectos, la construyó mi abuelo Pascual, junto a su hijo -quien años después moriría en la tristemente famosa batalla del Ebro, bajo los bombardeos de los aliados fascistas de Franco-. Ambos dedicaban su tiempo libre, después de las duras jornadas de trabajo en el campo, a fabricar bloques de grava que luego un albañil, en artesanal trabajo, iba colocando, uno tras otro, hasta completar la obra.
En la preguerra toda la familia cargaba en un carro todos los enseres necesarios -camas y colchones de panocha incluidos- y se trasladaba allí, en busca de una felicidad sencilla, para pasar el periodo estival, a la sombra de una higuera que hoy ya no existe, disfrutando de unas condiciones muy modestas, pero suficientes para ser felices.
Cuando estalló la guerra, la familia pensó que allí estaría más segura, y así fue. Se trasladaron todos, junto con algunos familiares, a aquella pequeña edificación. Aquel reducido espacio diáfano, con un altillo, daba para mucho, e incluso acogieron a un soldado que huía, perdido y asustado. Hoy pienso que debía de ser republicano y que llegó allí huyendo en los últimos días de la guerra.
Cuando yo nací, años después de finalizar el conflicto, mis recuerdos de la caseta están llenos de vida. Recuerdo las paellas preparadas en un paellero situado junto a la higuera, y también cuando los hombres de la familia -mi abuelo y mi padre- sacaban, una vez al año, el barro de las acequias. Era una época de relativo descanso, porque cultivaban melones -algunos se conservaban colgados hasta Navidad- y tomates que, trenzados en rastras, daban color cuando no eran consumidos o conservados en botes de cristal. Eran tiempos en los que el agua era agua y no un cóctel de pesticidas.
Con el barro extraían del sequiol llisas y anguilas, que en aquellos tiempos, cuando las aguas aún no estaban contaminadas por pesticidas, abundaban en acequias y charcas. Aquella pesca improvisada terminaba convirtiéndose en una auténtica fiesta gastronómica compartida con la vecindad.
Aún conservo herramientas de aquellos años: una pesada mochila de cobre que se utilizaba para pulverizar con jabón como insecticida, aquellas curiosas sierras rectangulares, la cama de hierro plegable en la que yo dormía en el altillo… Incluso una moderna carnera me sigue recordando aquella otra que entonces protegía los alimentos perecederos de avispas y moscas, cuando no existían las neveras y el agua la refrescaba un botijo y el melón se introducía en el agua del pozo.
Los cien años de historia de mi caseta esconden, sin duda, innumerables vivencias entre sus recias paredes; historias que es una pena no conocer. Las más recientes me recuerdan cuando unos hombres con carpetas pretendieron echarnos a todos los vecinos para construir allí el denominado PAI Pedrera-Port, en tiempos de Ferrada como alcalde.
De aquella agresión nació el activismo de ASNADE, una asociación vecinal que inicialmente había surgido para reclamar la no ampliación de la depuradora y que terminó convertida en un movimiento ciudadano dispuesto a defender un territorio que es mucho más que un espacio urbanizable: es identidad, memoria, raíces,…
Al principio la empresa nos ignoró, pero finalmente acabó firmando un acuerdo con nosotros, concediéndonos incluso más de lo que pedíamos. Llegó a comprometerse a modificar el proyecto para evitar que fuéramos expulsados de nuestras tierras y reservar un espacio frente al mar para los vecinos.
Hoy, un siglo después de su construcción, esta caseta sigue siendo mucho más que cuatro paredes. Es memoria familiar, esfuerzo, supervivencia, trabajo, resistencia y también el símbolo de una forma de vida que merece ser recordada.
¡FELICIDADES, MI CASETA! SIGUES EN PIE, TAN LOZANA COMO HACE CIEN AÑOS, GUARDANDO ENTRE TUS PAREDES LA HISTORIA DE QUIENES TE LEVANTARON Y DE QUIENES HEMOS TENIDO LA SUERTE DE VIVIRTE. ¡QUE SIGAS DESAFIANDO EL PASO DEL TIEMPO MUCHOS AÑOS MÁS!