06/08/2026
Hace unos días me reencontré con una exalumna de los años en los que fui profesora del Máster de Talent Development & Human Resources del IE University
Y encontrarme con Carla fue uno de esos momentos que te recuerdan por qué vale la pena poner el corazón en lo que haces.
Los 4 años que lideré mi clase fueron intensos, exigentes y profundamente enriquecedores, en los que tuve el privilegio de recibir el reconocimiento a la excelencia docente varias veces.
Pero, con el tiempo, he entendido que el verdadero reconocimiento llega de otra forma.
Llega cuando una antigua alumna te busca años después, no para hablar de una nota o de una asignatura, sino para compartir en qué punto de su carrera está, contrastar ideas, pedir una perspectiva diferente y explorar cuál podría ser su siguiente paso.
Durante nuestra conversación me emocionó escuchar que no solo recordaba los contenidos, sino también la forma de enseñar. Los valores que intentaba transmitir. La convicción de que es posible crecer profesionalmente sin renunciar a construir una familia. La importancia de desarrollar organizaciones más humanas. Y la mirada de Wakku: integrar la psicología positiva, las fortalezas y la cultura organizacional para ayudar tanto a personas como a equipos a desplegar su potencial.
Como profesora, siempre dedicaba muchísimo tiempo a leer cada trabajo, entender cada historia y ofrecer una retroalimentación que realmente ayudara a crecer. En ese momento uno nunca sabe qué permanecerá en el tiempo.
Años después, conversaciones como esta me recuerdan que enseñar nunca consiste únicamente en transmitir conocimientos. También consiste en sembrar confianza, despertar preguntas y acompañar a las personas a descubrir de lo que son capaces.
Qué privilegio es reencontrarse con antiguos alumnos y descubrir que hoy son profesionales comprometidos, curiosos y con un propósito genuino de generar impacto.
Sin duda, esa es una de las recompensas más bonitas de esta profesión.